Liberalismo y Moral

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¿ES POSIBLE CUESTIONAR DESDE EL PUNTO DE VISTA MORAL A UNA DOCTRINA ECONÓMICA QUE NO PRETENDE SER UNA VISIÓN GLOBAL DEL HOMBRE Y EL UNIVERSO?

El liberalismo ha sido acusado de ser un economicismo materialista. Básicamente esto quiere decir dos cosas. En primer término, que los liberales no tienen ojos más que para lo material. En segundo lugar, que se identifican con un sistema económico en el cual el móvil normal del actuar humano es el propio interés.

Como hay ambigüedades semánticas a propósito del liberalismo, desde diversas perspectivas, refirámonos ahora, como destinatario de esas imputaciones, a lo que llamaremos el laissez-faire, la doctrina que dice que las funciones del gobierno deben reducirse un conjunto compacto de funciones que no puede cumplir nadie más, y sin cuyo cumplimiento el sector privado no puede funcionar eficientemente. A partir de allí, dice el laissez-faire, debe dejarse a los agentes privados que persigan sus propios intereses, ya que ello redundará en provecho de la comunidad en su conjunto.

Es preciso consignar que las acusaciones -o, digamos mejor. en homenaje a la objetividad, las atribuciones de cualidades- son correctas. Entendidas, como hemos convenido, en relación a la doctrina, y no a sus sostenedores, lo son. La distinción vale por una razón que enseguida podrá apreciarse.

Ante todo el laissez-faire es, efectivamente, una doctrina económica; un economicismo, si el neologismo ha de aceptarse. Entonces no puede sorprender que sea materialista, porque la economía versa precisamente sobre la acción de los individuos para satisfacer sus necesidades materiales. La dificultad surgiría si, en lugar de un economicismo, el laissez-faire pretendiera erigirse en una filosofía global sobre el Hombre y el universo, o tal vez, como sin duda fue el caso del marxismo, en una religión. Entonces si, tal vez, veríamos una moral centrada en el propio interés, y negadora de los valores asociados a la abnegación y a la caridad.

Que ello representa un peligro no debería negarse, porque es conocida la propensión del Hombre a convertir aspectos parciales de la realidad en el centro de significación del universo. Como decía Chesterton de las herejías, su característica esencial no consiste en ser mentiras, sino verdades enloquecidas, que desmelenadas huyen del contexto del cual extraen su verdadera significación. En tal sentido tal vez quepa interpretar la obra de Ayn Rand, excelente novelista pero filósofa, en mi opinión, desorientada, como ejemplo de exaltación de virtudes positivas, sólo que secundarias, hacia un indebido lugar central de una concepción del mundo y de la vida. En sus héroes novelescos se encaman genuinamente las cualidades paradigmáticas del hombre de empresa: su creatividad, su voluntad, su unidad de propósito en la vida, en dramático contraste con los empresarios mediocres, detrás de cuyas protestas de desinterés se ocultan la debilidad, la frivolidad, la hipocresía. Su novelística pinta creíblemente un mundo en que combaten los hombres auténticos con los falsarios, en una lucha de cuyo desenlace depende la suerte de la civilización. Pero su filosofía empobrece notablemente ese mundo, al negar toda trascendencia y excluir las virtudes que cobran sentido por referencia a aquella.

El liberalismo ¿es un economicismo? ¿Y qué? Yo digo: ¡en buena hora! Es entonces lo que debe ser. El liberal nos habla de su convicción de que hay dentro de la realidad una estructura dentro de la cual hombres y mujeres, persiguiendo cada uno sus objetivos personales, colaboran espontáneamente, de modo que su acción, colectiva pero no coordinada, constituye un orden, y no el caos que el observador desavisado podría suponer. Y nos dice a la vez que esa estructura es de complejidad tal que en sus detalles escapa a toda comprensión humana, y que la pretensión de sustituirla o enmendarla pone en peligro la continuación en el progreso del nivel de vida de las multitudes, lograda gracias a ella, más allá de toda expectativa, y pone en peligro la supervivencia de la civilización. Y. ¿qué le responderíamos? ¿Que insistimos en cambiar ese orden surgido de la misteriosa espontaneidad histórica por un artefacto de nuestra invención, simplemente porque nos despierta escozor moral?

Es obvio que la única ruta que permitiría contradecirle de manera consistente pasa por la negación de la realidad del orden espontáneo en que aquél se basa. Es lo que Keynes hizo. Keynes admitía que el capitalismo -un nombre posible para aquella estructura- era una eficiente maquinaria de producir, pero encontraba que los móviles que la hacen trabajar son moralmente objetables. En 1924, doce años antes de ver la luz su obra principal, escribía: "Nuestro problema es encontrar una organización social tan eficiente como sea posible, sin ofender nuestras convicciones sobre la forma satisfactoria de vida".

Ya tuvimos, en esta serie de artículos, ocasión de examinar, por más que someramente, la tesis keynesiana. Ella consiste en afirmar que el orden económico espontáneo es inestable, y que sólo atribuyendo al gobierno un papel mucho más vasto del que le asignaba el laissez-faire podría suplirse esa falla. Es obvio que la base de su propuesta era económica, no ética, por más que se hubiese lanzado en su búsqueda por razones morales. Al mismo tiempo, el fracaso en el terreno económico de la propuesta keynesiana no hizo que el impulso moral situado en su origen se disolviese. Robert Skindelsky, el último y más autorizado biógrafo de Keynes, afirma: "El capitalismo puede haber vencido al socialismo, pero el debate entre el laissez-faire y la filosofía del camino intermedio de Keynes sigue encendidamente vivo". Lo que podría interpretarse así: el socialismo real era uno solo, pero los caminos intermedios son infinitos: la controversia cesará cuando se hayan probado todos.

¿Le será posible al siglo XXI encontrar la manera de poner fin a este ciclo de prueba y error tan costoso? He ahí un tema digno de consideración.

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