Naturalmente, nadie puede asegurar que el desastre electoral del partido de gobierno deba interpretarse fundamentalmente como un juicio adverso a la Administración del Dr. Sanguinetti, pero por diferentes consideraciones lo más constructivo es presumir que ése fue el caso. De donde el Presidente electo y sus colaboradores deberían extraer conclusiones.
En efecto, confluyen para que aquella hipótesis sea aceptada en principio una variedad de consideraciones, a saber:
- En primer término, no es una hipótesis descaminada. ¿Cuáles son las alternativas? Primero: el Dr. Lacalle tiene una personalidad más atractiva para la ciudadanía que el Dr. Batlle. Esto es probablemente cierto, pero nos parece inaceptable que una cuestión de gustos, sobre la cual por definición no hay nada escrito, provincia natural de la subjetividad y de la opinión multiforme, pudiera explicar una verdadera avalancha nacional. Segundo: la estrategia electoral del candidato triunfante fue más acertada que la de su principal contendor. Las dificultades son mayores aún para esta alternativa, dado que el Dr. Batlle acababa de tener un señalado éxito en las internas del Batllismo Unido con una estrategia muy similar a la que luego adoptó en el ámbito nacional. Tercero: el Partido Colorado, en particular su rama típicamente batllista, ofreció una imagen de desunión, en la cual el desinterés del presidente Sanguinetti por la suerte de su colectividad política, atribuible a su desafección hacia el candidato impuesto por el voto mayoritario, ocupó el lugar más conspicuo. Es una hipótesis que proyecta al primer plano un aspecto puramente emocional, ya que, de ser elegido, el Dr. Batlle podría haber conducido su gestión con sólo muy débil dependencia de la facción refractaria, que los resultados muestran sólo débilmente representada en el Parlamento.
- En segundo lugar, esta hipótesis razonablemente bien fundada sobre la relativización de las alternativas es al mismo tiempo la hipótesis paradigmática dentro de un marco constitucional democrático. La democracia, como ha enseñado Popper, es esencialmente el sistema que permite el cambio incruento de los gobiernos. En un régimen monárquico, o aristocrático, o tiránico, el único camino es la revolución. ¿Qué se somete a votación en una democracia? Muchas cosas que varían en cada ocasión; pero siempre, al mismo tiempo, por esencia institucional se vota sobre si se desea continuar con el mismo gobierno o se desea reemplazarlo. En este contexto el mismo gobierno significa gobierno del mismo partido. Hay una responsabilidad solidaria del presidente saliente y del candidato por encima del grado de comunión política y personal en que se encuentren o dejen de encontrarse. Es así por imperio del orden institucional democrático, que se cimenta sobre la práctica de plebiscitar cada gestión gubernativa, y a la vez por imperio del orden de la justicia inmanente en el sistema, que no puede permitir que la opción premio-castigo sea salteada.
- En tercer lugar, y fundamentalmente, es la hipótesis recomendada por un enfoque pragmático de la cosa pública. En efecto, es el que permite una interpretación útil del pronunciamiento ciudadano. Un voto por el partido de gobierno se percibe desde ese punto de vista como un espaldarazo a la política de la administración saliente, un voto contra él como una exhortación a la entrante para dar un vigoroso golpe de timón. Obsérvese que ninguna de las hipótesis alternativas que más arriba examinamos podría suministrar al Dr. Lacalle ninguna información útil sobre la forma en que la ciudadanía desea ver orientada su gestión gubernamental. Metodológicamente, por tanto, la hipótesis del voto castigo merece cuando menos una prolija consideración.
Ello nos sitúa ante la cuestión de cuáles son las facetas del gobierno del Dr. Sanguinetti que concebiblemente podrían haber recibido la repulsa popular. No valdría como método comenzar por aislar los rasgos que luzcan menos exitosos. Al contrario, habría que comenzar por señalar los más salientes, y recién después inquirir si parece razonable que ellos hayan auscultado el pronunciamiento adverso.
