Sin política antiinflacionaria

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La tasa de inflación del primer semestre sobrepasó la marca de 90%, y en el bimestre junio/julio se situará seguramente en un nivel de tres dígitos. Por eso recibimos las declaraciones del Presidente Sanguinetti, formuladas días antes de partir hacia París, en el sentido de que nuestro país es, en la región, "una isla de estabilidad", con algo de asombro y mucho más de inquietud.

Asombro, en efecto, porque las palabras del Presidente implican comparar nuestra inflación y el comportamiento de su Administración al respecto, con los casos Alfonsín, Sarney y Alan García. Bolivia y Chile también están en la región y, frente a sus tasas de inflación de un solo dígito, la nuestra de casi tres recuerda menos una "isla de estabilidad" que una estampida de búfalos enfurecidos. Dime con quién te comparas y te diré en qué liga juegas. La metáfora del Dr. Sanguinetti nos colocó directamente en segunda división. Sólo confiamos que en '90 no se haya dicho a ninguno de sus colegas que el Uruguay es una isla de estabilidad con una inflación del 90%.

Pero también, como decíamos, inquietud. Porque somos una "isla de estabilidad" y el viento que sopla es apenas un céfiro comparado con los huracanes de al lado; pero, para el Presidente, todo está bajo control. Tout va très bien, nos asegura el Presidente. Pero nosotros recordamos que la meta inflacionaria para el año pasado era de 45%, y ahora estamos dejando atrás el doble. ¿Qué clase de control es ese? ¿Un control bromista o un control masoquista? No vemos cómo pueda dejar de ser lo uno o lo otro.

La sensación de inseguridad se intensifica cuando el Presidente de la República se refiere, en las mismas declaraciones, a las causas del recrudecimiento inflacionario. Según él el fenómeno es atribuible a (i) la sequía, (ii) el descenso del nivel de actividad, y (iii) la crisis regional. Hace cosa de un año voceros de la Administración hacían un diagnóstico muy parecido. Todo era cuestión de precios relativos. Ya se mencionaba la sequía, sólo que fundamentalmente se trataba de la del Hemisferio Norte, que había encarecido los cereales y oleaginosos. También influían las hortalizas y la carne. Se trataba de factores coyunturales, por tanto transitorios, y no estarían justificadas medidas extraordinarias para combatir el empuje alcista. Pero ahora resulta que hay otro conjunto de factores aleatorios o coyunturales que por coincidencia están operando en igual dirección. La sequía se corrió al sur, y los precios que subieron por obra del azar son otros. Quiere decir que los factores transitorios, a través de su sucesión en el tiempo, se transforman en permanentes. ¿Qué sentido tiene entonces afirmar que la inflación no ha escapado al control oficial?

¿Acaso hay control sobre las sequías y las inundaciones, los tornados y los terremotos? Las inflaciones vendrían a ser entonces también acontecimientos aleatorios. Chile y Bolivia serían países afortunados. Argentina, Perú y Brasil andarían en una racha espantosa.

De larga data nosotros tenemos una interpretación distinta. Pensamos que la inflación es y siempre ha sido, aquí y en todo lugar, un fenómeno monetario. Donde no hay dinero no hay inflación. Donde hay disciplina monetaria no hay inflación, sean los factores climáticos cuales fueren. El terremoto de Lisboa dio mucho que hablar, pero no hizo subir los precios. Tampoco el de San Francisco, ni el incendio de Londres, ni ningún maremoto en el Japón. La proximidad de países inflacionarios no causa inflación, excepto si uno comete la tontería de ligar con tipo de cambio fijo la propia moneda con la del país inflacionista. Después de la primera guerra mundial Alemania, Austria, Hungría y Polonia sufrieron gravísimas inflaciones, pero sólo porque cometieron los mismos errores monetarios, mientras Checoslovaquia, que supo evitarlos, pese a estar en medio de todos ellos, mantuvo total estabilidad. Bolivia tiene fronteras no sólo con Brasil y Argentina, como nosotros, sino encima con Perú, lo que debería producir una inflación fabulosa; sin embargo, la moneda boliviana sigue tan campante. Por tanto, en muchos aspectos las interrelaciones económicas son complejas y vastísimas; no, sin embargo, en el campo de la inflación: hay, en vez de ello, tantas inflaciones independientes la una de la otra como monedas autónomas existen. Lo que sí debe haber son interrelaciones culturales decisivas, por eso las áreas homogéneas que al respecto existen: de gran inflación en el Atlántico Sur, de inflación menor en el Caribe, de gran estabilidad en Asia Sudoriental. La propensión cultural decisiva para generar inflación, puesto que ésta consiste en un impuesto oculto, es la tendencia a producir gobiernos que engañan a la población, que se combina con la propensión de la población a dejarse engañar. Pero esa es otra cuestión.

