Los aniversarios son ocasiones que llevan la atención hacia allí donde hay algo que conmemorar, aunque nada a su propósito sea noticia. Este año el mundo se ha ocupado de la Revolución Francesa y del primer viaje a la luna, sencillamente porque el conteo cronológico arroja a su respecto un par de números redondos, asegurando a aquellos memorables acontecimientos un lugar en la temática de 1989, junto a hechos que a su vez serán dignos de memoria, y a otros más, innumerables, destinados al olvido, pero que hoy se valen de su potente inmediatez para exigir un sitio en la conciencia colectiva. Un rasgo positivo de los aniversarios, pues, es que limitan el poder de ese tropel de jóvenes sedientos de notoriedad que se disputan los lugares más selectos de los periódicos, y aseguran allí unas pocas plazas a algunos ejemplares menos lozanos, capaces con todo de realzar la calidad del conjunto.
Estas consideraciones se vuelven problemáticas delante del aniversario propio, porque lo que éste hace es torcer la óptica del conmemorante hacia sí mismo, mostrándole los hitos de la propia trayectoria como dignos de recuerdo. Nosotros somos conscientes del peligro, pero solemos ceder, cada vez que nuestro contador de ediciones muestra un registro terminado en dos ceros, a la tentación de hablar de nosotros mismos. Algo así como darle a la modestia una semana de vacaciones cada dos años, pero la culpa por la transgresión periódica es compartida: en verdad que la adhesión de nuestros lectores, un conjunto en permanente ascenso, mal podría dejar de inducirnos una pizca de envanecimiento. A la vez, ellos mismos nunca dejarían que el envanecimiento fuera grave: no bien arriesgara serlo —es decir, apenas amenazase transformarse en deletérea autocomplacencia— nos darían sin tardanza las señales de desafección que hasta ahora nunca han creído oportuno transmitirnos.
Pero basta de tiquismiquis. Refiramos por fin a lo que deseamos celebrar: la sólida realidad que Búsqueda deriva de su medio millar de ediciones. Búsqueda ha sido lo que la mayor parte de los otros periódicos nunca fue: experimental. No se sabía si en el Uruguay sería posible combinar un carácter no partidario, lo que supone la renuncia anticipada a un público cautivo y a una guardia presta a acudir en caso de ataque, con un estilo editorial hecho de franqueza y severidad crítica. Se ignoraba si la independencia respecto del poder, tanto del gobierno como de la oposición, sería creíble junto a una adhesión ferviente a principios hondamente comprometidos en el quehacer político. Nosotros mismos no lo sabíamos al comenzar, hubo que ir descubriéndolo.
Hoy ya lo sabemos: Búsqueda dejó ya de ser experimental, hoy es espécimen de un nuevo —en el país— género de periodismo, que un número siempre creciente de lectores ya ha adoptado como su favorito.
Ello no significa que naveguemos permanentemente por aguas apacibles. Nuestras relaciones con el poder han tendido siempre a ser borrascosas, más allá de partidos y personalidades, de regímenes y estatutos jurídicos, y a través de los tres Poderes del Estado. No es por vocación, sino por deber. Como tantas veces lo hemos señalado, y especialmente en los hitos conmemorativos, operamos bajo un contrato, que entendemos renovado en cada edición con nuestros lectores. Ellos tienen que comprarnos y leernos; nosotros les debemos algunas cosas bien precisas. En lo informativo, les debemos un esfuerzo sin desmayos en procura de la objetividad, y diligencia para ir sin pereza y con ingenio tras la noticia que se vuelve esquiva. En la parte de opinión, nos sentimos obligados por de pronto, a la sinceridad, y compulsivamente alejados de la reticencia. Estos deberes con frecuencia nos inducen un estilo de hacer periodismo que no es, dicho sea con la frase de Dale Carnegie, el óptimo para hacer amigos y ganar influencias.
