Los acontecimientos de Europa Oriental han suscitado difundido entusiasmo. La noticia de cada día va agregando nuevas pinceladas a un lienzo maravilloso, cuyo gozoso tema bien podría llamarse Liberación. Liberación, en primer lugar, en un sentido muy directo y muy concreto, de las policías secretas comunistas —el asalto al cuartel general de la Securitate rumana, tanto más odiosa que la Bastilla borbónica, tanto más apta como símbolo de opresión, figura en el panel central de los despotismos de partido único, del monopolio estatal de la prensa y de sus cotidianas mentiras, de los muros, alambradas, vopos y mastines que hacían cárceles de los países sujetos al comunismo; en un sentido más amplio, como es obvio, liberación también de este mismo. La noticia cotidiana el día que escribo este artículo es que el Partido Comunista de Polonia acaba de resolver su autodisolución; mientras el húngaro se ha cambiado de nombre, y el rumano ha sido declarado ilegal. Liberación del marxismo. Del marxismo, que se pretendía, él mismo, liberador, pero que de hecho era opresor. Que aún lo es, desgraciadamente, allí donde el Terror —verbigracia en Albania, en Cambodia, en Cuba— le mantiene en el poder. Esto es algo que ya no se puede discutir. Cada vez que se ha celebrado una elección libre en Europa Oriental, el comunismo ha ido de derrota en derrota, cada vez más aplastante. ¿Qué otra prueba podría ser más concluyente? En cierta ocasión, para convencerme de que la leche en polvo que fabricaba cierta empresa era mala, alguien me ofreció una prueba concluyente: si se le daba de ese producto a los bebés, éstos escupían. Era una prueba terminante. En materia de leche los bebés son jueces supremos, y los pueblos que han vivido bajo el comunismo por medio siglo o más no pueden equivocarse; si en cada comicio escupen, nadie tiene derecho a dudar.
Pero este sentido de la palabra liberación, genuino y gozoso, no es el que me propongo discutir, a propósito de los acontecimientos de Europa Oriental. Quiero, en cambio, que consideremos juntos, a la luz de esos iluminantes acontecimientos, el sentido de ese vocablo tal como se lo emplea hablando de movimientos de liberación en América Latina, y, más concretamente aún, de la teología de la liberación. Esto último en razón de la base literaria que han aportado los teólogos de esta tendencia. Estimo que de ella resulta inequívocamente la pertinencia a fin de juzgar sobre su mensaje de la revolución antimarxista de Europa del este.
A mí me parece que la dependencia de la teología de la liberación respecto del marxismo es obvia. Observen que no hablo de identidad. En otras ocasiones he formulado una proposición más fuerte que la que hoy enuncio, a propósito de las relaciones entre marxismo y teología de la liberación, pero hoy no necesito, para probar mi tesis, ir más allá de la aseveración de una dependencia, que en seguida precisaré. Esa dependencia se refiere al ámbito socioeconómico. La teología de la liberación tiene un lado teológico, y otro que es socioeconómico. Como teología sostiene ciertas cosas extremadamente poco polémicas, tales como que los fieles cristianos deben integrar su vida y su fe, que el amor a los pobres es una de las virtudes cardinales que promueve el Evangelio, que la oración y las observancias rituales escindidas de tal integración con la esfera de la praxis carecen de valor, que el concepto del prójimo como destinatario del servicio al que el cristiano es llamado debe abarcar la comunidad como un todo, y los menos privilegiados eminentemente, que el cristiano debe lograr una vivencia precisa de los aspectos morales de las cuestiones económicas, sociales y políticas, etcétera. Pero ninguna de estas premisas, que yo acepto plenamente —sin tener que haberlas aprendido de ningún liberacionista, por supuesto, porque están todas patentemente fundadas sobre las Escrituras— me lleva al socialismo, que es adonde la teología de la liberación querría conducirnos. Ni es concebible que tal pretensión pudiese poseer base teológica. Para ello la base, si de tal puede hablarse, no es otra que una premisa que los liberacionistas introducen de contrabando y que dice que el marxismo representa el enfoque científico acerca de cómo debe ser la sociedad ideal, por cuyo advenimiento los cristianos deben pugnar.
