Mañana el país celebrará una fiesta que lo honra. Una fiesta que confirma su arraigada convicción democrática y su apego a un estilo de convivencia pacífica y tolerante.
En esta etapa postdictatorial es la primera vez que un presidente constitucional le traspasa el gobierno a otro. Por ese mismo motivo el hecho adquiere particular relevancia, aunque no contará con la atmósfera fuertemente emotiva que rodeó las ceremonias de 1985. Las expectativas eran mayores entonces, pero los desafíos son más decisivos hoy.
Es que no todas son rosas. El acontecimiento de mañana no augura un futuro fácil. Es cierto que los temores de hace cinco años son cosas del pasado. Ya no existe la misma incertidumbre respecto a la consolidación institucional y parece superado aquel frágil equilibrio entre el poder civil que entraba y el poder militar que se iba.
Los temores de hoy son otros. Lindan con la esencia misma del funcionamiento del país. Tienen que ver con un aparato estatal trabado, con un sistema educativo atrofiado, con una política fiscal inoperante, con un pavoroso funcionamiento de la seguridad social, con la necesidad de una mayor dinámica en lo productivo. Resolver estos nudos son el desafío del momento y comprometen no solo al gobierno elegido para esta etapa, sino al conjunto de la clase política.
Si se pretende dar más bienestar a la población y se quiere atender las necesidades de sus niños, sus ancianos y sus enfermos, necesariamente debe resolverse una serie de temas que esperan urgente respuesta. No puede haber más dilaciones. Los plazos ya vencieron y terminó la hora de los largos y sinuosos debates. Hay que hacer cosas y hay que hacerlas ya.
Todos los elementos parecen jugar en contra del nuevo gobierno. El déficit fiscal es alto. La tendencia inflacionaria es, por decir lo menos, preocupante. El sistema financiero está notoriamente más complicado que hace cinco años y la presencia de la banca gestionada es un dato ineludible de dicha realidad.
Para colmo, el nuevo gobierno no cuenta con ninguna de las ventajas del gobierno saliente. Ventajas que en su momento le allanaron parte del camino.
Las circunstancias históricas en que asumió Sanguinetti le facilitaron una natural solidaridad dentro y fuera de fronteras. Hace cinco años el país salía de una prolongada dictadura, la clase política era toda una, enfrentada a un único enemigo y con la pesada responsabilidad de lograr que las cosas salieran bien. Hoy en cambio, los intereses sectoriales o partidarios tienen mucho más peso que entonces. Sanguinetti encontró un formidable interlocutor en Wilson Ferreira, líder único del principal partido opositor. En cambio, el gobierno que asume mañana debe dialogar y acordar con un Partido Colorado que en las actuales circunstancias tiene hasta tres cabezas. Finalmente habría que recordar que estas democracias fueron las "niñas mimadas" del mundo occidental. Ese apoyo exterior (hoy virtualmente dirigido hacia los países de Europa Oriental) tendió a facilitar las cosas.
A estos factores se suman otros. En primer lugar, el actual gobierno de la ciudad de Montevideo quedó en manos de otro partido, lo cual ya demostró en el pasado ser una complicación añadida. El hecho de que ahora se trate del Frente Amplio, de modo alguno atenúa ese antecedente. Por el contrario, si se analizan las primeras decisiones adoptadas por el nuevo intendente capitalino, puede presumirse una creciente tendencia a transferir hacia terceros (el parlamento, el gobierno central), las culpas de aquellos problemas no resueltos en el Palacio Municipal. Eso solo ya estaría anticipando posibles choques políticos. En segundo lugar, la principal voz opositora estará en manos de una izquierda que, por diversos motivos, ha fortalecido su presencia y su protagonismo. En tercer lugar, el movimiento sindical ya se apresuró a decir que no estaba dispuesto a otorgar la tregua pedida por el presidente electo. Lo hizo además, en un tono llamativamente belicoso.
En este complicado contexto, el gobierno de Lacalle tiene la obligación de resolver con urgencia esa serie de temas que ya no admiten más esperas. El desafío está ahí, y no queda más remedio que asumirlo.
El país discutió largamente, durante años, los problemas referidos al tamaño del estado, a la desmonopolización de algunos de sus servicios, a la reforma educativa y a la cuestión sindical. Todo ya fue discutido y vuelto a discutir. No hay más que agregar. Quizás algunos complicados debates vinculados en su momento a la consolidación institucional de la democracia hayan justificado postergaciones. Ahora no queda nada que disimule o esconda estas prioridades. Están al descubierto, desnudas para que todos puedan verlas.
Los tiempos y los temas apremian. Hay apuro, sin duda alguna. Si las complejidades y contratiempos que marcaron el proceso que llevó a este acuerdo de "coincidencia nacional", son el síntoma de cuál habrá de ser en el futuro, el ritmo con que se resolverán los problemas, sobran motivos para estar preocupados. Los desafíos exigen otra velocidad, otra dinámica. Nadie, en el mundo entero, está dispuesto a esperarnos.
La opinión pública puede —por momentos— mostrarse confundida. Suele aceptar de otros, principios generales que terminan por contradecirse con sus aspiraciones más personales y concretas. Está esperando mensajes claros de sus líderes. Sería una grave irresponsabilidad que la dirigencia política, en ese peligroso juego del "discurso privado y discurso público" añada más confusión a la ya existente. Es su tarea, como conductores de partidos y del país, trazar las líneas de acción e indicar los caminos a seguir. Para eso son líderes y dirigentes, y eso es lo que de ellos espera la gente.
Los desafíos planteados no solo conciernen al gobierno de Lacalle. Conciernen al país todo y son, fundamentalmente, una responsabilidad de la clase política, de gobernantes y opositores, de empresarios y sindicatos.
El primero de los cinco años que conformarán el período de gobierno que mañana se inaugura, habrá de ser el más difícil. Tal como ocurrió en aquel histórico "Día D" cuando la invasión a Normandía, la guerra se gana o se pierde en la misma playa de desembarco.