Casi seguramente, yo diría que no. En 1970 Andrei Amalrik preguntó si la URSS duraría hasta 1984, y a esta altura su pronóstico de un pronto colapso soviético podría juzgarse exagerado, pero es perfectamente posible que en 1984 la semilla de la disolución del estado comunista —y el reencuentro de la vieja Rusia consigo misma— ya hubiese germinado, y su subsiguiente y manifiesta floración haya vindicado la premonición amalrikiana. En todo caso, yo me atrevería a apostar que la URSS no completará un siglo de existencia.
Me baso en episodios tales como la visita del economista norteamericano Paul Craig Roberts a Moscú. Roberts es uno de los autores representativos de la escuela del supply side, que tan importante papel cumplió durante la etapa inicial de la presidencia de Reagan. Acaba de viajar a la URSS, invitado por la Academia de Ciencias de ese Estado, a fin de participar en una serie de conferencias desarrolladas bajo el título general de Valores de la Civilización Occidental. Para Marx —me permito señalar entre paréntesis— la civilización occidental no es sino una etapa de la lucha de clases, y el único valor que cabe reconocerle es la creación del proletariado, que habrá de poner fin a su trayectoria signada por la explotación de los muchos por los pocos.
Pero regresemos a Paul Craig Roberts y a su concurrencia a Moscú para hablar sobre las economías colectivista y capitalista. Desde el podio de la Academia de Ciencias, en sesión presidida el 20 de junio de este año por Abel Aganbegyan, asesor económico principal del Presidente Gorbachov, el Profesor Roberts, apenas redondeado un párrafo introductorio, dijo:
"En mi calidad de veterano de las luchas reaganianas para reducir las ineficientes interferencias del estado en nuestra economía, contemplo los problemas que debéis enfrentar, camaradas, y me maravillo de vuestro valor, por más que sea un valor nacido de la necesidad, aun de la desesperación. Porque vuestra economía sencillamente no funciona." Aplausos de la concurrencia.
Días después, en París, de regreso a casa, Roberts tuvo un coloquio con Edouard Balladur, Ministro de Economía durante el gobierno Chirac. Allí dijo:
"Creo que la hambruna está empezando a roer los bordes del sistema soviético. Ellos se dan cuenta de que su sistema no funciona y de que la economía se les está hundiendo debajo de los pies. Cuando afirmé que la Unión Soviética había probado que el socialismo era un fracaso, nadie controvirtió mi afirmación. Aplaudieron."
Pregunta: "¿Quiénes eran los que aplaudían?" Roberts: "En el público estaban los economistas soviéticos más importantes, estudiantes, juristas, miembros del Partido, directores de periódicos. Era la élite. No en el sentido de los altos funcionarios de los ministerios ni de los jefes provinciales del Partido, pero sí la élite intelectual moscovita."
Por más que la convicción de que la economía colectivista no funciona sea absolutamente dominante en los medios intelectuales de la URSS, no debe interpretarse que haya una alternativa eficiente hacia la cual el liderazgo pueda efectuar una transición suave. Los economistas soviéticos, lo mismo que los de Europa Oriental, continúan especulando con la vieja idea de Oskar Lange de una economía con mercados pero sin derechos de propiedad individuales sobre los bienes de capital, sin que, a pesar de ello, nadie haya siquiera hecho un primer experimento sobre la factibilidad de su traslado del mundo platónico de las ideas —donde los modelos suelen funcionar sin tropiezos— al refractario mundo de la realidad.
De hecho, la reforma gorbachoviana apenas si ha dado un tímido paso en la dirección de restituir la conexión entre la rentabilidad de las empresas y los incentivos de los gerentes, pero sin insinuar siquiera un sistema de precios libres, y además con enormes limitaciones. En efecto, si bien los gerentes en la actualidad tienen cierta discrecionalidad para aceptar unos u otros pedidos que se les formulen por razones de rentabilidad, deben con todo otorgar en todos los casos prioridad a los pedidos "del Estado", que según B. Schragin representa el 90% de la demanda agregada en la URSS.
