La India tiene un grave problema con sus vacas sagradas. Pueblan el subcontinente en altísimo número, no sirven para la producción, y su pastoreo absorbe una parte apreciable de la superficie con potencial agrícola, sin contar que su presencia multitudinaria en las áreas urbanas perturba seriamente el tránsito vehicular. Nosotros no poseemos ni información ni títulos para dar consejos al respecto a aquel país, pero sí nos sentimos en condiciones de ofrecérselos a otro que también padece problemas de vacas sagradas, a saber, el Uruguay.
Nuestras vacas sagradas son de naturaleza metafórica, pero eso no significa que consuman menos recursos que las indias; al contrario, si aquellas pueden ser culpables en alguna medida de la gran pobreza del enorme país asiático, las nuestras con seguridad tienen una responsabilidad enorme por el gran empobrecimiento del nuestro.
La característica definitoria de unos y otros bovinos es la naturaleza irracional de su estatuto. Irracional no significa inexistente. La religión hindú dice que los vacunos poseen una particular dignidad que los hace invulnerables a las exigencias de la razón práctica. A nosotros no somos quienes para inmiscuirnos en tales cuestiones. Pero el estatuto de las vacas sagradas uruguayas es irracional y punto. Se les permite libremente que destruyan riqueza sin apelación a ningún valor superior, válido o no. Simplemente porque hace mucho que lo vienen haciendo. La tradición puede ser una cosa muy seria o una cosa muy tonta, dependiendo de que ella represente o no la encarnación de algún rasgo importante de la personalidad nacional. En el caso que nos interesa estamos ante una tradición que se alimenta de la mera rutina, ante ídolos cuya singular distinción radica en la vejez. Si continuamos haciendo en su presencia colectivas genuflexiones, quiere decir que la voluntad de superar nuestras grandes dificultades no ha llegado aún. A punto de inaugurarse un nuevo gobierno no puede haber tema más oportuno.
La vaca sagrada que primero ha de interponerse en el avance del convoy uruguayo después que asuma el Dr. Lacalle se llama Semana de Turismo. Sin duda el nuevo presidente querrá despertar a la república de la larga siesta que representó la anterior administración, pero a los pocos días ella volverá a sumirse en su tradicional letargo hebdomadario. El nuevo gobierno querrá favorecer la natural vocación que el país tiene de ser un centro financiero, pero apenas cuarenta días después de instalado los bancos permanecerán cerrados una semana. Los viajeros verán a la capital desierta, y se preguntarán si tan extrañas costumbres podrían engarzarse en el conjunto de cualidades que concebiblemente podrían volver a este país atractivo para las inversiones. La Justicia, de cuya recuperación tanto depende, apenas cumplidas vacaciones de 40 días, volverán por un cuarto de luna a la inactividad. Etcétera, etcétera.
¿Por qué? Actualmente, por ninguna razón. En la noche del pasado se columbra una época en la cual los conflictos, hoy prácticamente olvidados, entre el Estado y la Iglesia llevaron a aquél a disputarle a ésta varias festividades. El Estado perdió con Navidad pero ganó con Pascua de Resurrección, que a costa de siete días de asueto extra para sus funcionarios se transformó en Semana de Turismo. Curiosamente, esta primera vaca sagrada que mentamos posee una naturaleza particularmente secular... Pero, el Uruguay es así: impertérrito ante la razón, sumiso ante la rutina, quejoso ante la pobreza, indiferente ante los medros que pueden devolverle la prosperidad.
Otra vaca sagrada que estará interfiriendo, si no lo está ya, con las decisiones del nuevo equipo tiene nombre de metal: se llama Oro. Aquí el carácter sacro del vacuno está mucho más a flor de su piel amarilla. Este vive rodeado de misterio. Nadie sabe por qué se le guarda en bóvedas inexpugnables, supuestamente para siempre. Lea el lector las declaraciones a Búsqueda (18 de enero) del ministro designado de Economía, Cr. Enrique Braga, y verá que el misterio es impenetrable: que el dorado stock será movilizado pero no vendido, solo que si se decide convertirlo en una cesta de monedas habrá que venderlo, pero nunca para pagar deudas. Las declaraciones del futuro gobernante son todas perfectamente inteligibles hasta llegar a este punto, donde se vuelven un perfecto galimatías: es el efecto vaca sagrada.
