En 1989 se derrumbó el muro de Berlín. Aparte de la muralla física, se precipitó al suelo un edificio ideológico. Y en su lugar, sobre el terreno cultural de nuestra civilización, ¿qué quedó? ¿Será acaso que una estructura alternativa se levantó espontáneamente en su lugar? Una estructura, tal vez, hecha de los materiales opuestos a los del muro periclitado. Diríase que este enfoque promete suministrarnos una hipótesis de trabajo para inquirir acerca de cuáles sean las convicciones de los testigos de la caída en materia económico política con que se proponen cruzar la frontera intersecular.
Comencemos, entonces, con un inventario resumido -por tratarse de cosas ya sabidas- de lo que se vino abajo. Entre los escombros encontramos indiscutiblemente los restos de dos doctrinas.
Una es el marxismo, que atribuía a la economía de mercado un papel destacado en la actualización del potencial económico de la humanidad, pero a la vez un papel transitorio, afectado el sistema, según afirmaba, de insuperable inestabilidad gestada por una dinámica histórica que, en su culminación, enfrentaba dos clases sociales: las masas proletarias crecientemente miserables y una burguesía cada vez más rica, pero al mismo tiempo cada vez menos numerosa y menos capaz de dominar las fuerzas ciegas que ella misma había desatado sobre la faz de la tierra, que se traducían consiguientemente en contracciones cíclicas de progresiva intensidad.
El testigo del derrumbe, entonces, ¿qué puede creer? Pongámosle un nombre, antes de adentrarnos en el tema -llamémosle liberal, por ser el liberalismo la ortodoxia del siglo XIX- e inquiramos en seguida qué inferencias habrá podido extraer de su catastrófica experiencia.
El liberal, ante todo, piensa que el fracaso de la planificación económica centralizada es ahora, y permanecerá por siempre, definitivo e irrefutable. Cree que el siglo XX, que arriesga pasar a la historia sólo como la centuria de las guerras más sangrientas, de los genocidios más salvajes, de los despotismos más odiosos, si por algo se salva será por haberle legado a los siglos venideros la prueba más clara que la historia conoce de que una teoría mayor, que alcanzó inusitada vigencia práctica -al llegar de la nada a principios de siglo, a tener sujeta a su imperio un tercio de la humanidad- era simplemente falsa. Las confrontaciones filosóficas pueden ser eternas y sólo proteicamente van adoptando a través de las edades nuevas variantes. Pero el colectivismo era una doctrina sobre lo que había que hacer con la economía y entonces, como si la tierra fuera un enorme laboratorio, se la puso en práctica a la vista de todos. Y al cabo de padecimientos infinitos de innumerables seres humanos, pero sólo de muy poco tiempo, la doctrina -por sí misma, sin necesidad de la guerra tan temida ni de calamidad ni fuerza externa alguna - se desplomó. Como el muro cuyo colapso se convirtió en un símbolo indeleble.
Por tanto, el liberal cree que la economía de mercado no es una fase en un proceso evolutivo que va pasando de un sistema económico a otro, sino que es el sistema que vivirá tanto como la civilización de que forma parte. Y que, si por desventura se intentara desplazarlo de la faz del planeta, como tal vez haya estado en un tris de suceder en este siglo que ahora se acaba, la civilización también se iría en pos de él. Porque como dijo Ortega y Gasset, el colectivismo o, en sus propias palabras, la "termitera humana" -ya que los recursos escasos, o los asigna el mercado o los asigna un mandamás que desempeña el papel de los cromosomas en las termites- es inviable, porque ha sido el individualismo el que permitió que la población del mundo se ensanchara prodigiosamente, y sin él "haría su aparición en el mundo el famelismo gigantesco del Bajo Imperio, y la termitera sucumbiría como al soplo de un dios torvo y vengativo".
Y como no sólo cayó la muralla colectivista, sino también la pared keynesiana y el murete de Prebisch, el liberal siente reverdecer su fe en la capacidad de la economía de mercado para reaccionar espontáneamente ante los choques del azar, que la impulsan hacia arriba y abajo, como si reposase sobre un lecho fluido, cual podría ser el mar, y no sobre una pampa de granito. Porque, sencillamente, así es ella, que no ha salido de la mesa de dibujo de ningún ingeniero ni del magín de ningún intelectual, sino que es el fruto de la espontaneidad histórica occidental. Con sus imperfecciones, por cierto, pero dotada de un potencial de vigor y creatividad que le vienen de aprovechar las contribuciones anónimas de innumerables individuos, cada uno limitado a la percepción de su entorno dentro de un orden vastísimo, pero al mismo tiempo en secreta comunicación con millones de sus congéneres, de cuya identidad ni siquiera sospecha.
E igualmente confiado en la redondez del sistema, el liberal cree en la apertura de las economías nacionales, y en el comercio como promotor de la prosperidad de todos los que en él participan y adalid de la paz. ¿Sera entonces que todos los hombres y mujeres que vieron caer todas esas estructuras levantadas sólo ayer extraerán de su experiencia las mismas conclusiones de nuestro liberal? Es difícil, -¿no es cierto?- aceptar que así pueda ser. Como inferencias del fracaso de sus opuestos las suyas parecen, en efecto, excesivas. ¿Qué tal entonces si miramos las razones positivas que él pueda invocar?