De hecho esas reformas, si algún efecto positivo han tenido, no han logrado detener la regresión económica que sufre la Unión Soviética. Gorbachov ha intentado contrarrestar la desmoralización que cunde en la población de aquel país con ciertas promesas, pero sin miras de poder cumplirlas. Por ejemplo, ha prometido un mínimo de 9 metros cuadrados de vivienda por persona, pero el vertiginoso deterioro de las viviendas de ínfima calidad que construyeron durante los años '60 y '70 amenaza reducir, más bien que ampliar, el espacio habitacional de que dispone cada familia.
En dos países de Europa Oriental, Polonia y Hungría, ya se habla abiertamente de propiedad privada de los medios de producción, sólo que ello no significa que ya se sepa cómo efectuar la consiguiente restauración. Como es obvio, resulta mucho más fácil decretar la colectivización del capital que asignar varias generaciones más tarde derechos de propiedad para los recursos previamente colectivizados. De cualquier modo, cuando los líderes comunistas húngaros y polacos hablan de propiedad privada del capital, no es fácil saber cuál será el contenido residual del socialismo al que persisten en protestar fidelidad.
Para Istvan Degen, miembro del Comité Central del Partido Socialista Obrero Húngaro (comunista), ese contenido consistirá en la persistencia de ciertas metas sociales para el gobierno, la preservación del objetivo del pleno empleo, y el predominio de la propiedad pública sobre la privada. Atención, sin embargo, al concepto de propiedad pública. Dice Degen: "...propiedad pública no equivale a propiedad estatal. Después de todo, si tres personas fundan una compañía, eso ya es propiedad pública."
Obviamente, el suelo sobre el cual está asentado el poder soviético se ha vuelto sumamente resbaladizo. Ninguna de las viejas tesis de la ideología oficial permanece libre de ataques. Ni qué hablar, el ídolo stalinista ha sido derribado y denostado, y nadie mide sus palabras para repudiar el oprobio brezhnoviano, pero el mismo Lenin es puesto en tela de juicio por algunos, y —mirabile dictu— el dogma de la infalibilidad marxista ha caducado.
El principal ideólogo del comunismo polaco, Marian Orzechowski, interrogado recientemente por un periodista acerca de qué garantías tendría el pueblo en cuanto a que el partido no iba a abandonar uno tras otro todos los valores y fines implícitos en el socialismo, sin vacilar respondió: "No hay tales garantías, porque algunas de las cosas que dijeron Marx, Engels y Lenin ya no son ciertas en el mundo de hoy en día."
El terreno es, pues, resbaladizo; impropio para asegurar que algo dentro del imperio moscovita permanecerá firme, ni en el imperio interior de las naciones sometidas dentro de la Unión, ni en los países satélites de Europa Oriental y de Asia —el imperio exterior—. Al mismo tiempo, dentro de ese doble imperio se han desatado fuerzas centrífugas fabulosas: la fuerza centrífuga del descontento por el nivel de vida, la del descontento por la falta de participación en las decisiones públicas y la elección de los gobernantes, la fuerza centrífuga, excepcionalmente importante en este tiempo, de los nacionalismos, y la siempre potente de las religiones diversas, máxime cuando la fe reverdece entre los cristianos, musulmanes y judíos, mientras el agnosticismo hace estragos entre los marxistas. ¿Cómo, entonces, negarse a la evidencia de que los días del poder bolchevique están contados?
Sé que no es fácil imaginar que una de las grandes potencias militares vaya dentro de poco a entrar en un proceso de disgregación, pero recordemos, como sugiere Amalrik, a cuya penetrante visión de casi 20 años atrás, querría rendir homenaje, el caso del Imperio Romano. En el siglo V se construían aún edificios de seis pisos en Roma, y hasta máquinas sencillas de vapor. Sin embargo, como el historiador ruso nos señala, en el siglo VI las cabras pacían en el Foro. Igual, agrega, que bajo sus ventanas en un suburbio de Moscú.