No es así, sin embargo. Es uno de los tantos casos en que la razón falla. Avanzamos hacia el fin de siglo como un tropel a punto de cruzar una cordillera, hacia una vertiente desconocida. Cuanto más cerca de la cumbre, más fuerte nos late el corazón. Con mayor frecuencia miramos hacia atrás, para ver si el panorama que estamos a punto de abandonar puede decirnos algo sobre lo que vamos a encontrar allende la cima. Es así, simplemente. Una manifestación del ansia que los humanos llevamos dentro; ansia de transcender la limitación que el tiempo supone a nuestro conocer.
El tiempo nos pone por delante una valla que nos bloquea la visión, y nosotros no podemos resignarnos a no otear del otro lado. Pedir que nos acerquemos al 31 de diciembre del año 2000 -¡ojo! no del 1999— que es el fin, no ya sólo de un siglo, sino también de un milenio, con el mismo talante con que nos aproximamos a cualquier otra fecha, sería ni más ni menos que inhumano.
Por otra parte, la historia precisa de hitos temporales para que la comprendamos. Una clase de esos hitos es el que separa las generaciones.
Pero la idea de las generaciones tampoco soporta un análisis riguroso. Lo que se observa, aquí y allá a lo largo del tiempo. son constelaciones de contemporáneos descollantes que, comprensiblemente, tienen una cantidad de cualidades en común. Pero a nadie se le ha ocurrido que el continuum del tiempo pueda dividirse en etapas generacionales de manera consistente. Los siglos, por su parte, están ahí de cualquier manera, sea o no que el azar haya suscitado una conjunción excepcional de individualidades egregias, como las que se suscitaron en el quattrocento y en el cinquecento, y en el siglo de Pericles, y en el VII A.C., cuyo aporte en materia de filósofos — los primeros que jamas haya habido— y de profetas, ha llevado a Karl Jaspers a declararlo el tiempo axial.
Y si los hitos seculares están ahí, de todos modos, y si han sido usados por pensadores con un sentido histórico una y mil veces, ¿por qué no aprovecharlos? Eso sí, para que sean útiles, es preciso autorizar a quien los maneje a tomarse ciertas libertades en cuanto a desplazarlos un tanto hacia adelante o hacia atrás, respecto del sitio exacto en que la rigurosa cronología quería situarlos.
Por ejemplo, tendrían que permitirle a uno correr tanto el mojón inicial como el final del siglo XIX unos tres lustros. Esa centuria representó, relativamente, un tiempo de paz. Aparte de la guerra de secesión de los EEUU. salvaje como suelen ser las guerras intestinas, ese lapso fue más pacífico que cualquier otro de igual extensión desde la pax romana. Claro está, para que ello sea cierto hace falta que nos dejen desplazar el fin de la centuria deciochesca hasta el fin de las guerras napoleónicas, y hacer que la decimonónica se inaugure con el Congreso de Viena.
Para compensar esos quince años que al cronológico XIX estaríamos entonces birlándole, estamos dispuestos a darle en cambio los primeros catorce del cronológico XX. Nos detendremos, entonces, justo antes de estallar la primera guerra mundial, porque si dejáramos a ésta colarse en el XIX, adiós a la aureola de relativa paz con que queremos mostrarlo.
Si se nos acuerda esa licencia histórica, tenemos un lapso de casi exactamente cien años dotado de genuina unidad cultural. El detalle de sus cualidades compartidas deberá quedar para una próxima ocasión, pero su integración cultural y económica y su tuerte sentido de una comunidad de valores éticos, dotan al período de una singularidad indiscutible.
Otra característica saliente que obtenemos para nuestro esquema del siglo XIX — si se nos permiten esas ligeras manipulaciones de su cronología—, es la visión de aquella centuria flanqueada por dos terribles revoluciones. Dos episodios, el francés y el ruso, de radicalismo exasperado. a ambos lados de una época conservadora. Un tiempo de sólido realismo burgués entre dos manifestaciones de encendido idealismo. Estos ásperos contrastes, ¿significarán algo para la comprensión del siglo que concluye, y nos permitirá acaso aguzar nuestra capacidad de adivinación acerca del próximo? He aquí los primeros temas que la perspectiva en que nos hemos situado nos propone.