Grietas en la estabilización argentina

Descargar PDF

Así como hemos seguido con enorme interés el esfuerzo del Gobierno Menem para zafar del tirabuzón hiperinflacionario, y con admiración el liderazgo provisto por su jefe, ahora la percepción de grietas en el edificio recién levantado, sugestivas de defectos estructurales, nos llenan de inquietud. Porque el interés uruguayo coincide con los sentimientos fraternales para desear una Argentina económicamente próspera y estable, y porque el eventual fracaso de la empresa trasplatina podría generar fuerzas psicológicas adversas para el esfuerzo similar, salvando las distancias, que la Administración venidera tendrá también que intentar de este lado del río.

Las hendiduras han tomado la forma de disparadas sucesivas del precio del dólar en el mercado paralelo, sólo parcial y transitoriamente neutralizables pese a la enérgica reacción del Banco Central Argentino a través de operaciones de mercado abierto y elevación de los encajes. Consiguientemente, la apertura de una brecha significativa, y con miras de crecer, entre los tipos oficial y paralelo. Lo más preocupante de todo esto consiste en que esa brecha es algo así como el reflejo tomográfico de una herida abierta en una región de la política estabilizadora cuya integridad es condición indispensable de supervivencia. Por supuesto, nos referimos a su credibilidad.

De hecho, el grado apreciable de éxito inicial de la política debe llevarse ante todo al crédito de su habilidad para influir sobre las expectativas del público. Las medidas de aplicación inmediata fueron, en efecto, sorprendentemente escasas en relación con el logro de escapar de las garras de la hiperinflación —85 mil % en el segundo trimestre del año en curso, 46 millones % en julio, tasas anualizadas, por lo tanto de 5 y 8 dígitos— a una inflación aún grave pero incomparablemente menos (4 dígitos en agosto, 4 mil 600 %, y tres dígitos de la parte baja en setiembre y octubre). Las medidas inmediatas que antecedieron estos logros fueron, como decíamos, decididamente modestas. En realidad, de menos alcance que las del Plan Austral: una fuerte devaluación, subida de tarifas públicas y de detracciones. Faltó, respecto del antecedente principal de la Administración Alfonsín, el solemne compromiso del Presidente de la Nación en el sentido de que no se emitiría ya más sin respaldo, que era un ingrediente de fuerza colosal, lo único que no se cumplió ni siquiera en el primer mes de su formulación. En una palabra, el Plan que algunos llaman "Bunge y Born" echó mano de los recursos de práctica en las campañas argentinas de estabilización: (1) una devaluación importante (la resuelta el 10 de julio fue de 116 %), a fin de conseguir, entre otras cosas, un período de respiro en el cual maniobrar, (2) imponer fuertes retenciones a las exportaciones agropecuarias, vueltas políticamente viables merced a la devaluación, con la promesa de ir reduciéndolas, y (3) elevar fuertemente las tarifas públicas (que en agosto habían aumentado aproximadamente al doble en términos reales); los rubros (2) y (3), como es obvio, destinados a reducir el déficit del sector público, y por tanto las necesidades de emitir o de recurrir a la venta cada vez más difícil y onerosa de bonos.

Bastante poco, como se ve, porque se trataba de medidas de duración harto limitada. Los Planes Austral I y II y Primavera del período Alfonsín habían revelado el carácter eminentemente transitorio de sus efectos. De hecho el Dr. Alfonsín se vio en el humillante trance de pedirle al Presidente Electo que lo relevara 5 meses antes de la fecha constitucionalmente prescrita porque comprendió que le faltaba por completo credibilidad para intentar un Plan Otoño y luego uno Invierno a fin de tirar hasta diciembre. La moraleja de la presidencia del Dr. Alfonsín consiste en que los gobernantes suben al poder con un capital de confianza pública, poniendo a trabajar el cual pueden hacer funcionar estrategias económicas que más tarde, cuando ya han dilapidado aquél, simplemente no surten ningún resultado. Una posible segunda parte de la moraleja podría sugerir que el desastre de un gobernante implica una reducción del capital de credibilidad de su sucesor, por aquello de que los políticos son todos iguales, máxime si proponen programas que se asemejan mucho a los de su antecesor; pero la experiencia del Dr. Menem nos hace descartar este supuesto corolario. Aunque tal vez el éxito inicial alcanzado por el Plan Roig-Rappanelli, como también podría designárselo, se haya logrado a pesar de la erosión resultante de los descalabros alfonsinianos, y merced a los méritos de la nueva Administración. Sólo que éstos no podrían consistir en las medidas de aplicación inmediata —como hemos estado aludiendo a los tres rubros recién listados— por ser básicamente iguales a los desacreditados durante la etapa anterior, sino por las diferencias que en otros aspectos el nuevo Gobierno ha sabido marcar.

