EI colapso del mundo comunista, ese portentoso acontecimiento que el derrumbe del muro de Berlín tan bien simboliza, ¿qué significado histórico posee? Eric Hobsbawn, un comunista inglés, propone una fórmula persuasiva: 1989 marca el fin de la época en que la historia universal giró en torno a la Revolución Rusa.
No se vea en esta fórmula una exageración. Hay dos episodios de fines del siglo XVIII hasta la fecha que han llegado a instalarse en el mismísimo ombligo de la historia. Me refiero a las dos grandes revoluciones que desde entonces han acaecido, la de Rusia en 1917 y la de Francia, ciento treinta años antes. El centro de la historia, una y otra en sus tiempos, antes que nada por la ilusión, la esperanza, que despertaron en superlativo grado y en vasto alcance. Wordsworth, el poeta romántico inglés, en 1790, en los albores de la Revolución, sentía que se le embargaba el alma al ver a "Francia ascendiendo hacia horas doradas/la humanidad, diríase, naciendo otra vez" y sobre el mismo tema
“Delicia fue vivir aquella aurora. Y ser joven en ella al mismo tiempo”.
A la Revolución Rusa no le tocó vivir tiempos románticos, pero sin duda suscitó ilusiones semejantes. Ya citamos a John Reed en un artículo previo, de regreso de la recién fundada URSS: "He visitado al Futuro. Y funciona". Más tarde, pero sobre una rama del mismo tronco, Che Guevara creería que el homo novus había surgido en Sierra Maestra. La idea de un nuevo amanecer, de una nueva humanidad, recurre una y otra vez.
"Todo esto ha terminado" dice Hobsbawn. En el mismo libro -Robin Blackburn (ed.) After the fall, Verso, 1991— nuestro compatriota Eduardo Galeano registra este pasaje, cuya elocuencia temo opacar por tener que retraducirlo al español:
"La estatua de Lenin retirada por una grua en Bucarest. Una multitud ansiosa haciendo cola frente a Mac Donald en Moscú. El odioso muro de Berlín a la venta en trozos como souvenirs. En Varsovia y Budapest, los ministros de Economía hablando igual que Margaret Thatcher, lo mismo que en Beijing, mientras los tanques aplastan estudiantes. El Partido Comunista Italiano, el mayor de occidente, anunciando su suicidio. Interrupción de la ayuda soviética a Etiopía y súbito descubrimiento por parte del Coronel Megistu de que el capitalismo es bueno. Los sandinistas, soportes de la mejor revolución del mundo, derrotados en elecciones, haciendo que los titulares proclamen "Cae la revolución en Nicaragua". Diríase que ya no hay lugar para las revoluciones, a no ser en los museos de arqueología, ni espacio para la izquierda, excepto para los izquierdistas arrepentidos dispuestos a sentarse a la derecha de los banqueros. Todos estamos invitados al entierro mundial del socialismo...
Claro que Galeano se apresura a proclamar que ese cadáver no está muerto. No, este no es el fin de las revoluciones, sólo de un episodio revolucionario. Todos los autores del volumen lo confirman. Aquel sueño nacido en 1789 tiene la muerte difícil. ¿Cómo vivirlo sin una esperanza clavada en algún lugar del tiempo, ahora que la puesta en la eternidad parece a tantos envuelta en densa niebla, en el mejor de los casos?
Pero si la guerra continua, ¿porqué esta batalla se ha perdido de manera tan desastrosa? Y si el socialismo vive aún, ¿en qué consiste? Es obvio que la primera tarea que los socialistas revolucionarios tienen que cumplir es una autopsia de la Unión Soviética. ¿De qué fue que murió?
Las respuestas dejan ver tras de sí una gran confusión. Murió de falta de democracia, dicen unos. Por supuesto, Stalin es el gran culpable, pero al mismo tiempo la magnitud del holocausto que suscitó está prácticamente escamoteada. Lo que es más interesante, la economía soviética se habría derrumbado por falta de mercado. Pero no por falta de propiedad privada. No se trata de reconstituir el viejo orden sino de probar con una nueva clase de mercado. Un mercado social, que surtiría los mismos efectos de la planificación. Naturalmente, sin serlo. ¿Está claro?
En próximas ocasiones volveremos sobre algunos de estos aspectos, pero permítame el lector proponer hoy las dos conclusiones generales en que los socialistas revolucionarios parecen haberse puesto de acuerdo. En primer lugar, la planificación centralizada que Lenin creyó copiar a la "economía de guerra" de los alemanes constituyó un gigantesco error que los planes quinquenales de Stalin reforzaron y que en un próximo intento habría que sustituir por otra cosa, sin que se sepa bien por qué. En segundo lugar, el capitalismo funcionó a partir de los años 50 mucho mejor de lo que los marxistas esperaban, volviendo imposible a la Unión Soviética la competencia en el papel de superpotencia. En otras palabras, la falsedad de las predicciones marxistas sobre la economía de mercado se reconoce, aunque, por supuesto, no de manera frontal.
Pero aun estos dos puntos de aparente consenso levantan más interrogantes de las que despejan. Como veremos de aquí en una semana.