En un país moderno y racional, queremos decir, que confía sus asuntos económicos y financieros a expertos y no a brujos, el oro es igual que cualquier otro activo de reservas, y la participación de ese activo en las carteras de los bancos oficiales, lo mismo que el mix de pasivos y activos, son cuestiones técnicas, que se resuelven con referencia a los principios sobre administración de carteras financieras. Nosotros no llegamos a llamar a un brujo para ocuparse de estas cuestiones —lo que tampoco sería una actitud insólita en esta zona del planeta— pero a los economistas les pedimos que a su respecto recurran a las ciencias ocultas, y la humareda que brota de los calderos mágicos dificulta la percepción de todo el asunto. Es algo sumamente oneroso.
Hay un rebaño nutrido de estas vacas totémicas en que todos los individuos son de la raza monopolio. Monopolio de los Seguros, Monopolio del Alcohol, Monopolio de la Refinación del Petróleo, Monopolio de la Importación de Productos Refinados de Petróleo, Monopolio de las Comunicaciones, Monopolio de la Generación de Energía Eléctrica, Monopolio de la Distribución de Energía Eléctrica, Monopolio de la Importación de Explosivos, Monopolio de la Recepción de Depósitos de Oficinas Públicas, y una gran variedad más de esta raza rústica, resistente a todas las inclemencias, capaces de sobrevivir sin una brizna siquiera de argumento lógico, por solo impulso de brutal inercia, a un costo fabuloso para el país en términos de eficiencia perdida. La manifestación más cabal de la inutilidad de esta colosal manada radica en que ni siquiera ha servido a los gobiernos para ponerse a salvo de la tacha de que practican la teoría neoliberal de Milton Friedman.
Aparte del tropel innumerable de bovinos esotéricos está el Gran Toro Sagrado, cuyo nombre parece imitar un mugido mítico: ¡BROU! Su caso es muy diferente de los otros. Los demás no sirven para nada, el BROU literalmente sirve para todo. Es un banco comercial, es un banco de inversión, es un banco agrario, es un banco central (o la mitad mayor del bicéfalo BCU-BROU), es parte de la Aduana, es una oficina estadística, suple a veces al Parlamento Nacional (p. ej. cuando compra empresas que solo podrían ser adquiridas por ley), es un promotor de exportaciones, es un padre para los deudores en problemas y una madre para los agricultores en dificultades. Lo que es más extraño, sus recursos no son, como todos los demás stocks del mundo real, finitos. Siempre que se ha propuesto una ley atribuyendo al BROU cierta misión que implica la inversión de recursos, nadie nunca ha osado inquirir si los recursos podrían faltarle. Eso habría sido juzgado de muy mal tono, por irreverente. En los últimos dos años el BROU asistió al BCU con fondos del orden de U$S 300 millones al año, sobre los que no cobra un centavo de intereses, pero a nadie jamás se le ha ocurrido pensar que ello podría ser excesivo, aparte de haber tenido que bancar a cuatro instituciones insolventes. Si alguien osara insinuar que a este paso el BROU podría seguir por el camino de éstas, allí sería el rasgarse de vestiduras y el cubrirse la cabeza de cenizas.
Lo que el Gran Toro Sagrado, que sirve para todo, y las simples vaquitas sagradas que son perfectamente inútiles, tienen en común es la impermeabilidad al análisis racional. Desde que el BROU fue fundado en 1896 nadie ha dedicado una hora a reflexionar sobre la viabilidad o inviabilidad de las premisas sobre las que está funcionando. Igualmente con todo lo demás. Un país puede tener una zona de su ámbito vital en que se permita ser idiosincrásico, pero nosotros nos hallamos en tal aspecto terriblemente excedidos. Y no estamos en realidad en condiciones de darnos esos lujos.