Con frecuencia se oye afirmar que las causas de la inflación son muchas, incluso en el marco de la presente campaña electoral. La última vez se lo oí decir al Dr. Hugo Batalla en su reciente aparición en TV junto con el Dr. Jorge Batlle. Hay un sentido en que esa afirmación es cierta, y otro en que no lo es.
¿Cuántas causas determinan el SIDA? ¿Una o muchas? En rigor, solo la entrada de un determinado virus en el torrente sanguíneo es causa de la enfermedad. Número de causas desde ese punto de vista, por tanto: una sola. Pero, ¿por qué se introduce el virus en la sangre? Pues, existen numerosas posibilidades. Se sabe que las relaciones homosexuales explican gran número de casos. Otra elevada proporción de contagios se origina en el uso de jeringas hipodérmicas contaminadas, básicamente por drogadictos. Pero ¿por qué hay homosexuales y drogadictos? Los que saben dicen que la superación inadecuada del complejo de Edipo suele estar en el origen de la homosexualidad masculina. Esa eventualidad es más frecuente en los hogares donde falta el padre, y a veces es atribuible a la personalidad demasiado fuerte, o demasiado posesiva, de la madre. Vemos, pues, que la conformación de la familia, la inestabilidad de los hogares, y la personalidad de los progenitores pueden encerrar causas de homosexualidad, ergo de SIDA. Algunas de estas circunstancias, verbigracia, los hogares deshechos, pueden también dar cuenta de contagio por la vía de la drogadicción. Y si es cierto que la falta de oportunidades alternativas en materia de cosechas para los campesinos de ciertas regiones de Colombia y Bolivia respecto de la coca es parte de la explicación de la industria de la droga, pues entonces habría que incluir este rasgo estructural de la agricultura de ciertos países entre las causas de aquella terrible enfermedad. Etcétera, etcétera.
Análogamente con la inflación. El papel del virus en este concepto lo desempeña el dinero. Sin dinero no hay inflación, y sin dinero propio —es decir, en el caso de un país que usa dinero importado, como Panamá actualmente, o Uruguay hasta 1896— solo se da la inflación que se importa junto con el dinero, verbigracia la de los EE.UU. en Panamá. En Panamá la producción está desquiciada en razón de la trágica coyuntura política en que se debate aquel país, pero su inflación es ínfima, del orden del 5 %. Sencillamente porque no es la inflación panameña, sino la norteamericana.
La inflación se origina cuando la cantidad de dinero que hay (oferta monetaria) supera la cantidad que la gente encuentra conveniente querer conservar en su poder, incluyendo las cuentas bancarias (demanda monetaria). Si la autoridad monetaria expande la emisión, ésta irá a parar a los bolsillos de los caballeros y a las carteras de las damas, y a las cajas de las empresas y a las cuentas bancarias de todas estas clases de agentes. Y si ellos no quieren conservar todo el dinero que la autoridad quiere endilgarles, se pondrán a hacer gran número de cosas para librarse de la liquidez que estiman excedentaria; un gran número de cosas que, dicho sintéticamente, en definitiva implicará querer pasarse de dinero a bienes, incluso cambio extranjero, con lo cual subirán los precios de los bienes y el cambio extranjero, hasta que la liquidez excedentaria desaparezca, ya que el dinero habrá pasado a comprar por unidad menos que antes. Y, naturalmente, si la autoridad monetaria sigue emitiendo, esto que he descrito como un incidente aislado se transformará en una operación continua, en gran medida automatizada.
Ahora bien, la cantidad de dinero ¿por qué crece de esa desmedida manera que genera inflación? Básicamente, para financiar el déficit del sector público. El gobierno no quiere o no sabe recaudar impuestos suficientes para cubrir sus erogaciones, de modo que echa mano de la imprenta monetaria. Ojo que si no hay imprenta monetaria, el déficit no puede suscitar inflación. En realidad, nada puede hacerlo entonces. En ese caso el déficit suscita para el gobierno análogos trastornos a los que padecen los malos pagadores privados —un poco menos intensos porque nadie puede embargarles los bienes dentro del país— pero nunca inflación. La historia del Uruguay durante el siglo XIX lo demuestra acabadamente.