Una palabra a propósito del efecto del descenso experimentado por el nivel de actividad económica. El Doctor Sanguinetti señaló que se trataba de una caída de sólo el 1%. Sin embargo, le atribuyó influencia en la inflación. ¿Habrá querido decir que sin esa contracción real nuestra subida del nivel de los precios podría haber sido de 89, en lugar de 90%? Y si no eso, ¿qué?

Hace cosa de un año los temas del crecimiento real y la inflación aparecían asociados de manera diferente en las declaraciones oficiales. El Ministro de Economía, según Búsqueda de agosto 4 del año pasado, admitió el "contratiempo inflacionario", que ponía en peligro la obtención de la meta del 45%, pero aseguró que el Poder Ejecutivo no hipotecará el crecimiento del Producto con el propósito de alcanzar el objetivo fijado. Nótese la diferencia. Para el Presidente de la República, hoy, la contracción real es un factor inflacionario. Para el Cr. Zerbino, ayer, la inflación era favorable al crecimiento real (presuntamente porque las estricteces monetarias requeridas para combatir aquélla y la reducción del gasto público contraerían la demanda agregada). De acuerdo con el Dr. Sanguinetti la dirección causal iría del crecimiento a la inflación; para el Ministro de Economía, de la inflación al crecimiento. ¿Cómo podría organizarse una política cuando en la cima gubernamental campean las contradicciones? Nótese además que tanto un gobernante como el otro dejaron terminantemente de lado la posición que nosotros consideramos indudablemente acertada: la inflación es enemiga del crecimiento; cuando un país no crece porque le falta inversión, y le falta inversión porque le sobra desconfianza, aquello es doblemente cierto. El Presidente dice: el país sufre inflación porque no crece; la verdad es exactamente la opuesta. El Ministro de Economía: no combato la inflación para que la economía crezca; exactamente al revés de lo que debería hacer. ¿Acaso no vieron ellos mismos que el crecimiento uruguayo fue satisfactorio en 1985-87, mientras la inflación se amortiguaba; y ahora, en 1988-89, en medio de la estampida, está siendo insatisfactorio o negativo?

Los lectores recordarán la actitud de permanente rechazo que nosotros hemos mantenido desde siempre cada vez que se maneja la hipótesis de una inflación causada por factores reales, por precios relativos, por fuerzas coyunturales, y otras zarandajas. Sin ir más lejos, el 11 de agosto de 1988, en esta misma página, la columna de nuestro director, titulada Factores monetarios y factores coyunturales, señalaba lo obvio: "si el nivel de precios crece por factores aleatorios, debemos esperar que en seguida baje". Por esa prueba es evidente que la tesis oficial, ahora repetida, estaba y está en el error.

En el mismo lugar otro artículo, de 10 de junio de 1988, titulado Devaluación y tasas de interés, se señalaba que la decisión de las autoridades, adoptada —con el mayor sigilo— en agosto de 1987, de acelerar el ritmo de las devaluaciones, comportaba la necesidad de elevar la tasa de interés, a fin de compensar a los tenedores de pesos o activos expresados en pesos contra la depreciación más veloz de la unidad monetaria. De lo contrario, se sostenía, la demanda por dinero caería y la inflación se iría para arriba. Que fue ni más ni menos que lo que aconteció. Mientras tanto, del lado oficial todo permanece incambiado: se sigue culpando a los factores aleatorios, y se sigue dando muestras de que, sencillamente, política antiinflacionaria no hay.

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