En dos artículos publicados en los Nos. 383 y 384, una cabalgata por la historia de la Revolución Francesa nos llevó, de la convocatoria de los Estados Generales, el 8 de agosto de 1788, hasta el 2 de junio de 1793, cuando los diputados girondinos son excluidos de la Convención ante la presión de la multitud parisina. Es decir, desde un punto de partida de apariencia inocente, cuyo protagonista, Luis XVI, actúa sin sospechar que está destapando lo que para él y los suyos será una terrible Caja de Pandora, hasta una jornada popular característica, cuando Luis ya ha sido decapitado, y toda semblanza de funcionamiento regular de las instituciones democrático-representativas ha sido abandonada, pero cuando Robespierre todavía no se sienta en el Comité de Salut Public, Marat aun vive, y —por terribles que tantas jornadas hayan sido— todavía el Terror con mayúscula aun no ha sido "puesto en la orden del día". De las seis etapas en que estoy sugiriendo dividir el flujo de acontecimientos, han transcurrido ya cuatro. Hoy nos resta la etapa del Terror, y la del posterror, o sea: una etapa sobremanera trágica, y otra en la que, tal vez por haber muerto todos los protagonistas de la anterior, y ocupado sus lugares los actores secundarios, la atmósfera se aliviana, y en alguna medida se trivializa, como si a Hamlet le hubiera escrito una segunda parte un comediégrafo dieciochesco, con Rosencrantz y Guildenstern como personajes centrales.
V. 3-6-93 a 27-7-94.
Marat había sido el principal instigador de la jornada del 2 de junio. El 13 de julio —víspera del 4º aniversario de la Bastilla, sólo que ahora se celebra el 10 de agosto, fecha de la deposición de Luis XVI— cae bajo el puñal de Charlotte Corday. La estrella política de Danton —hasta hace poco el gran líder revolucionario, estremecido ahora por dramáticas peripecias de su vida privada, tal vez por una profunda conversión personal, incluso religiosa— marcha hacia su ocaso. Esta etapa pertenece incuestionablemente a Maximilien Robespierre, designado miembro del Comité de Salut Public el 27 de julio de 1793, desde donde ejercerá sobre la historia de su país una influencia tan intensa como breve. Lo segundo porque exactamente un año después cae por decisión de la Convención, junto con Saint-Just —el joven atildado, apuesto, frío, cruel, a quien Michelet llamará Arcángel de la Muerte— y 20 de sus más cercanos seguidores, todos guillotinados el día siguiente (28 de julio de 1794). Lo primero porque el Comité es durante ese año el dictador colegial de Francia, y dentro del Comité el poder de Robespierre es decididamente supremo, todo ello hasta la víspera de su caída.
El uso del término "terror" para describir esta etapa no es una creación de historiadores, ni de la posteridad política, es el término que el período se aplicó a sí mismo por boca de sus dirigentes. El 5 de setiembre de 1793 "se pone el Terror a la orden del día" por disposición de la Convención. Robespierre interpreta su gobierno como la obra combinada de la virtud y el terror: "la virtud", sostendría, "sin la cual el terror es funesto, el terror sin la cual la virtud es impotente". Cincuenta mil guillotinados, muchos más —el número de muertos por la represión revolucionaria de disidentes, insurrectos, traidores y agiotistas, y por la persecución pura y simple de ciertas clases de personas, como girondinos, hebertistas, aristócratas y sacerdotes refractarios, es situado por las estimaciones más prudentes en unos 150 mil, la gran mayoría dentro de los límites de esta etapa— muchos más que los 50 mil guillotinados, decía, ejecutados por una variedad de otros medios, algunos de inaudita crueldad.
