¿Marx o Rousseau?

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Aquí mismo hace una semana proponía la conclusión de que Marx no podría dejar de sufrir una pérdida cualitativa de prestigio e influencia como consecuencia de la crisis del comunismo, y el patente desmentido a sus profecías que ella implica, particularmente en lo que respecta a la idea de que las revoluciones son transformaciones irreversibles, que inauguran sendas etapas nuevas en la evolución de la humanidad, la proletaria, última y definitiva, más que ninguna otra. Permítaseme ilustrar con un par de ejemplos lo que quiero decir.

Engels sostuvo, en el marco de su argumentación sobre la revolución proletaria, que "el proletariado toma el poder político, y, por medio de él, convierte en propiedad pública los medios sociales de producción, que se le escapan de las manos a la burguesía... A partir de entonces es ya posible una producción social con arreglo a un plan trazado de antemano. El desarrollo de la producción convierte en un anacronismo la subsistencia de diversas clases sociales. A medida que desaparece la anarquía de la producción social, va languideciendo también la autoridad política del Estado..." (Del socialismo utópico al científico). En otras palabras, la planificación centralizada es la condición de que se liberen las fuerzas reprimidas de la producción social y se supere la anarquía que representa el mercado. Esto es en diametral opuesto a lo que estamos viendo en alguna medida en Europa Oriental. La planificación centralizada es un asignador de recursos que lleva a la miseria, y el plan es una máquina de desorden. El camino centralizado estaba equivocado.

Después de conquistado el poder revolucionariamente, escribía Marx que los proletarios "no tienen que realizar ningún ideal, sino simplemente dar suelta a los elementos de la nueva sociedad que la vieja sociedad burguesa agonizante lleva en su seno" (La guerra civil en Francia). En otras palabras, la implantación del socialismo sería un proceso no personal y espontáneo. Noten la tremenda seguridad que destila otro fragmento de Marx: "Ninguna formación social desaparece antes de que se hayan desenvuelto todas las fuerzas productivas para las cuales tiene suficiente capacidad, y nunca aparecen nuevas y más altas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales de su existencia se hayan incubado en el seno de la propia sociedad antigua" (Prólogo de la Contribución a la Crítica de la Economía Política).

Tanto Marx como Rousseau coinciden en su descripción del origen de la sociedad civil. Rousseau señaló al "auténtico fundador de la sociedad civil" como responsable de crímenes, guerras, homicidios, horrores y desgracias (Discurso sobre la desigualdad). La versión de Engels: "El poderío de (las) comunidades primitivas tenía que quebrantarse, y se quebrantó. Pero se deshizo por influencias que desde un principio se nos aparecen como una degradación, como una caída desde la sencilla altura moral de la antigua sociedad de las gens. Los intereses más viles —la baja codicia, la brutal avidez por los goces, la sórdida avaricia, el robo egoísta de la propiedad común— inauguran la nueva sociedad civilizada, la sociedad de clases..." (El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado).

De aquí en adelante hay diferencias. Tanto Marx como Rousseau anuncian revoluciones, pero para el primero la revolución definitiva no es más que la síntesis final del proceso dialéctico que el surgimiento de la propiedad privada puso en marcha: la sociedad sin clases representa la superación del choque dialéctico entre burgueses y proletarios, y la naturaleza y estructura de esa sociedad está predeterminada por el proceso dialéctico. Para Rousseau la revolución es, aunque justa y previsible, contingente, tanto respecto del tiempo en que sobrevendrá como acerca de su contenido, es decir, de la clase de sociedad que constituya su producto final. Se trata de sacudir el yugo que comportan para el hombre las estructuras de la sociedad actual, y recuperar la libertad que con malas artes le habían pirlado; pero, vuelto nuevamente libre, él será de todos modos el constructor de su destino, sin que la historia predetermine en qué debe consistir éste. La revolución marxista tiene un objetivo material; la rousseauniana una meta sólo formal: liberar la volonté générale de las cadenas que llevan milenios frustrándola, y dejar que ella moldee la sociedad justa.

Ambos sistemas, el marxista y el rousseauniano, contienen garantías acerca del acierto con que los revolucionarios actuarán. En Marx desempeña ese papel la infalibilidad de la dialéctica materialista, en Rousseau la infalibilidad de la volonté générale. Pero, fuerza humana mientras que la dialéctica materialista puede tener un carácter indudablemente suprahumano, la voluntad general es solo infalible en el plano ético. Solo puede estar mal informada, y por tanto adoptar decisiones erróneas en el plano de, digamos, la eficiencia económica. Desde este punto de vista, Rousseau es infinitamente mejor guía que Marx, determinista histórico, para buscar la salida al atroz atollado soviético entre los escombros de colectivismos periclitados.

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