El año pasado ha representado una división de vertientes respecto de la filosofía económica y política: ya nada será igual que antes de él. Entre las certezas que él redujo a polvo se encuentra la de que existe una cosa objetivamente identificable como socialismo. Uno ya empieza a recordar con nostalgia las definiciones que repetía tan tranquilo. "Socialismo es un sistema en el cual la propiedad de los bienes de producción es ejercitada por el Estado en nombre de la comunidad." O, alternativamente: "El socialismo es un sistema en el cual la asignación de recursos escasos se lleva a cabo por medio de un plan centralmente formulado, y ejecutado bajo el control gubernamental." Ambos enunciados venían en realidad a significar algo muy semejante, ya que la propiedad de los recursos es la que permite asignarlos entre sus distintos usos alternativos posibles, y es natural que el dueño formule un plan que le permita hacerlo óptimamente, igual que el gerente de una empresa. Ambas definiciones eran, pues, prácticamente equivalentes; ambas, al mismo tiempo, describen un objeto ya totalmente obsoleto.
En efecto, en Europa oriental los regímenes comunistas se han avenido a transformar sus economías en la dirección del mercado, con frecuencia bajo presión popular irresistible. Varios han dejado de llamarse comunistas, o los comunistas han sido sustituidos en el poder por otras fuerzas políticas. Las modalidades rígidamente colectivistas a la manera de Stalin han suscitado explosiones de indignación popular tan dramáticas como a veces cruentas, de las cuales la rumana nos impresiona especialmente, pero sin que nos haga olvidar la búlgara. Creo que, con la posible excepción de Albania, no queda un solo estado en la Europa sovietizada cuyos dirigentes pudiesen aceptar las definiciones más arriba estampadas como descripciones válidas de sus sistemas económicos. Pero el caso más notable es el de la propia URSS, que después de dos tercios de siglo de supuesta "construcción del socialismo" ha sobrepasado a todos los otros países de la región en el calor con que sus gobernantes, con Gorbachov a la cabeza, y sus académicos, han proclamado al régimen basado en la propiedad colectiva del capital y la planificación centralizada de la producción como estrictamente inviable.
Ludwig von Mises había sostenido en los años '30 lo que ahora podríamos llamar la tesis Gorbachov, o sea que el régimen colectivista es inherentemente incapaz de funcionar, y ya entonces la demostró, pero los marxistas se atuvieron hasta hace muy poco a la respuesta de Oskar Lange, que pretendía refutarlo. Hoy se sabe que Mises estaba en lo cierto, y Lange equivocado. Es una de las pocas controversias de la historia —el debate entre Copérnico y los geocentristas es otro ejemplo que me viene a la cabeza— que han tenido una definición cabal.
Hoy solamente quedan países de las zonas periféricas del área colectivista adheridos al sistema tradicional, y ello sólo de manera precaria. Pues bien, esa súbita perención del viejo concepto fuerza el planteamiento de esta interrogante: ya que los partidarios autoproclamados del socialismo son aún legión, ¿en qué consiste el objeto de su parcialidad, o la meta de sus esfuerzos?
Un destacado socialista inglés, Brian Barry, ha propuesto esta contestación: "Sociedad socialista es una en que los ciudadanos están en situación de actuar conjuntamente en la determinación de los rasgos principales de la sociedad y, en particular, con el fin de superar las consecuencias indeseables de los actos individuales."
El concepto de acto individual debe entenderse con referencia al de acto político. Los economistas suelen llamar acto político aquel que los agentes adoptan teniendo como destinatario a un grupo, en lugar del propio agente. Así, por ejemplo, la modificación de un impuesto es un acto político, la sanción de un presupuesto lo es más característicamente aún, pero aparte de estos actos que normalmente tendrían por sujeto un cuerpo legislativo, o los múltiples otros que podrían mencionarse emanando del ejecutivo, también son actos políticos la decisión de la directiva de un club deportivo de construir un frontón de pelota en lugar de una cancha de tenis, o la decisión de un ama de casa en el sentido de reducir el contenido calórico de la dieta familiar. Mientras que son actos individuales aquellos que los agentes adoptan teniendo en cuenta sólo sus intereses particulares, tales como la elección por el ama de casa del vestido que se pondrá en la boda de su hija, o la decisión de NN de construir una piscina en su casa, o la de XX de renunciar a su empleo actual y salir al mercado de trabajo en busca de otro.
Naturalmente, la vieja definición del socialismo, según una u otra de las variantes indicadas, es perfectamente compatible con la que propone Brian Barry. Dentro del modelo colectivista estricto los actos individuales o de mercado se reducen a un mínimo. En algunas versiones teóricas a la vez que extremistas del colectivismo, que alcanzaron cierta difusión en la década de los '60, los actos individuales se eliminaban por completo, mediante la supresión del dinero y la universalización de la tarjeta de racionamiento en su lugar. De modo que ya nadie elegía nada como individuo, sino sólo como ciudadano. En la medida de que el régimen funcionase democráticamente, los ciudadanos podrían aprobar la adopción del pijama de Mao como prenda general para ambos sexos, y el contenido de calorías y vitaminas de las dietas según edades. La diferencia entre la vieja definición y la que ahora estamos considerando es de la clase que existe entre el género y la especie. Aquel concepto era como el concepto de tigre, éste como el concepto de felino, en que la fiera radical coexiste con el pacífico gatito.
Pero lo que animales tan dispares tienen que poseer necesariamente en común para pertenecer al conjunto de los socialistas es el rechazo de los resultados del mercado como criterio básico de la distribución del ingreso. En cuanto a los resultados del mercado como asignador de recursos —la respuesta del mercado a las preguntas acerca de qué producir, y cómo— el nuevo concepto de socialismo admite una variada gama de opciones.
Tratemos ahora de avanzar en la caracterización del nuevo socialismo mediante la descripción de su opuesto, que es precisamente la dirección que toma el discurso de Barry. El opuesto paradigmático del nuevo socialismo sería el viejo liberalismo, la orientación conocida como laissez faire. La esencia de esta postura consiste en reducir a un mínimo los actos políticos en la esfera de la sociedad en su conjunto. Se trata, colectivamente, apenas de garantizar el orden público y los derechos de propiedad, incluyendo la defensa contra posibles agresores del exterior. Al decir peyorativo de Carlyle, un anarquismo con policía. Sin embargo, aun en esta variante radical deben subsistir juntos, en la vida de la sociedad, actos políticos —cuántos gendarmes y cuántos soldados con cuántos cañones— y actos individuales —todos los demás— de modo tal que la diferencia entre el socialismo y lo que no lo es —llámese individualismo, liberalismo, o capitalismo— pasa a ser sólo de grado. Ya no esperamos encontrar regímenes que se distingan con contornos nítidos del arquetipo occidental, que se caracteriza por un sector privado, en el cual el mercado desempeña un papel importante, y un sector público que hace mucho más que ser juez y gendarme. De modo que para clasificar a una de las sociedades que la vida nos ponga por delante no tendremos en el futuro ya la comodidad intelectual de contar con límites fácilmente perceptibles. Es como si, junto con el muro de Berlín del mundo real, se hubiesen desplomado todas las murallas que en el mundo platónico de las ideas nos servían de convenientes divisorias.
Es un cambio con enormes consecuencias. Entre otras, nos ha deparado algo así como una invitación espontánea a revisar nuestras propias posturas respecto a la opción que el socialismo implica frente a sus opuestos. Ya no se trata de la misma oposición, ni de las mismas opciones. El tema seguramente da para mucho más.