Me parece interesante, aunque no muy significativo, que en el programa de TV que reunió a los dos principales contendores por la Presidencia de la República, ambos se pronunciaran en contra de someter la inflación a una terapia de choque. Personalmente, creo que cualquiera de los dos que resulte electo va a ensayar esa clase de tratamiento, desechando por consiguiente la alternativa gradualista, y me propongo exponer las razones en que me baso. Antes, sin embargo, de justificar el escaso peso que estoy atribuyendo a sus respectivas declaraciones sobre esta materia.
En primer lugar, es preciso interpretar la clase de foro que el programa de Canal 12 suscitó. La opinión es unánime en cuanto a no definir lo que presenció como un debate, pero existen discrepancias en cuanto a la clasificación que merece la función. Yo discrepo en cuanto a que fue un ejercicio sólo trivial, apoyado en un acuerdo para proscribir el uso de armas dialécticas agresivas. Diría que el ejercicio se asemejó a una partida de ajedrez, y proporcionó información valiosa, aunque menos sobre las futuras políticas de los candidatos que acerca de sus respectivas estrategias electorales. Pienso que el comportamiento del Dr. Jorge Batlle implicó un diagnóstico en cuanto a que la relativa ventaja que lleva el Dr. Luis Alberto Lacalle se debe en parte significativa a una mejor percepción por parte de éste de la verdadera demanda del segmento relevante del mercado político, en lo relativo a la decisiva cuestión que llamaría, para ser breve, modernización. Consiguientemente, el Dr. Batlle procuró destacar los parecidos que tenían las posiciones del candidato herrerista con las suyas, y cifrar su pretensión frente al electorado en la mayor homogeneidad del Partido Colorado de la que la presencia del Sr. Carlos Julio Pereyra permite suponer en el nacionalismo, mientras el Dr. Lacalle insistía en destacar la magnitud nada trivial de las divergencias. En tales condiciones, una vez que el Dr. Lacalle respondió negativamente a la pregunta del moderador respecto de si adoptaría un tratamiento antiinflacionario de choque, la jugada del Dr. Batlle era prácticamente obligada.
Ello deja pendiente la pregunta de por qué el candidato blanco dio su respuesta negativa. En primer lugar, diría yo, porque la palabra choque apunta en sí misma hacia una idea radical, indicativa de audacia, tal vez de temeridad. En el contexto específico era razonable suponer en la audiencia una difundida falta de información sobre los principios y valores que están en juego entre el choque y el gradualismo. En tales condiciones, sin posibilidad práctica de explicar nada, la alternativa moderada parecía sencillamente de orden. En segundo lugar, a título de refuerzo, puede señalarse que la forma en que el Sr. Neder Araújo formuló la pregunta no fue neutral en torno a la opción. En la única reserva que me merece la conducción del programa, diría que, al sugerir parentéticamente que el choque entrañaría control de precios y salarios, el destacado periodista se equivocó al identificar una modalidad muy especial de la terapia de choque con la totalidad del género. Contestar afirmativamente habría supuesto subrayar el carácter osadamente innovativo de la opción radical, a la vez que pasarle gratis un flash al Sr. Pacheco Areco.
Paso ahora a justificar mi pronóstico de que tanto el candidato herrerista como el batllista, puesto uno u otro en el trance, optaría por una terapia de choque. Como nadie obliga a los gobernantes a clasificar públicamente las medidas que adoptan, es posible que ni uno ni otro empleen, llegado el momento, esta terminología. Mi predicción se refiere a los hechos, no a las palabras.
Una premisa fundamental en que me baso es la primera importancia que uno y otro candidato otorgan a la inflación como mal que es imperativo superar rápidamente. Otra es el alto nivel de la inflación que el nuevo gobierno va a heredar, aparte de la aceleración con que ella actualmente progresa. Dada esta característica del mal, el tratamiento gradualista tendría una probabilidad sumamente baja de tener jamás éxito, y en el mejor de los casos lo tendría, casi por hipótesis, demasiado tarde para los fines del gobernante.
