Revolución Francesa: Dérapage

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Celebrar 1789 pero no 1793, hoy es la posición de la gran mayoría de los franceses, al menos de los que escriben sobre el tema, excepto desde una perspectiva marxista. Desde ésta, 1793 —el Terror— no se ve mal sencillamente porque si uno percibe todo el decurso histórico como el cumplimiento de una ley ineludible, es difícil que ninguna cosa se vea mal, menos a propósito de las parteras del progreso, que es como las revoluciones se perciben desde aquel atalaya, y sin contar con que el 93 brindó a los marxistas un paradigma muchas veces imitado e invocado, probablemente ahora mismo en China. Pero, en general: 89 sí, 93 no; Derechos del hombre y del ciudadano sí, guillotina no; Mirabeau sí, Robespierre no; Bastilla (al menos como símbolo) sí, pero ciertamente no les fusillades de Lyon, les noyades de Nantes; sí el entusiasmo prístino del Jeu de Paume o el lirismo de la noche del 4 de agosto (de 1789), pero ni la saña asesina de las matanzas de septiembre (de 1792) ni la unción fingida o enajenada de la fiesta del Ser Supremo. Entre lo que se afirma y lo que se niega, un descaminamiento, más allá del cual el convoy revolucionario prosiguió por una vía falsa. El obstáculo: la sentencia de Clemenceau, "la Révolution est un bloc", repetida hoy por quienes, como su mismo autor, quieren celebrarlo todo, y quienes, como Bluche y Chaunu, no creen que nada haya celebrable. En el medio, la escuela revisionista, escindida del culto a la Revolución, que afirma a la vez su valor entrañable y su odiosidad sin levante, a un lado y otro de una falta detectable en el continuum histórico. Su jefe, François Furet, hombre de la izquierda, hace unos 20 años proclama, a propósito de la Revolución, que ha llegado el tiempo de separar el trigo de la cizaña. La metáfora del dérapage, que implica el dualismo a partir de una separación cronológica de las vertientes, le pertenece.

Hoy en día no creo que pueda dudarse de que la corriente revisionista domina el campo académico francés. La visión de la Revolución como una nueva aurora de la humanidad, esa que ha hecho que la historiografía escolar inaugure con la Revolución Francesa el estudio del tiempo en que vivimos, la época contemporánea, al decir de los textos, ha quedado perimida. Me parece del caso detenerme a señalarlo porque hay lectores que creen ver en esta serie de artículos una instancia más de la caza del mito, deporte supuestamente favorito de su autor, o aun una tentativa suya d'épater l'intellectuel, infligiendo trato irreverente a entes históricos definitivamente consagrados. No hay nada de eso. Si hubiera sido preciso cabalgar contra un mito he aquí caballero siempre dispuesto, pero no es el caso. Sí fue tal especie de esforzada tarea la que Luis Alberto de Herrera emprendió en 1910, contra la arrolladora corriente desatada por el libro de Jean Jaurès, la monumental Histoire socialiste de la Révolution (1901-07), según su propio autor llamada a verter una interpretación a la vez materialista con Marx y mística con Michelet. A la sazón, alimentado por el "entusiasmo sudamericano", según frase de Herrera, a su vez hijo de la mística de los historiadores románticos —Michelet, Quinet, Lamartine— que encendieron una llama votiva que ardió por un siglo, reinaba con inexpugnable lozanía el mito de la Revolución. La empresa de Herrera, buscando puntos de apoyo en Tocqueville, en Taine, en Mme. de Staël y fuera del ámbito francés en Burke, a fin de resistir la corriente, es heroica. Hoy, cuando la corriente tuvo ya un marcado giro, y fluye en dirección revisionista, sólo se necesita un trabajo de divulgación.

Ojo, sin embargo, que no he dicho que el destronamiento del mito de la Revolución haya derribado la gran jerarquía histórica del episodio que estalla hace dos centurias, apenas ha puesto su valor entre signos de interrogación. Como paradigma que no tolera ser ignorado, que no permite ninguna toma de posición política sin que ella sea al mismo tiempo un juicio vital sobre él mismo, su enorme estatura no ha sufrido ningún recorte. Permítaseme citar a Tocqueville: "Del siglo XVIII y de la Revolución, como de una fuente común, surgieron dos ríos: el primero conducía a los hombres hacia las instituciones libres, mientras que el segundo los dirigía hacia el poder absoluto". Sin explorar la común fuente no podemos saber por cuál de los ríos estamos transitando: he aquí el sentido de estos artículos.

