La idea de un acuerdo social para frenar la inflación fue manejada en los años 60. En un contexto keynesiano se ponía la responsabilidad por la inflación en el ascenso de los salarios, curva de Phillips mediante, sin intervención del dinero. Hoy en día es una teoría tan obsoleta como la geocéntrico-ptolemaica.
A todos los que se sientan con tentación de pensar en curar la inflación con un acuerdo social les recomiendo este ejercicio. Imaginen que se ha llegado a un acuerdo tan perfecto como se desee para evitar que los trabajadores soliciten aumentos y los empresarios remarquen las mercancías. Pero, como es obvio, sin que el déficit fiscal actual, del orden de 5 puntos del PBI, haya experimentado una sustancial rebaja. Si el contrato social fuera por sí mismo eficaz para parar la inflación sería inútil que el gobierno siguiera endeudando al país como hasta ahora para limitar la emisión. Lo sensato sería emitir para cubrir todo el déficit; y ello llevaría a aumentar la emisión en cosa de 133% al año. La idea de que el acuerdo social —por hipótesis perfecto— podría contener la inflación implicaría que los agentes económicos —empresarios y consumidores, usted y yo— estarían (estaríamos) dispuestos a más que doblar la cantidad de dinero, en términos reales, que tenemos por término medio. La hipótesis de que los agentes económicos están dispuestos a financiar el déficit conservando cantidades ilimitadamente crecientes de liquidez es absurda como la que más.
El costo social —en el sentido usual de esta locución, que técnicamente quiere decir otra cosa— lo está causando ya la aceleración de la inflación operada en 1988, ya que es imposible negar una parte importante de la responsabilidad por la detención del crecimiento operado en 1986-87. Pienso que la experiencia mundial demuestra que la resolución decretada para realizar la contención súbita de una gran inflación (por oposición a la reducción gradualista de una inflación mediana o pequeña) es por lo general a la vez muy positiva y muy rápida, y ningún ejemplo más a mano para nosotros que la campaña de choque en 1968, que condujo a los dos años de mayor crecimiento de la historia registrada del producto nacional hasta entonces, a una mejora sustancial del nivel de empleo, a una mejora del nivel de reservas internacionales y a uno de los períodos de mayor crecimiento del salario real en este país. Si alguien invoca aquella experiencia para justificar el rechazo de tratamiento de choque, necesariamente tiene que cerrar deliberadamente los ojos a los números respectivos.
—Finalmente, refirámonos a la tesis (4): gobernar no es sólo ocuparse de economía.
—Siempre que un gobierno está manejando recursos escasos, está ocupándose de economía. Y esto cubre la enorme mayoría de la actuación gubernamental. Cuando Churchill dijo su discurso de "sangre, sudor y lágrimas" influyó sobre el resultado de la guerra sin consumir recursos escasos, pero cuando los ingleses decidieron producir el spitfire sí estaban ocupándose de economía por más que su finalidad no fuera económica. Toda la política social tiene consecuencias económicas, y cuando no se las tiene presentes, el resultado suele ser antagónico al que la política se propuso. A su vez, todo uso de recursos escasos implica un costo, por más que los políticos tengan gran talento para ocultarlo, ¿se entiende?, ocultarlo en el cortísimo plazo. A la larga, alguien siempre lleva la cuenta de los costos, y un día, ineluctablemente, llama a la puerta para exigir el pago.