Flujo y reflujo del estatismo

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Dos poderosos espíritus gemelos recorren a zancadas el mundo: los espíritus de la privatización y la desregulación; mientras sus dos rivales, los igualmente gemelos estatismo y colectivismo, se retiran sin cesar a su paso, tal vez camino de un remoto refugio, donde puedan hibernar en espera de tiempos mejores. Porque los que se aproximan —digamos, el siglo XXI— parecen destinados a serles hostiles.

Nuestra bola de cristal no es de facción marxista, sino que la inspira Giambattista Vico, y su idea de que en la historia se alternan fases antagónicas, sus famosos corsi e ricorsi. Éstos nos lucen discernibles, en lo que atañe al estatismo, en las tres últimas centurias. Partimos del siglo XVIII, y de su fuerte estatismo de cuño mercantilista. Es menos conocido de lo que debiera ser que el siglo XX no innovó nada en absoluto en todo lo relativo a la intervención del Estado en materia económica (aunque sí en materia social). Controles de precios, controles de cambios, aranceles y otros institutos fiscales finalistas, reglamentación industrial, inclusive con minuciosos controles de calidad, estatutos para la inversión extranjera, programas de promoción de exportaciones, determinación de áreas prioritarias para el crecimiento, nada de esto era desconocido hace 200 años.

La novedad, en la segunda mitad del siglo XVIII, fue que aquella estrategia económica que llamamos mercantilismo, que persiguió el desarrollo a la vez que el fortalecimiento del poder del Estado, que se fundamentó en la alianza de la burguesía, interesada en el desarrollo, con los monarcas, interesados en el poder, cayó bajo el fuego crítico de Adam Smith, Hume y Ferguson, más tarde de toda la escuela liberal. Por más que Smith tachó de utopista a su propio programa de mercados libres, Estado mínimo y fronteras abiertas, la fuerza de sus ideas estaba destinada a hacer que lo imposible se volviera real, y reclamara para sí todo el ámbito de la centuria siguiente.

Si situamos el siglo XIX en el espacio centenario que va desde el fin de las guerras napoleónicas hasta el estallido de la 1ª guerra mundial, podemos afirmar sin reservas que su desenvolvimiento no hizo más que extender los principios de la libertad económica y reducir la esfera de acción del Estado (por más que al mismo tiempo la concentración intensificaba su eficacia, y por lo general su sometimiento al derecho y a la moral). Pero también la segunda mitad de esta centuria aporta una novedad, sólo que ahora es doble, mitad adversa, mitad favorable. Esta segunda consiste en que se inicia el proceso de elevación del nivel de vida de las masas —cuyos números ya habían crecido de manera pasmosa en la primera mitad— sin nada parecido a un precedente en la historia de la humanidad. La mitad adversa de la novedad consiste en que este sistema de economía libre y Estado mínimo cae bajo el fuego crítico de Karl Marx, Engels y Lenin. Éstos reconocían la enorme creatividad y el enorme empuje de lo que llamaron el capitalismo, pero sostuvieron que éste se hallaba al mismo tiempo afectado por graves y progresivas contradicciones internas, que implicaban su inherente inestabilidad, y precipitarían su caída.

La fuerza de las ideas de Marx y los suyos, que es innegable, se vio asistida, decisivamente, por el genuino cataclismo que significó la primera guerra mundial, que pareció negar una a uno todos los rasgos positivos de la centuria precedente; en particular, para abreviar, la creciente integración internacional en todos los aspectos, pero entre ellos notablemente los económicos, el sostenido progreso en racionalidad, en humanidad, en civilización. Mil novecientos catorce y la posterior carnicería pudieron exhibir entre su galería de destrucciones las de la mayor parte de las convicciones que habían caracterizado la cultura decimonónica. Hete aquí, además, que cuando sobreviene lo que se creyó era la paz, pero sólo constituía un transitorio cese el fuego, un enorme país había pasado al dominio del partido de Lenin y se disponía, bajo la advocación de Marx, a reclamar para el colectivismo —el estatismo radical— la totalidad del universo. De hecho, desde entonces, y hasta ayer, los colectivismos avanzaron sin pausa, plantaron la bandera roja en cuatro continentes, y persistieron en presentarse como la imagen del mañana con creciente plausibilidad.

