La civilización clásica o grecorromana alcanzó niveles insuperables en cuanto a la literatura y a las bellas artes, a la historia y a la filosofía, pero nunca logró mejorar el nivel de vida de las masas más allá del nivel de mera subsistencia. En ello contrasta notablemente con la civilización occidental. Única entre todas las civilizaciones, que en conjunto llenan un espacio de seis milenios, la nuestra - la occidental - logró domeñar las fuentes de energía que yacían inutilizadas en el seno de la naturaleza, a la espera de que la razón y el ingenio de los hombres las pusieran al servicio de la especie. La máquina de vapor primero, después el motor a explosión, luego la electricidad, más tarde la fusión y la fisión nucleares, potenciaron de manera incalculable la productividad de los brazos humanos, y posibilitaron el advenimiento de la prosperidad que eventualmente llegaría para un sector de la humanidad de extensión nunca antes siquiera imaginada.
Cuando el trabajador consume recursos para mantenerse vivo análogos a los que produce, es en vano que los filósofos exalten su dignidad como la singular creatura del universo capaz de determinarse libremente, y reclamen para él en base a ella un nivel de vida decoroso. ¿De dónde habrían de salir los recursos?
Pero la tecnología no es más que una de las dimensiones en que el dinamismo de occidente se destaca contra el trasfondo de estancamiento que suministra el contraste con las otras civilizaciones. Otra dimensión importante es la del comercio, primera manifestación en la historia de la humanidad del desarrollo de las instituciones del mercado hasta un nivel semejante al actual, incluso ya desde los siglos XII y XIII provista en buena medida de los instrumentos jurídicos que poseemos en la actualidad. El desarrollo del derecho mercantil en plena Edad Media da un mentís rotundo a la tesis que identifica el nacimiento del capitalismo con la revolución industrial de fines del siglo XVIII.
Así escribe Henri Pirenne: "Uno de los fenómenos más asombrosos de los siglos XIV y XV es el rápido desenvolvimiento de grandes sociedades comerciales provistas de "filiales', corresponsales y "factores' en las regiones más diversas. El ejemplo proporcionado un siglo antes por las poderosas compañías italianas se propagó al Norte de los Alpes. Ellas enseñaron el manejo de capitales, la teneduría de libros y los procedimientos del crédito." Y más adelante: "El impulso capitalista de aquel fin de la Edad Media se revela por indicios que demuestran su vigor. El tipo de interés, que se había mantenido en general aproximadamente al 12 o 14% baja, a partir del siglo XV, del 10 al 5%. El funcionamiento del crédito se perfecciona por novedades tales como la aceptación de las letras y el protesto. En Génova, la Casa di San Giorgio, fundada en 1407, parece haber sido el primer banco de los tiempos modernos...".
Obsérvese la cronología de estos acontecimientos. Ellos anteceden al surgimiento de los Estados nacionales. En la medida que hay Estado en la época, él se halla volcado hacia el sector feudal de la sociedad. El desarrollo jurídico mercantil es por entero un fenómeno espontáneo, que transcurre íntegramente a la vera del Estado. Al mismo tiempo, el advenimiento del capitalismo llega también antes de la Reforma, suscitando dificultades insalvables para la tesis de Max Weber, que atribuye a la ética protestante un papel decisivo. Y no es que la ética sea ajena a la concreción del nuevo orden económico. El mercado, destaca Hayek, sólo crece sobre un lecho de reglas, no sólo jurídicas, sino también morales. Y por tanto, Hayek -agnóstico él mismo- también sobre basamentos religiosos. Las virtudes sobre las cuales la economía de mercado se edifica no son las teologales, pero sin duda representan un aporte decisivo de la herencia ético religiosa de nuestra civilización. Hayek se refiere a "la laboriosidad, la responsabilidad, la disposición a asumir riesgos, el espíritu de ahorro, la honestidad, la disposición a honrar la palabra empeñada, y todas las que apuntalan la familia."
Por tanto, desde el campo liberal, lejos de afirmarse la autosuficiencia de la economía de mercado, se destaca, por boca nada menos que de su máximo pensador, su dependencia de la savia que extrae del tronco ético religioso de occidente, cuyas raíces históricas se hunden en el suelo de un tiempo en que la Iglesia católica ocupaba en la sociedad un lugar inequívocamente central.
Obsérvese la paradoja. Desde el magisterio de la Iglesia el liberalismo es visto como una postura materialista, mientras desde la cátedra liberal el acento se pone sobre el desvalimiento de la pura estructura del mercado si los canales por donde fluye su imprescindible alimento espiritual llegan a cegarse por completo.
Por completo, digo, porque el mensaje de Hayek incluye un angustiado llamado de atención sobre el peligro que el progresivo decaimiento de la moral en nuestro tiempo está significando, no sólo para la preservación del orden económico, sino también el estado de derecho. la civilización misma. "Virtualmente todos los beneficios de la civilización", escribe aquél, "reposan... sobre la continuidad de nuestra disposición a ponerle el hombro al peso de la tradición." Diríase que es tarea esencial evitar que el sol del siglo XX termine por ponerse sin que algunas seculares incomprensiones se hayan disipado.