Mediaron casi setenta años entre la publicación del Manifiesto Comunista - o sea la propuesta revolucionaria de Marx y Engels- y su encarnación en la realidad histórica de un País. Transcurrió casi exactamente el mismo lapso entre la instalación de un poder revolucionario en Rusia, bajo la advocación de Marx, y la extensión del acta de defunción por los propios encargados de, a la sazón, mantenerlo o salvarlo de alguna manera. Cicato cuarenta años, por lo tanto, entre la inserción de la semilla en el suelo y la caída del árbol caduco.
Esto nos dice, por lo pronto, que la perspectiva en que tenemos que ubicamos en el menester en que nos hemos metido es una perspectiva dilatada. Asimismo nos sugiere que los períodos de paz y orden bien pueden ser los proveedores del pensamiento que troquen la paz y el orden por sus contrarios; mientras que los períodos de guerra y desorden bien pueden tener las manos demasiado llenas con la acción como para dedicar tiempo a la teoría.
La pregunta concreta que hoy queremos formulamos se refiere a cuál fue la oferta de doctrinas revolucionarias que se colaboraron en el siglo XIX e influyeron sobre lo acontecido en el siglo XX, centralmente en la Revolución Rusa, ya que ésta serviría de paradigma para otros episodios análogamente orientados. Podría pensarse que la interrogante es superflua, tal es la identificación de la Revolución Rusa con el marxismo, Las cosas no son, sin embargo, tan asi.
Hay dos clases de pensamiento revolucionario. Esta distinción sigue las líneas de la que traza Marx entre el socialismo "utópico" y el suyo propio que llamo “científico”. El utópico es el que nos dice cómo será la sociedad una vez que se hayan sustituido sus instituciones y estructuras por las que el pensador revolucionario propone para reemplazarlas, Implícitamente. el revolucionario utópico confecciona un instructivo sobre lo que habrán de hacer sus seguidores cuando conquisten el poder. Nada o casi nada de esto hay en Marx. Nos dice que habrá una sociedad sin clases, que no habría propiedad privada de los medios de producción y —penetrando él mismo profundamente en el terreno utópico— que llegará a haber una sociedad de igualdad y libertad perfectas, donde el estado se habrá marchitado y terminado por esfumarse; la sociedad comunista stricto sensu, la poshistoria, o metahistoria. Pero absolutamente nada sobre la forma en que la economía debía organizarse después de la revolución proletaria. Sin propiedad privada ni mercados, habría que planificar, pero ¿cómo? Marx guarda silencio. Y ni qué hablar sobre cómo funcionaría la economía planificada en una sociedad sin Estado.
El marxismo es esencialmente una teoría sobre la inevitabilidad de la revolución. Sobre cómo la historia (que hegelianamente principio con la creación de la propicidad privada) irá avanzando hacia su predeterminada culminación a través del conflicto entre las clases, hasta quedar enfrentadas sólo dos, la burguesía y los proletarios; sobre cómo aquélla desarrollaría las fuerzas productivas hasta un grado insospechado, pero a costa de ensanchar permanentemente la clase de los desposeídos, en la que irían cayendo todos los estamentos intermedios que habían caracterizado la edad media: y a expensas de la depauperación creciente de los obreros y de la creciente intensidad de las crisis económicas y sus secuelas de depresión; de modo que los capitalistas irían a su pesar fortaleciendo progresivamente, tanto en números como en motivación, el ejército proletario que terminaría derrotándolos.
¿Dónde? Pues allí, sin la menor hesitación habría respondido Marx, donde el desarrollo capitalista fuera máximo. Ciertamente no en Rusia, pais predominantemente rural y semifeudal (por más que su industria avanzase a grandes zancadas en las décadas anteriores a la revolución). Por lo tanto, si bien la profecía de la revolución es en sí misma una fuerza revolucionaria, difícilmente ello pudiera acontecer precisamente donde la teoría no predecía la rebelión proletaria. Sin duda Marx tuvo poco que ver con hacer de Rusia una tierra propicia para caer bajo el dominio bolchevique.
Como decíamos, los pensadores revolucionarios hacen dos cosas: por una parte proponer utopías, y por la otra socavar las bases del "antiguo régimen", así sea demostrando la inevitabilidad de su fin, como Marx, así sea embistiendo contra los valores sobre los cuales aquél reposa, como Rousseau y Voltaire un siglo antes. Todos los revolucionarios tienen necesidad de esto segundo, pero los exitosos también de lo primero. No en el sentido de una guía para la acción, porque el marxismo no la contenía. En este sentido el pensamiento de Saint-Simon y de Compte, a quienes tan poco crédito se les dio en la URSS, fue probablemente la fuerza intelectual central de la empresa que los bolcheviques emprendieron. Y en cuanto a la primera función -demoler los pilares axiológicos de la sociedad- las fuerzas que lo hicieron en Rusia fueron en gran medida autóctonas y más viejas de lo que suele creerse-