Mientras tanto, en Occidente, la inestabilidad económica entre las dos conflagraciones mundiales parecía presagiar el cumplimiento de la profecía marxista sobre la autodestrucción del sistema liberal. Un gran economista, precisamente proveniente de la escuela liberal, Maynard Keynes, abrazó la tesis marxista de la inherente inestabilidad del capitalismo, si bien modificándola sustancialmente. No se trataría ya de la inestabilidad del sistema en sí mismo, sino de la inestabilidad de los sectores privados de las economías. Los sectores públicos eran pilares de estabilidad, y podrían, con la adopción de una nueva estrategia económica, servir también de sustentación a los sectores privados. La libertad de los mercados debería quedar acotada por ciertas restricciones llamadas macroeconómicas, donde se manifestaría la acción gubernamental. La escuela keynesiana posterior amplió estas intervenciones notablemente, pero en este contexto resulta interesante anotar que el propio Keynes ensayó una reivindicación del viejo dirigismo mercantilista. En lo sucesivo, es decir, al cabo de la 2ª guerra mundial, la ofensiva del estatismo ostentaría dos puntas de lanza: la colectivista y la keynesiano-mercantilista.

El sistema del estatismo, tanto colectivista como burocrático-keynesiano, por supuesto estaba a su vez llamado a caer bajo el fuego dialéctico de sus críticos. Aún nos falta hoy la perspectiva que nos permitiría destacar, por ejemplo, los papeles protagónicos de Adam Smith y Marx en el ataque crítico a los sistemas prevalecientes en sus respectivos tiempos, pero —hecha esta salvedad— queríamos destacar en el siglo corriente el papel diverso pero complementario de las obras de Friedrich A. von Hayek y George Orwell, particularmente dos libros, Camino de servidumbre y Rebelión en la granja, surgidos de sus respectivas plumas en 1944, cuando la marea estatista parecía incontenible. Por supuesto, la fuerza de sus ideas resultó decididamente asistida por el giro de los acontecimientos, que consistió en el fracaso eventualmente estrepitoso del estatismo, tanto en su versión colectivista como keynesiano-burocrático-mercantilista. En aquel caso la carencia de lo más elemental para el consumidor, y la regresión económica hasta el borde del colapso; en éste la inflación y el estancamiento, ambos de una manera u otra suscitaron respuestas políticas, allanados que fueron para ello los caminos por una plétora de análisis económico arrollador en Occidente, y una disidencia estrictamente heroica en Oriente, que consistieron en votar con boletas en pro de la privatización y la desregulación en Occidente, y votar con los pies —primero individual y peligrosamente, recientemente por radiantes colectividades en Oriente— todo ello con un ritmo inesperado, hace una década impensable, que nos ha conducido hasta el umbral de un nuevo amanecer.

El siglo XX toca a su fin. La historia lo recordará como una etapa oscura, con enormes manchas de inenarrable tragedia. Afortunadamente, resultará un siglo corto, sí, luego de habernos puesto de acuerdo en reconocerlo originado en 1914, concordamos asimismo en que los acontecimientos actuales —de los cuales el gozoso paso de la frontera germano-occidental por germano-orientales, merced a la fraternal asistencia de sus camaradas húngaros, constituirá con seguridad un símbolo indeleble— van a aparejar muy pronto un cambio histórico cualitativo, digno de inaugurar una nueva centuria, consagrada a la libertad y dignidad de la persona humana.

En el Uruguay, hijo predilecto del neo-mercantilismo, donde su nuevo lapso de vida antecedió a Keynes, debemos prepararnos para ese cambio de mil maneras. Es imperativo comprender que se nos exigirá, no sólo una nueva actitud intelectual, sino hasta una nueva tónica vital, mucho más presta a la asunción de riesgos, mucho más inclinada a la aventura, mucho menos apegada a la falsa seguridad del estancamiento, que genera la ilusión de que cada día será igual al anterior, pero que en realidad es un deslizarse insensible por una pendiente que conduce a una indefectible catástrofe. Debemos aprovechar el nuevo período de gobierno para hacer de él una gozosa entrada en un nuevo tiempo. Porque casi con seguridad que el siglo XXI nos sorprenderá arribando inopinadamente durante su transcurso.

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