Tomemos, por ejemplo, el concepto de socialismo del teólogo liberacionista uruguayo Juan Luis Segundo SJ, una de las figuras más prestigiosas de esa tendencia. Cito, retraduciendo al español de una versión inglesa: "...un régimen político en el cual la propiedad de los medios de producción le es quitada a los individuos y transferida a instituciones superiores, orientadas hacia el bien común." Prácticamente es la definición marxista: "...los comunistas pueden resumir su teoría en esta fórmula única: abolición de la propiedad privada." (Marx y Engels, Manifiesto...). Hay una diferencia entre los dos textos, pero solo aparente. La definición del Padre Segundo incluye la atribución del manejo del capital colectivizado a determinadas instituciones volcadas hacia la promoción del bien común. Marx no necesita de ese agregado, porque él está implícito en su doctrina. En efecto, al suprimirse los conflictos de clase por la revolución proletaria, y estar el Estado en manos de los proletarios, cesan las condiciones de la explotación y se aseguran las de una expansión cada vez más rápida de las fuerzas productivas. De modo que el Padre Segundo vuelve explícita, en parte, un postulado del análisis marxista. Solo en parte, como puede verse, porque el jesuita uruguayo solo asegura las buenas intenciones de las autoridades socialistas. ¿Cómo podemos saber que esas intenciones no resultarán frustradas, digamos, por hallarse basadas en una teoría errónea? Para Marx ello se halla de antemano garantizado por las condiciones objetivas derivadas de la propia expropiación de los burgueses, ya que el proletariado, convertido en clase universal, goza de la misma índole de infalibilidad que Rousseau atribuía a la volonté générale. Hay que suponer que el Padre Segundo participa en este aspecto de la metafísica marxista —de lo contrario habría que considerarlo incurso en un grave hiato lógico— y solo prefirió plasmar su definición en lenguaje voluntarista por ser éste, para la generalidad de su público, más fácilmente comprensible.
Esto no es otra cosa que un ejemplo. De hecho, toda la literatura liberacionista está llena de referencias, explícitas o implícitas, al análisis marxista. Más aun, existe como una clave de toda esa literatura, que implica que cada vez que se usa en ella la palabra "análisis", sea que el sustantivo se halle o no acotado por un calificativo tal como "social", o "económico", o la locución "análisis científico", esas expresiones deben entenderse referidas al marxismo.
En síntesis el discurso liberacionista parte de un imperativo ético, de incuestionable base teológica, que obliga al cristiano a interesarse activamente por la condición de los más humildes, y de allí pasa a una premisa socio-económica de procedencia nítidamente marxista. En este sentido es que estimo que los acontecimientos de la Europa del este son pertinentes para juzgar sobre esta corriente eclesial. Toda cadena es tan sólida como su eslabón más débil; la teología de la liberación posee un eslabón marxista; ergo, la teología de la liberación ha sido arrastrada en la caída que el marxismo ha sufrido a manos de los hechos.
No creo que los liberacionistas se hayan mostrado abiertos a las lecciones que desde Europa Oriental ha estado propagando la historia. El Consejo Mundial de Iglesias es una entidad ecuménica, fundamentalmente protestante, también bastión de la teología liberacionista. En julio pasado, su comité central, reunido en Moscú, rechazó una moción que condenaba la represión de la resistencia al comunismo en Rumania. Por 78 votos contra 33 resolvió en cambio reiterar su comunión en la oración con las iglesias rumanas, invocando el apoyo que éstas daban al esfuerzo de "sistematización y modernización" del Presidente Ceausescu. Hoy sabemos que el verdadero nombre de la "sistematización y modernización" del vesánico Ceausescu es "genocidio". ¿Cuándo oiremos de labios liberacionistas en general el reconocimiento de la trágica equivocación que cometieron, la que arrastró tras de sí, incluso por sendas de violencia, a tantos desprevenidos? ¿Cuándo podrá América Latina verse efectivamente liberada de ella?