Crisis en el socialismo cubano: ¿Política o policial?

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El General Arnaldo Ochoa Sánchez, Héroe de la Patria, vencedor en Ogaden (Africa), hasta ayer ídolo popular, está preso, acusado de malversación de fondos, narcotráfico, y corrupción de un grupo de oficiales —incluso varios otros que también son figuras sumamente populares— y de funcionarios de dos ministerios, también actualmente bajo arresto en calidad de cómplices suyos. Pocos días antes fue detenido uno de los vicepresidentes del Consejo de Ministros de Cuba y ministro de Transporte, Diocles Torralba, a la vez que destituido y sometido a proceso por comportamiento inmoral. Un vocero oficial informó no haber por el momento pruebas de conexión entre ambos casos, por más que aludió a personas "seriamente implicadas" que simultáneamente mantenían relaciones con el grupo Ochoa y con el ci-devant vicepresidente. Estas son, por supuesto, las versiones oficiales, y —como toda otra proposición bajo el sol— pueden ser veraces o falsas. En cualquiera de las dos hipótesis, sin embargo, se sugieren líneas de reflexión sobre aspectos de la revolución cubana y su realidad actual, por las cuales pienso que valga la pena discurrir un rato.

Todas las revoluciones han puesto sus esperanzas en la transformación del hombre que el tránsito del ancien régime a una sociedad informada por sus propios principios es capaz de operar, siguiendo en ello a Rousseau, del cual el propio Marx tomó tal convicción. Pero si bien se trata de un rasgo de la especie, y ya en la francesa Robespierre aseguraba que "... la única ambición en nuestra República consistirá en merecer la gloria y servir a la nación", yo diría que pocas como la cubana han puesto un acento tan marcado sobre este punto, sin duda por la influencia original del Che. En efecto, en Sierra Maestra el Che cree encontrar al homo novus de que hablaba San Pablo. "La actitud de nuestros combatientes mostraba ya al hombre del futuro" habría proclamado el célebre guerrillero, según René Dumont (¿Es Cuba Socialista?). Y ya en La Habana, cuando la fisonomía del homo novus insinuaba desdibujarse en los ex combatientes, el Comandante Guevara buscaba afanosamente "la fórmula para perpetuar en la vida cotidiana (aquella) actitud heroica". También escribía: "Para construir el comunismo, hay que cambiar al hombre al mismo tiempo que la base económica" (El socialismo y el hombre en Cuba, énfasis en el original). Y del propio Castro recuerdo este texto: "Las razones por las cuales un número de trabajadores hacen esfuerzos extraordinarios no son las razones del pasado, que eran el hambre y la muerte, sino el honor" (discurso del 26 de julio de 1970).

Querría enfatizar el papel de los soldados en esa mutación de la especie humana que los cubanos han protestado reiteradamente estar logrando en el seno de su revolución. Ya señalé que la primera epifanía del homo novus la experimenta Guevara entre los guerrilleros de Sierra Maestra. Más tarde René Dumont, topándose con un gran poster que representaba a un joven uniformado cumpliendo una tarea de construcción en la Isla de los Pinos, tuvo una intuición semejante: aquélla, pensó el escritor socialista, es la vera imagen del hombre nuevo. "El hombre nuevo", escribió, "es el soldado modelo, siempre en las manos de sus jefes, decidido a sacrificarse, que acepta con alegría todas las dificultades, todas las misiones" (ibid, énfasis agregado).

Y ahora resultaría que algunos de los militares más destacados, héroes populares, hombres que arriesgaron su vida por la causa, que se distinguieron por su bravura y su ingenio, que llevaron la lucha revolucionaria allende los mares, ahora resultaría que son dechados de corrupción, de vileza, de apetitos desordenados del más craso materialismo. Casi sobran las palabras.

¿Qué ejemplar humano hay más repudiable que un narcotraficante? Al mismo tiempo, ¿de dónde salen los narcotraficantes? Sin duda de las cloacas de la sociedad capitalista. Caídos en las redes del vicio desde la infancia, ellos mismos adictos desde la juventud. Viendo la serie Vicio en Miami, uno se lo imagina todo. Los niños criados en esos ambientes, ¿qué oportunidad de vida recta pueden tener? ¿Qué ejemplos de honestidad, de conducta decente, de actitudes dignas, les ayudaron en la etapa de formación? Pero no es el caso de este señor Ochoa. Él no creció en medio del vicio de Miami sino rodeado por la virtud de La Habana. A su lado no tuvo más ejemplos que los de obreros que trabajan por el honor, soldados que ofrecen el sudor y la sangre con alegría por sus camaradas y por su Patria, gobernantes que llevan al extremo el olvido de sí mismos. Entonces, ¿qué clase de monstruo es este señor Ochoa? Se educa en una sociedad que le enseña a ser valiente a la vez que diestro, patriota lo mismo que generoso, que luego le premia y le festeja como uno de sus favoritos, y un buen día le da la espalda a toda esa trayectoria de dignidad, de respeto por sí mismo, hasta de heroísmo, y se zambulle en el estiércol. Y ¿qué clase de engendros son sus compinches del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (Minfar) y del Ministerio del Interior (Minint) que junto con él integraban la banda? Realmente, es desolador. Salvo, naturalmente, que toda esta historia sea menos cierta que policial.

