¿Dónde están las propuestas de cambio? Izquierdas o derechas

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El artículo de la contratapa de Búsqueda de una semana atrás, sobre el seminario acerca de la cuestión militar que se llevó a cabo en la Hostería del Lago, me produjo uno de esos impactos psicológicos que le hacen a uno percibir en su derredor cosas que previamente habían pasado inadvertidas. Más precisamente, lo que logró ese resultado fue un pasaje, conexo sólo con un aspecto lateral de la temática allí discutida, donde se lee: "...Posadas se preguntó qué actitud asumirían las FF.AA. ... si el país se iniciara un proceso de cambios. ¿Hasta qué punto las FF.AA. estarían dispuestas a acompañar y no enfrentar los cambios que se produjeran?".

Lo que el artículo reseña acerca de las respuestas y comentarios que según la crónica siguieron a la pregunta del Senador Posadas me parecieron desprovistos de interés, pero la pregunta en sí misma, reveladora. ¿Por qué los militares podrían ser sospechados de oponerse a todo proceso de cambio? Aunque el texto atribuye al legislador nacionalista una frase explicativa —las FF.AA. serían "una institución cuya función esencial es preservar lo que ya existe"— la verdad es que la función esencial de las FF.AA., a la luz de la ley y de la historia, nada tiene que ver con la que el Senador Posadas arbitrariamente les endilgó. Lo que concebiblemente éste habría podido sostenerse es que, en algunos países de nuestra región, las FF.AA. abandonaron sus funciones esenciales y asumieron el poder, y desde allí adoptaron decisiones que sí tenían que ver con el cambio o la falta de él. También podría haberse hecho caudal del hecho de que, al sur de Perú, las FF.AA., con mayor o menor coherencia y eficacia, tendieron hacia políticas de las que suelen catalogarse como neoliberales, o de derecha, y actuaron frontalmente contra los partidos marxistas y los guerrilleros habitualmente catalogados como tales.

El caso más nítido de todo ello, que lo es el chileno, sirve para enfatizar la inconsistencia de considerar a las FF.AA. como adversas al cambio, ya que notoriamente Chile es el único país que en las dos últimas décadas experimentó en América Latina una transformación estructural importante. Lo que podrá estar en discusión es la valoración de ese cambio, pero no el cambio en sí. De una economía cerrada, con una enorme participación del Estado en sus actividades, así como en la propiedad de los recursos materiales productivos, se ha pasado a una economía muy abierta, con una participación estatal notablemente disminuida, y de una economía prácticamente estancada a otra que posee la única tasa de crecimiento satisfactoria de la región. Todo durante un régimen militar.

Todo esto es a tal punto obvio, que por fuerza me lleva a interpretar la pregunta del Senador Posadas en estos términos: Si una fuerza política de izquierda llegase al poder por la vía electoral, ¿la dejarían hacer o tratarían de derrocarla? Pero traducir las fórmulas eufemísticas de un político en otras que desnuden su verdadero pensamiento no es el propósito de este artículo. Lo que quiero comentar —que fue lo que realmente me impactó, como decía al principio— es que a la izquierda, verdadero tema de la pregunta, se le hiciese adoptar el eufemístico disfraz de agente de cambio.

Cuando en realidad ha dejado por completo de ser tal cosa. La gente sigue hablando —fue lo que el pasaje me reveló súbitamente— como si Gorbachov no hubiese lanzado la perestroika, como si los comunistas chinos no hubiesen masacrado a los estudiantes que clamaban por cambio en la plaza de Tian An Men, como si Felipe González hubiese hecho otra cosa que mejorar las planas que hacía Adolfo Suárez, y otro tanto Rocard respecto a Chirac, como si Solidaridad no hubiese arrasado en las elecciones polacas, como si Boris Yeltsin no hubiese arrasado en las elecciones moscovitas, como si Fidel Castro no estuviera teniendo que reeditar las purgas estalinistas.