En tal sentido creemos que ha desempeñado un papel protagónico la convicción que el Presidente Menem ha sabido transmitir, con su estilo singularísimo, hecho de sencillez y humildad, de serenidad y firmeza, acerca de la seriedad del plan estructural para reducir el tamaño del Estado e incrementar su eficiencia, todo ello respaldado por la jerarquía de buena parte de sus designaciones para funciones claves en tal sentido. Tarea difícil la de lograr credibilidad sobre un suelo tan desgastado por la retórica, pero en la cual el dirigente justicialista logró un éxito de dimensiones nacionales. Entre los signos que testimonian tal reversión de expectativas, aparte del espectacular amortiguamiento de la inflación a partir de agosto, se cuentan una igualmente notable caída de las tasas de interés, que habían alcanzado niveles reales paralizantes en mayo y junio, la reanudación de operaciones de crédito de la banca con el sector privado, una recuperación salarial apreciable, y un pequeño pero auspicioso incremento de la capacidad industrial utilizada. Por supuesto que sin acercarse ninguna de las variables en juego a niveles de normalidad, pero sí prácticamente con una unanimidad de movimientos en la buena dirección.

Apreciable mejoría, en síntesis, pero, según los síntomas que nos ocupaban al comienzo, de difícil pronóstico en cuanto a su durabilidad. Nosotros tememos que las manifestaciones de desconfianza puedan alcanzar nivel crítico antes de que las reformas de naturaleza estructural lleguen a exhibir resultados tangibles. Más concretamente, y dado que no creemos que la cuestión de la credibilidad se halle por entero determinada por imponderables aleatorios, pensamos que es posible discernir en el Plan Roig-Rappanelli ciertos defectos de concepción, que ofrecen un flanco débil al explicable escepticismo del público argentino. Nos parece oportuno enumerarlos, teniendo como tenemos presente la inminencia de un programa similar en nuestro país. Los puntos pertinentes son estos:

  • El Ministro Rappanelli no ha quemado sus naves. Si tampoco lo hubiera hecho Hernán Cortés, nunca habría tomado México. El control de precios, y muy especialmente el control de cambios, equivalen a que Cortés hubiera conservado un par de bergantines listos para zarpar.
  • La ejecución del plan no se ha rodeado de la suficiente transparencia. La gente sabe que la emisión para financiar el déficit, en el cuatrimestre que se lleva de ejecución, ha sido muy grande, pero no existe información fluida al respecto. Se está instituyendo una comisión de personalidades independientes para que supervise el comportamiento fiscal, pero no hay un equivalente en el plano monetario.
  • La paridad cambiaria fijada el 10 de julio es a plazo incierto, pero de todas maneras transitoria. Qué ha de venir después es algo que el plan no ha previsto ostensiblemente. Presuntamente vendrá una etapa de mayor inestabilidad, lo que en un plan de estabilización está obviamente contraindicado.
  • Como ya lo señalamos, todos los elementos de corto plazo del plan —tipo de cambio, tarifas públicas y retenciones— están sujetos a una clara y segura erosión. A medida que la erosión progrese, también lo hará la desconfianza del público, hasta que la brecha cambiaria llegue a niveles intolerables, vuelvan a retenerse las exportaciones, y la fuga de capital se precipite.

Entonces volverá a replantearse el plan. Ciertamente no estamos vaticinando el reingreso de Argentina al pozo sin fondo de la hiperinflación. Ciertamente el capital de credibilidad del Presidente Menem aún conservará proporciones generosas. Pero —eso sí— la próxima partida tendrá que ser mucho más exigente que la primera en todos los aspectos indicados. Para decirlo de otro modo, tendrá que exhibir un rigor y una dureza que estén en consonancia con la extremada gravedad de la situación económica argentina.

Vista previa del documento