Esta es la hipótesis alternativa que me había propuesto considerar. No sería la primera vez que un régimen comunista acusa falsamente a algunos de los suyos en el marco de una lucha por el poder, real o imaginada por quienes a la sazón lo tienen. Sencillamente, sería que Cuba está pasando por la clase de etapa por la que pasó la URSS bajo Stalin, y quién sabe si no existen razones dialécticas para que efectivamente ella sea insalteable. Ochoa y sus amigos, y el pobre don Diocles, del que me había olvidado ya de tan truculento que viene siendo el caso de los héroes traficantes de heroína, pasarían a integrar la larga lista de víctimas, tal vez inevitables, de la revolución, junto a Kámenev, Zinóviev, Bujarin, Rykov, Yágoda, etcétera, etcétera, y naturalmente, el antecedente más apropiado de todos en lo que al General Ochoa concierne, que sin duda es el del Mariscal Tukhachevsky. Todos condenados, ejecutados, y finalmente rehabilitados, al fin y al cabo es sabido que no se pueden hacer revoluciones sin que acontezcan cosas por el estilo. Tampoco sería la primera vez que los observadores bien dispuestos de todo el mundo crean implícitamente en las acusaciones contra grandes figuras en un contexto revolucionario, lo cual —dicho sea de paso— está aconteciendo a propósito de lo que podríamos llamar las purgas de La Habana. En efecto, por todo el mundo se han publicado millares y millares de artículos, que dan por sentado la culpabilidad de los acusados antes siquiera de que se sepa cuándo se van a ventilar sus procesos. Y, naturalmente, también esta vez por la misma razón; como escribía Paul Johnson, a propósito de la disposición de tanta gente en general y tanto intelectual en particular a tragarse enteros los cargos formulados contra los acusados en las purgas de Moscú: "No hay más que una explicación para la credulidad con la cual científicos, acostumbrados a evaluar pruebas, y escritores, cuya función era estudiar y criticar a la sociedad, aceptaban íntegra la más cruda propaganda estalinista: necesitaban creer, querían ser engañados".

Para mí esta segunda posibilidad es consoladora desde el punto de vista humano, y me alegro de poder decir que, sin estar seguro ni nada que se le parezca, como tiene que ser obvio, pienso que es la dirección hacia la cual apuntan los hechos conocidos. A saber:

  • La detención de Ochoa y sus supuestos cómplices fue anunciada por Raúl Castro en un discurso de dos horas, que no le bastaron para especificar la naturaleza de los cargos que se les formulaban. Esta información sólo se dio más tarde y renuentemente, sosteniendo "Granma" que no debían darse detalles hasta que se completase la investigación y el tribunal competente conociese las pruebas, en abierta contradicción con la seguridad con que la acusación de narcotráfico ha sido propalada.
  • Raúl Castro afirmó que los detenidos serían sometidos a un tribunal de honor. ¿Quién oyó nunca hablar de un tribunal de honor competente para juzgar a narcotraficantes?
  • El comunicado oficial sobre Diocles Torralba afirmaba: "Más que en cuestiones relacionadas con su trabajo como ministro (su destitución) se basó en la conducta personal del compañero... sobre la que se le llamó insistentemente la atención, sin que fuera capaz de rectificar su comportamiento"; lo que podría pasar como fundamento para la simple deposición de un jerarca, al menos en un país totalitario, pero es por completo incongruente con el hecho de que el depuesto esté preso y sometido a proceso criminal.
  • La policía informó haber requisado en casa de Ochoa y sus cómplices la suma de un millón trescientos mil dólares en billetes. Francamente, pienso que en este aspecto se les fue la mano. Si uno tiene conexiones con la red internacional del narcotráfico no podría nunca faltarle siquiera una cuentita bancaria en una isla vecina, que las hay financieramente tan seguras. Y, como caja chica, un palo verde largo... Yo diría que eso sólo se lo pueden tragar dentro de Cuba los caimanes de la manigua, y fuera los intelectuales castristas.

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