No quiero decir que el representar la izquierda como el agente de cambio que evidentemente no es hoy en día, sea exclusividad del senador hoy rechazado; al contrario, lo que justifica el comentario es que la idea anda por ahí como si estuviera viva, y la usan a diario las fuerzas políticas que se autositúan en la izquierda, cuando en realidad es sólo un fantasma del viejo pasado, aquel antiguo tiempo cuando alguna gente creía aún en las dos premisas básicas de la economía socialista colectivista: (1) que mediante las nacionalizaciones de empresas el gobierno podría apropiarse de la plusvalía del capital y usarla para mejorar el nivel de vida de los trabajadores, y (2) que la asignación de recursos por la vía de un plan central podría mejorar los resultados de la asignación por el mercado. Hoy ya nadie cree ni en la una ni en la otra. Hace 30 años al menos Nikita Jruschov parecía creer en ellas, cuando afirmaba —por primera vez en 1958— que la URSS "enterraría" a los EEUU en la competencia económica. En la actualidad la principal autoridad en cuanto a que ambas premisas son falsas es un sucesor de Jruschov, Gorbachov.

Tampoco nadie cree en que el capitalismo se derrumbará solo, bajo la presión de sus contradicciones internas. En 1961, en el nuevo programa adoptado por el PC de la URSS se aseguraba que "el inevitable proceso de descomposición ya ha englobado al capitalismo de arriba a abajo", pero véase lo que escribe un destacado intelectual soviético, E. Plimak, en la revista Cuestiones filosóficas, Moscú, 1987: "Todavía hace muy poco los comunistas solían creer que el siglo XX traería el triunfo universal del socialismo... esta meta está retrocediendo hacia un futuro distante. La verdad es que subestimamos la habilidad del capitalismo para adaptarse a nuevas condiciones."

En realidad la primera persona del plural en la cita de Plimak viene a ocultar el verdadero culpable del error, que fue Marx. Si Marx viviera hoy en día, se pasaría reflexionando sobre lo difícil que es pronosticar, sobre todo acerca del futuro, porque todas las profecías con que jalonó su gigantesco Das Kapital fallaron de manera catastrófica. La depauperización de los trabajadores predicha por Marx no podría haber sufrido un desmentido más terminante a manos de los hechos, la anunciada concentración de la propiedad en cada vez menos manos ha sido frontalmente refutada por la delantera que sobre las grandes toman las empresas medianas y pequeñas, así como por la notable difusión de la propiedad de todas en el marco del capitalismo popular, y las supuestas sacudidas cada vez más intensas de las crisis económicas simplemente no guardan la menor relación con lo que nos muestra la realidad.

Un científico social realmente se juega cuando usa sus teorías para formular pronósticos, y Marx adoptó valientemente esa actitud; pero, cuando éstos fallan, ¿por qué seguiría la gente creyendo en las teorías? Análogamente, ¿por qué seguiría la gente creyendo en Lenin, cuando Stalin, que según las fuentes oficiales soviéticas fue un déspota sanguinario, no hizo más que utilizar la policía secreta creada por Lenin, y su concepto de partido infalible, y el método de terror igualmente de la autoría de Lenin? Afortunadamente, la contestación es que la gente cree en Marx y en Lenin cada vez menos y menos, como las elecciones en Europa acabadamente demuestran, y los propios soviéticos reconocen. Sobre esto último, permítaseme citar a Aleksandr Bovin, famoso periodista soviético: "La perspectiva de transformaciones de los países capitalistas desarrollados hacia el socialismo se ha retirado indefinidamente".

Actualmente el mundo sólo nos muestra dos grupos de países ansiosos de cambio, en dos áreas económicas gravemente afectadas por la pobreza y el estancamiento. En primer lugar los países del área socialista, cuya presión parece irresistible hoy en Europa Oriental, fuerte en la URSS y temporariamente sometida bajo la bota militar en China. En segundo lugar los países subdesarrollados, casi todos con fuertes rasgos socializantes, por más que fuera de la órbita de dominación soviética. Ellos incluyen a todos los países latinoamericanos menos Cuba y Nicaragua. Como ya vimos, la vía socialista sólo les ofrece la perspectiva de escapar de Guatemala para caer en Guatepeor. Cuál sea la única dirección posible de cambio fructífero no puede estar sujeta a dudas.

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