El acuerdo a que arribamos una semana atrás, de situar el siglo pasado entre 1815 y 1914, nos es en este aspecto de gran ayuda. El siglo XIX, tiempo de paz, de integración mundial, desemboca en un desenlace wagneriano, de muerte, odio y destrucción en magnitudes jamás antes siquiera imaginadas. A Keynes, el gran crítico de las ideas centrales de la economía decimonónica, su colapso inspiraba sentimientos de admirativa nostalgia.
“¡Qué extraordinario episodio en el progreso económico del hombre" escribía en 1920, en su libro de crítica a la paz de Versalles, "fue aquella época que tuvo fin en agosto de 1914! La mayor parte de la población, es cierto, trabajaba duro y su nivel de vida era bajo, pero, según todas las apariencias, estaba razonablemente satisfecha con su suerte. Además el escape era posible para cualquier hombre cuya capacidad y carácter sobrepasaran en algo el promedio, hacia las clases medias y altas, a quienes la vida ofrecía, a bajo costo y mínima molestia, comodidades y diversiones inalcanzables para los más ricos y poderosos monarcas de otras edades. El habitante de Londres podía encargar por teléfono, mientras sorbía su té matinal en la cama, los más diversos pro-ductos del mundo entero, en las cantidades que quisiese, y esperar fundadamente que le serían entregados en su casa con prontitud: al mismo tiempo, y por iguales medios, podía arriesgar su fortuna en los recursos naturales y nuevas empresas de los cuatro puntos cardinales, y participar, sin esfuerzos ni inconvenientes, en sus previsibles frutos y ganancias... Podía procurarse, si lo deseaba, medios de transporte cómodos y baratos a cualquier país o clima, sin pasaporte ni otra formalidad, podía enviar a su servidor a la sucursal más próxima de un banco por la cantidad de metales preciosos que le pareciese apropiada, y podía después marcharse a un país extranjero, sin conocimiento de su religión, idioma ni costumbres, llevando en sus bolsillos riqueza amonedada, y habría experimentado gran sorpresa e indignación a la menor interferencia. Y, lo más importante de todo, consideraba este estado de cosas como normal, seguro y permanente, excepto en la dirección de ulteriores mejoras, y cualquier desvío de él como aberrante, escandaloso y evitable".
Así hablaba el gran crítico del patrón oro y del laissez faire, las dos columnas de la economía del siglo XIX. Pero ¿por qué no ir más allá en la busca de testigos adversos? Marx y Engels, en 1848, proclamaban: "La burguesía, después de su advenimiento, apenas hace un siglo, ha creado fuerzas productivas más variadas y más colosales que todas las generaciones tomadas en conjunto. La subyugación de las fuerzas naturales, las máquinas, la aplicación de la química a la industria y a la agricultura, la navegación a vapor, los ferrocarriles, los telégrafos eléctricos, la roturación de continentes enteros, la canalización de los ríos, las poblaciones surgiendo de la tierra como por encanto, ¿qué siglo anterior había sospechado que semejantes fuerzas productivas durmieran en el seno del trabajo social?"
Es claro que estos dos encendidos admiradores de la fuerza creativa del capitalismo querían su destrucción y reemplazo, eventualmente, por el comunismo. Pero eso porque eran discípulos de Hegel (o lo era Marx, y con eso bastaba) y Hegel enseñaba que la historia era un devenir con principio y con fin. Para Hegel, escribiendo en el primer tercio del siglo XIX, la historia ya había terminado. O casi. Por lo menos el Estado prusiano ya había alcanzado la meta del milenario proceso que a través de mil enfrentamientos y mil irracionalidades, conduciría inevitablemente al reinado supremo de la Razón. Y esto precisamente había acontecido ya, encarnándose ésta en el Estado moderno, cuyo paradigma lo suministraba la Prusia de aquellos días.
Marx estaba algo menos dentro del error, ya que había percibido que aquel orden socio político que tenía por delante no sería perdurable, pero equivocado él también en dos aspectos fundamentales. En primer lugar, porque la ruptura del orden era avizorada por él como el producto de un enfrentamiento de obreros y capitalistas, y de hecho los capitalistas y los obreros se metieron juntos en las trincheras y sufrieron juntos la carnicería que allí se produjo, separados por barreras nacionales, que en el sistema de pensamiento marxista habían dejado de existir. En segundo lugar, equivocado porque cuando se produjo la revolución que —según él, hegeliano al fin— debía llevar al fin de la historia, no logró nada por el estilo.
Al punto que un tercer hegeliano. Fukuyama, vino por fin a sostener que era sólo con su caída, simbolizada por la del muro de Berlín, que la historia estaba realmente terminada.
Pero esta es ya otra cuestión. Hoy nos propusimos acercarnos a la comprensión de la catástrofe que puso fin al orden decimonónico.
Pero apenas dimos en esa dirección un paso, que fue el de enfatizar el carácter superlativamente inesperado que tuvo aquel colapso. Por lo que nos queda mucho trecho que recorrer hacia esa meta.