La característica fundamental del liberalismo, según ya sabemos, consiste en creer que la economia es un orden espontáneo. La naturaleza, por supuesto, también es un orden espontáneo. La manzana, cuando se suelta de la rama, cae predeciblemente hacia la tierra, en lugar de salir disparada en cualquier otra dirección. Dicen que una de ellas, al encontrar en su tránsito descendente la cabeza de sir Isaac Newton, puso a éste en la pista de explicar cómo el caer del fruto y el dar vueltas los planetas al sol según órbitas elípticas obedecer ambos a la ley de la gravitación universal. Que no la legisló ningún parlamento, por lo cual puede afirmarse que advino "sin cuidado del hombre", como dice el Diccionario de la Real Academia al definir al adjetivo "espontáneo".
Lo característico de los liberales es creer que en el reino de lo social hay órdenes o estructuras que tampoco conocen su origen en el cuidado, ni el designio, humano, por más que -al ser sociales- tengan por fuerza que ver con actos de los hombres y mujeres. Lo que es igual, aquellos creen que los seres humanos cooperan sin saberlo para construir estructuras de coherencia, que nacen por tanto de su obrar, aunque no de su designio. Y creen además que la economía es una de estas estructuras: pero no -sobre todo si han leído con atención a Hayek- la única que hay.
Hayek, en efecto, dedicó décadas de su vida a estudiar la espontánea condición de otros órdenes, como lo son el lenguaje, el derecho y la moral, para ayudar a sus contemporáneos a superar la confusión que la humanidad padece desde que los griegos se pusieron a pensar sistemáticamente sobre la realidad en que de un modo u otro vinimos a estar instalados. A saber, el error de entender que el orden, o cosmos, posee apenas dos modalidades: la de la naturaleza y la del dictado del soberano.
Pero dentro de esa dicotomía, ¿dónde me ubica usted el lenguaje? Salvo los artefactos lingüísticos racionalistas, como el esperanto, los idiomas no han sido inventados por nadie. Y una comunidad humana sin lenguaje tampoco nadie la ha encontrado nunca. Ni siquiera las mitologías narran cómo el hombre aprendió a hablar. En la griega, por ejemplo, es Prometeo quien se apiada de la condición miserable del hombre y le hace don del fuego, a la vez que le enseña las artes. Pero no a hablar. Aquel salvaje subhumano que despertó la conmiseración del titán ya tenía lenguaje.
El lenguaje, además, vive. Por tanto cambia. ¿Quién ordena su evolución? En las tinieblas de los siglos IX y X de la matriz del latín vulgar nacen las lenguas romances: el castellano, el provenzal, el toscano, el catalán, el portugués, el rumano…. De esa notable diversidad, ¿quiénes fueron los creadores? Las gentes que hablaban estas lenguas, sin duda, pero ¿cómo? Nadie nunca se propuso, ni el individuo ni la comunidad, plasmar una nueva lengua a la pregunta de ¿cómo? debe responderse pues espontáneamente. Buscando hombres y mujeres comunicarse unos a otros sentimientos y noticias, ideas y recuerdos. Ciertamente no con el fin de crear un idioma. Este nació de la acción humana, pero del designio de nadie.
Eventualmente, la lengua es acompañada de una normativa conciente. Puede hablarse, y escribirse, bien y mal. El acierto o el error en la materia, ¿quién lo legisla? Una vez más un agente colectivo y anónimo. Y espontáneo. Muchos hispanoparlantes se muestran propensos a reconocer un poder legislativo a la Real Academia de la Lengua, mientras que a los anglófonos, que no poseen tal institución, les resulta más fácil comprender que la normativa de los idiomas es también una creación espontánea que los especialistas, los filólogos, sólo pueden describir. La misión señera de recordarnos a los de habla hispánica que la potestad de legislar sobre la corrección verbal es una quimera que la cumplía Unamuno cuando, al objetarle uno tras otro que tal o cual voz que había incluido en un libro no estaba en el Diccionario de la Real Academia, respondía invariablemente: "Ya la pondrán”.
Y si de incomprensión puede hablarse acerca de la normativa lingüística, ¿qué diremos a propósito de la jurídica? Pues no sería exagerado aseverar que la confusión al respecto asume universalmente proporciones de catástrofe cultural. El derecho es por naturaleza un sistema de normas sobre la conducta justa y sobre aplicables a los transgresores que las sociedades se procuran a sí mismas espontáneamente. Desde hace millones de años, hay que suponerlo, ya que nunca han encontrado los antropólogos una sociedad tan primitiva que no tuviera los rudimentos de un sistema jurídico. Pues desde ayer -no más, porque la cosa empieza con la Revolución Francesa- tenemos en el mundo asambleas políticas encargadas de elaborar y modificar las leyes, tarea para la que -en principio- no podrían estar peor dotadas. Y -lo que es aún más grave- a quienes les decimos que el derecho brota de su voluntad, no de su conocimiento de lo que el derecho deba ser.
Pero la crisis del derecho -que de tal cabe sin duda hablar - no es nuestro tema de hoy, aunque bien podría serlo de una ocasión próxima. El tema de hoy es el derecho como un orden espontáneo, respecto del cual la tarea de declararlo es menester de juristas -los jurisconsultos del derecho romano y los jueces del common maw inglés- a partir de una investigación de los usos y costumbres de las gentes, de análoga manera a como los lingüistas nos dicen cómo han de conjugarse los verbos y declinarse los pronombres.
Y también lo es la moral, y el sistema de convencionalismos sociales. Y el sistema de mercados, que llamamos la economía. De modo que se trata de fragmentos de la realidad, que están ahí fuera, no dentro de nuestras cabezas, y respecto de los cuales el imperativo es conocerlos, no discurrir cómo nos gustaría que fuesen. Que sería ocupación tan vana como ponernos a pensar en las ventajas de que en el mundo los hombres y los números fuesen conjuntamente sustituidos por centauros.