Este sentido del deber, todavía, nos impone un tono en nuestras relaciones con las autoridades que no es el más habitual en nuestro medio. Es curioso, pero en los foros políticos en el Uruguay, donde en los momentos de confrontación pueden intercambiarse palabras de singular dureza, habitualmente predomina una cortesía protocolar que rezuma de eufemismos y giros elípticos, un estilo, en suma, muy poco republicano. Tal vez porque los americanos del norte nunca estuvieron cerca de su monarca colonial, las actitudes francamente republicanas alcanzaron allí una pronta floración. La actitud republicana, por supuesto, es paradigmáticamente una actitud de desconfianza hacia el poder. Permítasenos ilustrar esta tesis con una cita de Thomas Jefferson. En las Resoluciones de Kentucky de 1798, en el marco de la áspera polémica que a la sazón mantenía, en compañía de Madison, con el Congreso federal, escribía: "...sería peligrosa confusión la que hiciera que la confianza en los hombres de nuestra elección nos hiciera callar nuestros temores por la seguridad de nuestros derechos; esa confianza ha sido en todas partes madre del despotismo: los regímenes libres están fundamentados sobre la suspicacia, y no en la confianza; en la suspicacia y no la confianza que prescribe constituciones limitadas, para poner vallas a aquellos a quienes estamos obligados a confiar el poder..." Y esta actitud no era monopolio del gran virginiano, ni estaba restringida a los de su rango. En 1787, Gunning Bedford, representante por Delaware, dirigiéndose a la mesa del Congreso confederal reunido en Filadelfia, presidida nada menos que por Washington, proclamaba: "Yo, señores, no confío en vosotros."
Pero permitásenos también ilustrar lo que queremos decir citándonos a nosotros mismos. Las palabras que reproduciremos provienen del editorial titulado Número 300, aparecido el 3 de octubre de 1985. Desde círculos allegados a la nueva Administración se había hablado ya, a propósito de nuestro informar, de noticias desestabilizadoras. Nosotros señalábamos que faltaríamos a nuestro deber si seleccionáramos las noticias, para dar las positivas y silenciar las negativas, por bueno que fuera el objetivo que inspirase tales calificativos. Y agregábamos: "Las noticias son noticias, los hechos son hechos. Sobre esta base edificamos nuestra actividad. Frente a la idea de que las malas noticias son desestabilizadoras, nosotros abrigamos esta otra. El peligro principal que acecha a la democracia uruguaya en esta etapa de su incipiente restauración, radica en su tendencia a la autocomplacencia."
Como enseñaba Ortega y Gasset, alguien es él mismo y su circunstancia. No podemos mirar a nuestra propia realidad según trascurren las ediciones sin reparar en la circunstancia en que hemos estado engarzados. Lo que nos sorprende es la constancia de algunos elementos a través de los años y de los cambios institucionales. En la misma edición en que conmemoramos el número 200, el 24 de agosto de 1983, apareció un segundo editorial, que titulábamos El fatal vacío de información. Entonces decíamos: "La falta de credibilidad del gobierno es hoy en día su problema principal. Desgraciadamente, es más que eso: constituye el problema principal del país. Con mediana confianza del público, y merced al buen comportamiento de las exportaciones, la economía tendría que haberse puesto en marcha...". Hoy poco tendríamos que cambiar a esas apreciaciones.
En aquella ocasión atribuíamos la crisis de confianza a tres factores: "Es un error crear un vacío de información", sosteníamos, "y pretender llenarlo con propaganda"; y más adelante: "Es un error suprimir y demorar información estadística"; finalmente: "Es un error imponer restricciones a la labor informativa y a los comentarios de la prensa". El último factor dice relación con las restricciones impuestas por el gobierno de facto, hoy felizmente superadas. Pero, claramente, hay demasiado que permanece sustancialmente igual.
Formulamos votos para que, al llegar a nuestro número 600, podamos saludar cambios sustanciales, en aquél y otros aspectos en que el cambio es críticamente imperativo, que la próxima Administración por fin se haya resuelto a poner en práctica.