Pero con un sentido más inmediato el compromiso que ha asumido en esta serie con el lector es un asunto de festividades. Se trata de ayudarle a decidir si desea participar en la celebración ecuménica que se planea para el 14 de julio en la cual institucionalmente estará velis nolis. Pues bien, si acepta la teoría del dérapage, puede celebrar los acontecimientos de 1789, por más que otros subsiguientes le hagan estremecer de horror. Porque entre la parte festejable y la parte execrable se interpone un accidente, de tal modo que ésta no se configura a partir de aquélla y por lo tanto no le retrotrasmite su execrabilidad. Para Furet el dérapage se sitúa en, o en las cercanías de, el 10 de agosto.

Hablamos, naturalmente, de agosto de 1792, más concretamente del asalto popular a las Tullerías y a la deposición de Luis XVI que, junto con la masacre de los guardias suizos, fue la secuela de aquella jornada. Es interesante observar que el 10 de agosto, transformado en la fecha de la República, sustituyó al 14 de julio como gran festividad revolucionaria hasta el Imperio. También es digno de atención que Furet, hombre, según sabemos, de la izquierda, piensa que el error fatal fue prescindir de la monarquía, por el solo hecho de que Luis apareciera comprometido con el enemigo invasor: si no Luis entonces otro rey, otra dinastía, como habían hecho los ingleses en 1688.

En apoyo de esta tesis puede señalarse que a partir del 10 de agosto todo se descalabra ostensiblemente en la Revolución, vista desde un ángulo liberal. El centro de gravedad del poder se transfiere ostensiblemente de las asambleas electivas a las masas de la capital, que en adelante gobiernan por la fuerza. Se desencadena el proceso de descristianización: el 11 de agosto la Asamblea decreta el cierre de los monasterios que aún resistían, el 18 se suprimen las órdenes docentes y hospitalarias, la Comuna de París prohíbe las procesiones y confisca las campanas de los templos. Sigue la inenarrable truculencia de las matanzas de septiembre. Luego el vergonzoso proceso a Louis Capet —al cual Robespierre y Saint-Just se opusieron, no sin algún fundamento, en razón de que nadie dudaba de que el ex monarca sería ajusticiado— y su ejecución, en un marco de inflación desbocada, precios máximos y pena de muerte para "especuladores y agiotistas". Con la primavera del 93 llega el asesinato legal de los Girondinos y la puesta del Terror en la orden del día. Etcétera.

No parece dudoso el criterio de Furet: al derribar la monarquía los burgueses liberales incurrieron en suicidio político.

En el campo francamente adverso a la Revolución se pone en tela de juicio el concepto de dérapage en razón de que los acontecimientos del 92 y 93 no fueron más que la consecuencia de los de 1789 y 90. ¿Acaso Burke, escribiendo en 1790, cuando sólo algunas gotas de sangre se habían derramado, no había predicho que todo concluiría en un gran holocausto? Por lo tanto, puesto que previsible, 1793 no pudo ser fruto de un error, de un accidente, de un dérapage. Si hubo dérapage, él se configuró el 6 de octubre de 1789, cuando la multitud arrancó a Luis, a María Antonieta y al Delfín de Versalles, y les llevó en una carreta, en medio de befas, a ser prisioneros en las Tullerías. Es decir, la jornada que Burke había tenido ocasión de considerar antes de escribir sus Reflexiones. Como escribe Jean Tulard, desde este punto de vista: "Es en el 6 de octubre de 1789 donde hay que situar el momento en que la Revolución resultará definitivamente aspirada en su espiral sanguinaria".

¿Ya en octubre del 89? Demasiado pronto para que la idea del dérapage sea viable. Si usted cree que ésa es la perspectiva correcta, sencillamente, el próximo 14 de julio, si festeja, no será coherente.

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