En nuestra opinión el rasgo más prominente de la Administración Sanguinetti ha consistido en su irenismo, fundamentado en el carácter transicional que se atribuyó a sí misma, en la dirección de la plenitud constitucional. No es necesario que recordemos a nuestros lectores el esfuerzo que el Dr. Sanguinetti y sus principales colaboradores realizaron en busca de un consenso durante el lapso que medió entre la elección y su asunción del mando. Por supuesto, nos estamos refiriendo a la nunca suficientemente recordada CONAPRO, que procuró un acuerdo nacional no sólo pluripartidario, sino también comprensivo de los distintos sectores de interés, aspectos ambos —el político y el corporativista— abiertamente contrarios a nuestro sistema constitucional.
¿Era necesario apartarse del espíritu de nuestras instituciones en razón de la peculiar coyuntura político-institucional por que atravesábamos al salir del episodio militar? Por cierto, hay mucha gente cuya opinión, en muchos casos autorizada, responde afirmativamente. Sin embargo, si el Partido Colorado hubiese conducido al país por la ruta por la que él deseaba retornar a la normalidad, si se hubiese sentido auténticamente representado en ese aspecto fundamental, no habría expresado hacia ese partido el grado de rechazo que nosotros vemos en los resultados del domingo.
No suele prestarse suficiente atención al hecho de que el sistema democrático está fundado sobre la convicción de que la diversidad de opiniones no obsta a la unidad nacional; al contrario, el debate entre las opiniones enfrentadas bajo el imperio de la ley constituye precisamente la argamasa peculiar del sistema. Ello es lo que determina que el mismo presidente pueda participar en el discurso político nacional, porque lo que espera la ciudadanía de él no es la neutralidad, incompatible con la figura necesariamente política de un jefe de gobierno, sino el respeto a la opinión ajena y la sumisión en definitiva a la regla de derecho para dirimir las controversias.
Sugerimos que en el sentir de la ciudadanía el domingo puede haber pesado la intuición de que el ajuste de las ásperas disidencias que venían de atrás fue sólo superficial, y que de hecho hoy esas disidencias se manifiestan con perfiles en algunos aspectos más acentuados que hace cinco años. Si la neutralidad del presidente fuera el remedio indicado para la discordia, surgiría la hipótesis de que el Dr. Lacalle debería inspirarse en la labor de su antecesor. Nuestra interpretación de los resultados del 26 de noviembre sugieren precisamente lo opuesto.
Otra faceta de la Administración saliente estrechamente ligada a la anterior consiste en su prescindencia de todos los aspectos estructurales que en el país claman por reforma. Ni la educación, ni la salud, ni la defensa de la seguridad personal, ni la seguridad social, ni la conflictividad laboral, formaron parte a ese nivel del quehacer del gobierno del Dr. Sanguinetti. El campo vastísimo y crítico de las empresas estatales permaneció prácticamente intocado. Los grandes temas económicos del mundo, Europa Oriental incluida, de la privatización y la desregulación, permanecieron al margen de nuestro opaco discurso nacional.
En los aspectos coyunturales, el deterioro fue innegable, y una vez más fruto de la falta de definición y remate del gobierno. La inflación mayor que cuando el Dr. Sanguinetti asumió, el déficit tan alto y además en alza, el crecimiento económico, luego de 2 años en que los shocks externos fueron unánimemente favorables, de nuevo nulo. La historia en estos aspectos de los tres primeros años, sin embargo, había sido favorable, pero cuando el esfuerzo presuntamente exigía entrar en áreas donde habría algún grado de abrasión, se permitió que decayera.
El presidente Sanguinetti procuró compensar la modestia de sus realizaciones en el ámbito doméstico con el brillo de su diplomacia regional y continental, donde su destaque fue incuestionable. Pero, por lo que de los resultados comiciales puede colegirse, su elocuencia y su gran cultura impresionaron más a sus colegas latinoamericanos que a sus compatriotas.
Menos discursos, más información, menos viajes, más audacia, menos preocupación por la región y el mundo, más concentración en nuestros acuciantes problemas domésticos, más disposición para entrar en zonas polémicas, más firmeza para enfrentar contradicciones, he aquí unos pocos consejos que nos parecen desprenderse para el Presidente Electo de los comicios del domingo pasado.