Como es natural, la legislación debió adaptarse a las necesidades de esa gran operación represiva, mejor aún, esa gran operación de ingeniería social, que fue el Terror. La ley de 17 de setiembre de 1793, o Ley de Sospechosos, declara tales, y en tal carácter susceptibles de arresto y sumisión a juicio, a todos aquéllos que por hechos o palabras se hubiesen mostrado desafectos a la Revolución, bastando la carencia de un certificado de buena conducta ciudadana, de los expedidos por los comités vecinales de vigilancia, para caer en la condición de sospechoso. Otra ley, del 10 de junio de 1794, negaba a los procesados por "sospechosos" todo derecho de defensa. La justicia revolucionaria se volvió notablemente expeditiva. Denuncia, arresto, sentencia y ejecución podían comprimirse en un día o dos, como ocurrió precisamente en el caso de Robespierre y sus amigos.
¿Cómo es posible pasar tan velozmente, sin embargo, del poder absoluto a la guillotina? Un tema interesante, particularmente para los politicólogos, pero que no justifica un alto en este viaje relámpago. Sí, en cambio, es imprescindible que consignemos que no le han faltado defensores al Terror. Por ejemplo, Georges Lefebvre, integrante de la corriente historiográfica socialista que inicia Jean Jaurés, escribe:
"Los jefes lo repitieron sin cansarse: es un gobierno de guerra, no se gobierna en tiempo de guerra como en tiempo de paz. ...Ni elecciones ni garantías para los derechos individuales, ya que la 'fuerza coactiva', el Terror, debe poder quebrantar todas las resistencias".
La consideración de estos argumentos, y de otros semejantes, se halla entre los puntos más importantes por los que hayamos de transitar, ya que toda la estimativa excepcional de las revoluciones y de sus eventuales períodos cruentos, tales como los de la revolución soviética y de la revolución cubana, parte de una justificación del Terror del 93-94 en Francia. Por lo tanto, volveremos.
VI. 28-7-94 a 2-3-96.
Ya faltaban: los grandes hombres de acción, Danton y Robespierre; los grandes tribunos, Mirabeau, Brissot, Guadet, Vergniaud; los dos periodistas: Marat, Desmoulins, Hébert, Roux; faltaban el Rey y la Reina, y los grandes liberales de 89, La Fayette, Liancourt, los hermanos Lameth; la mayor parte ejecutados, alguno suicidado, alguno muerto de muerte natural, alguno emigrado. Ya nada podría ser igual que antes.
¿Sería entonces mejor, o peor? Por de pronto, cunde una sensación de alivio. La pesadilla ha terminado. Ya nadie quiere cambiar la sociedad de raíz a fuerza de guillotina. Pero hay quienes quieren regresar, si no al antiguo régimen propiamente dicho, al menos a la monarquía —los monárquicos tienen ahora su barra brava, la jeunesse dorée, que comanda Fréron, antiguo editor del ultraizquierdista L'orateur du peuple— y hay otros que no quieren salirse de la república. La gente ha vuelto a divertirse, se baila, se canta, se va al teatro, pero sigue habiendo conflicto, continúan las profundas divisiones, y ello hasta el advenimiento del Imperio.
Se elabora una nueva Constitución, la tercera en 4 años, proclamada el 23 de setiembre de 1795. Hay un Ejecutivo colegiado, el Directorio, famoso por las modas y muebles que con su nombre se designan. En él hay izquierda —dos antiguos terroristas, Barras y Reubell— derecha —Carnot, pese a ser elegido por los Jacobinos, y su amigo, Letourneur— y centro —La Levellière, antiterrorista furibundo pero anticlerical y belicista como buen ex girondino. A pesar de todo, están básicamente de acuerdo en que hay que enfriar el partido sin dejar que los monárquicos tomen demasiado vuelo (los cinco, para asegurar la continuidad, son regicidas, es decir, votaron la pena de muerte para Luis).
También es un elemento de continuidad la inflación, ya que los assignats persisten hasta 1797. También hay jornadas populares, sólo que ahora todas son reprimidas y todas fracasan. Hay incluso, como novedad, una jornada de derecha, monárquica. En su sangrienta represión se luce un joven general corso, protegido de Barras, que había estado con Robespierre. Como premio, al joven Bonaparte recibe la jefatura del ejército de Italia, primer paso hacia una nueva etapa —siempre de la Revolución, por supuesto— que terminará conduciéndola por un sendero inesperado.