La diferencia que está básicamente en juego es la velocidad con que el próximo presidente va a moverse para reducir el déficit agregado del sector público, de unos 6 puntos del producto a no más de 2 puntos como etapa fundamental, y de ahí a un superávit para retirar deuda. La propuesta del Dr. Batlle de usar el stock de oro para amortizar deuda externa, y la del Dr. Lacalle de "activar los activos", que es básicamente la misma, tienen pleno sentido sólo en el marco de un tratamiento de choque. Como en esa clase de medidas podría reducirse abruptamente el peso del servicio de la deuda en unos dos puntos del producto, bastaría reducir otro tanto (oyendo al Dr. Batlle parece inferirse la conclusión de que la operación "oro" bastaría, pero eso era antes del desastroso agravamiento del déficit en los últimos dos o tres años) para alcanzar la meta fiscal. No es que sea fácil bajar las necesidades financieras del sector público entre 150 y 200 millones de dólares adicionales, pero sí es seguro que resultaría mucho más difícil bajarlos gradualmente que en forma súbita. El ethos de emergencia que estamos observando en la Argentina —pese a que el gobierno de Menem desdeña algunas reglas importantes del tratamiento de choque al que en otra ocasión me referí— es absolutamente esencial. Si el nuevo presidente va a realizar una coalición que permita privatizar y desregular en medida significativa, así como vender oro o "activar activos", y piensa hacerlo, como el Dr. Lacalle expresó, de inmediato, y si de esa manera las condiciones para reducir el impuesto inflacionario a cosa de un dígito se configuran, ¿para qué diablos posponer la cosecha? La consolidación del progreso fiscal después sería mucho más fácil, porque habría que suponer, como parecían confirmarlo ambos candidatos la otra noche, que se reanudaría rápidamente el proceso de inversión a los niveles históricos de la década del 70, y por tanto de crecimiento, y entonces la gran elasticidad que la recaudación impositiva posee respecto del nivel de actividad, unida al efecto Tanzi, no tardaría en aportar el superávit deseado. En cambio, mejorar la situación fiscal antes de estabilizar, antes, por tanto, de que el doble efecto recién señalado pudiera hacerse sentir, sería tan difícil como la gestión de la presente Administración en su última etapa deja inferir.
Visto de otro ángulo: lo que hace el tratamiento de choque es facilitar enormemente la negativa del gobierno ante pedidos justos de gasto, financiables sólo con emisión. Debería agregar, o más bien hacer explícito lo que supongo que muchos lectores de Búsqueda saben, que un tratamiento de choque implica la indisponibilidad de la imprenta monetaria para el gobierno y las empresas públicas. Esto es lo que el primer Plan Austral explícitamente prometió en la Argentina. Aquí, luego del insuceso allende el Plata, habría que tomar precauciones para asegurar al público que el presidente entendería su promesa, que todo indica no haber sido el caso respecto del Dr. Alfonsín, y que estaría dispuesto a todo para cumplirla. En esas condiciones es mucho más fácil rehusar gastos para cuya aceptación militan razones tan fuertes como se dan en los casos de los haberes de los jubilados y de algunos funcionarios. Lo mismo respecto de proyectos con beneficios muy elevados, como tal vez entiendan muchos que es el salvataje de entidades financieras insolventes. Si la Tesorería no tiene dinero suficiente o no puede esperarse que lo recaude en tiempo, el gasto tiene que diferirse para cuando cambie dicha situación. Igual que en el caso de un particular.
Aunque sea menos importante, vale la pena señalar que la estrategia gradualista está fuertemente contraindicada con una inflación del porte de la nuestra por la enorme dificultad de llevar a cabo una política cambiaria satisfactoria. La autoridad monetaria tiene que navegar entre la Escila de la sobrevaluación monetaria y la Caribdis del agravamiento de la inflación y las tasas de interés desmesuradas, y es difícil que tenga la buena fortuna de Ulises.
Como la Odisea de la supuesta flotación sucia puesta en práctica por la presente Administración ilustra sobradamente.