Ahora bien, hay países que, teniendo imprenta monetaria, no han padecido inflación importante. Tal fue nuestro propio caso entre 1896 y, digamos, 1935. En 1935 la imprenta monetaria fue puesta a funcionar infundada y alocadamente, pero solo por un lapso muy breve. A partir de 1950, la imprenta monetaria empezó a manejarse como si fuera un juguete cuya manivela era divertido hacer girar. Más tarde —a partir de 1962 para ser precisos— los gobiernos descubrieron que la maquinita servía también para permitirse déficit monumentales, no como los de antes, que llegaron a parecer minúsculos a la luz de la experiencia subsiguiente. Así llegamos, dentro de la década, a la inflación de tres dígitos.
¿Qué había acontecido? Formular esta pregunta significa replantear el problema de las causas de la inflación desde otro ángulo. Y desde la perspectiva que él descubre, las causas de la inflación que se divisan son, como sostenía el Dr. Batalla, múltiples. La historia monetaria uruguaya está dividida en dos vertientes. De un lado, la imprenta de dinero primeramente (hasta 1896) no existía, y más tarde era usada con circunspección. Y en esa vertiente la inflación era prácticamente desconocida. Del otro lado, lo que se desconoce prácticamente es la estabilidad, al punto de que se habla de inflación estructural, adoptando una posición fatalista.
La cordillera que separa las aguas está hecha, por supuesto, de materia cultural. La gente, antes y ahora, creía cosas diferentes, sentía la moral pública de distintas maneras, concebía la política y el cortejamiento de los electores de suertes marcadamente diversas. Una de las diferencias más marcadas entre una vertiente y otra consiste en la variación radical de las convicciones de la izquierda democrática en materia monetaria.
En el lapso que separa las dos guerras mundiales, la ortodoxia monetaria —la que excluye el uso de la máquina de imprimir dinero para cubrir el déficit o para financiar transferencias— tuvo por principal campeón en el Uruguay al Dr. Emilio Frugoni, el líder socialista, como se decía entonces, o socialdemócrata como se diría hoy, para distinguir su posición de la del marxismo-leninismo, al que siempre combatió. Aunque hoy esto luce extravagante, ya que ningún dirigente ni economista de izquierda se interesa visiblemente por las cuestiones monetarias, no debe representar una rareza, ya que Juan B. Justo, el equivalente de Frugoni en la Argentina, también defendió tenazmente en su país la ortodoxia monetaria. En los años 20 Frugoni abogó, prácticamente solo, por el retorno pleno del país al patrón oro, y, en tal sentido fustigó la resistencia del Gobierno y del Banco de la República a dar ese paso decisivo para consolidar la firmeza de nuestra moneda. En 1931, esta vez estrictamente solo, Frugoni siguió defendiendo el reingreso del Uruguay al patrón oro, como forma de enfrentar la fuerte depreciación que a la sazón sufría el peso. Tanto él como Juan B. Justo comprendían que los intereses de los trabajadores estaban estrechamente ligados a la salud de la moneda y a la contención de las —según eran entonces— amenazas inflacionarias. Lo singular es que las fuerzas conservadoras de la época se aliaron sólidamente detrás de la política pro-inflacionaria que tuvo sus manifestaciones en el reavalúo del oro en 1935, y en las leyes monetarias de 1939 y 50, que le quitaron al stock de oro (a la sazón del BROU) toda efectividad como límite de la emisión, y lo convirtieron en un fetiche irracional.
Evidentemente, cambios semejantes representan transformaciones sociales complejas, atribuibles necesariamente a una multiplicidad de causas. Una de ellas debe haber consistido en el advenimiento allende el Plata del peronismo, que suministró un paradigma de inflacionismo populista. Otra debe haber estado asociada a la tendencia izquierdista a usar al FMI y su condicionalidad —que no hacía más que repetir los viejos principios de la ortodoxia monetaria— como bête noire.
Sí, indudablemente; desde esta perspectiva la inflación conoce una multiplicidad de causas, entre las cuales no debe dejar de incluirse el desinterés de la izquierda democrática (que distingo en este contexto del marxismo-leninismo, comprensiblemente interesado en promover la inflación como instrumento capaz de azuzar el descontento de las masas) por mejorar el nivel de bienestar de los trabajadores allegándoles una moneda sana.