El Papel del Imperialismo

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LA CONTRADICCION ENTRE EL LIBERALISMO Y EL IMPERIALISMO EN QUE TRANSCURRIO EL SIGLO XIX NO SE ROMPIO SINO HASTA LA GUERRA MUNDIAL, QUE INAUGURO UNA EPOCA DE CALAMIDADES AUN INCONCLUSA

El siglo XIX fue un siglo liberal. Fue también un siglo imperialista. Había allí una contradicción. Esa contradicción hendió el orden notable del siglo XIX —aquella integración de las naciones occidentales en un todo de creciente homogeneidad, cuyo territorio sus hijos podían recorrer sin pasaporte ni otras formalidades, aquel empuje económico asombroso, aquella convicción en la marcha de la humanidad por el camino del progreso, aquella aproximación hacia el reinado de la paz que por milenios no tenía precedentes— y le dio al siglo XX una iniciación trágica.

Había una contradicción porque el liberalismo fue desde su advenimiento cabal en la obra de Adam Smith decididamente antimperialista. Como Lenin trajo a este ámbito una desgraciada confusión semántica, apresurémonos a aclarar que por imperio entendemos la condición de una o más poblaciones y territorios que se hallan sometidas a un estado que extiende a ellos su soberanía; lo que nos hace llamar metrópoli al estado que ejerce su soberanía allende sus fronteras, y colonias a las poblaciones y territorios que le están sometidos.

La tesis antiimperialista de Adam Smith era muy sencilla: simplemente sostenía que las colonias eran un mal negocio. Se sometían a pueblos extraños para asegurar a los productores de la metrópoli la exclusividad de sus mercados. "Por la pequeña ventaja de precio", escribía en La Riqueza de las Naciones, "que tal monopolio podría proporcionar a nuestros productores, nuestros consumidores han sido agobiados con todo el gasto de mantener y defender ese imperio". Y luego de contabilizar la deuda incurrida por Inglaterra en la guerra colonial reciente, mostraba que el solo servicio de esa deuda externa excedía en mucho todos los beneficios derivables de las colonias.

Este argumento fue recogido por los liberales del siglo XIX "Emancipad vuestras colonias" se titulaba el libro que Jeremy Bentham publicó en 1830, donde sostenía que las colonias estaban en la raíz de todos los conflictos internacionales. Y apenas tres años más tarde Macaulay confirmaba la idea de Adam Smith (“la obediencia forzada a lejanas provincias generalmente cuesta más de lo que vale..."), afirmando al mismo tiempo que "Inglaterra jamás había sido tan rica, tan grande, tan formidable... tan absolutamente dueña de los mares, como desde la pérdida de sus colonias americanas*.

La política imperialista de las potencias europeas, sin embargo, continuó, Antes del estallido de la Segunda guerra mundial, Inglaterra, Francia, Holanda, Bélgica y Rusia habían desarrollado grandes imperios coloniales que comprendían casi toda Africa y la mayor parte de Asia. 

Alemania había llegado tarde al reparto del mundo. Había alcanzade a Inglaterra económicamente, pero no tenía colonias, Su poder militar había crecido sobremanera, pero carecía de un imperio. El titular de su monarquía llevaba el título de emperador pero, en el sentido moderno de la palabra, era un título vacío. El emperador Guillermo Il era imperialista, pero más importante aun era que la opinión pública alemana parecía serlo más intensamente. Cuando Alemania y Francia tuvieron un incidente - a propósito de Marruecos -sobre el cual aquélla invocaba derechos, según creemos sólo imaginarios el gobierno alemán, que obtuvo una parte del Congo en la liquidación del conflicto, fue objeto de críticas acerbas desde todos los cuadrantes del espectro político: se requería más, el pueblo reclamaba más energía.

Como es obvio, el imperialismo y el militarismo van siempre de la mano; ya Tucídides había dicho que el imperio sólo podía fundamentarse sobre un poder militar irresistible. De modo que en el siglo de la paz y del progreso acechaba una fuerza enemiga. El desarrollo económico, como el propio Marx declaraba, unificaba a los pueblos. Pero a la vera del desarrollo económico otras influencias aguzaban los intereses contrapuestos. La síntesis liberal, fundada en el comercio, en los movimientos de capital y en los movimientos migratorios, la enorme creatividad de la época, su firme avance en la dirección de un progreso que lucía a todos indefinido, era una especie de paraíso. Pero también en este edén había una serpiente, para susurrar las palabras de odio y división que iban a terminar por destruirlo todo: el imperialismo y el militarismo, es decir, las inconsistencias de aquel tiempo, desempeñarían ese papel.

Hay algo de interpretativo en lo que antecede; no todo, por supuesto, es ni podría ser simplemente fáctico. Pero sí es un hecho palmario que la guerra mundial hizo trizas aquel orden previo e inauguró una época de calamidades de la que todavía no hemos salido.

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