Si, para culminar esta serie de artículos, tuviera que singularizar los principios que se disputarán el terreno intelectual, y a través de él el político, en el comienzo del siglo XXI, no elegiría la confrontación izquierda-derecha, porque hoy es muy difícil saber qué es lo que los izquierdistas piensan, mientras que es muy fácil ver que el saber convencional ubica del lado derecho ideologías más distantes entre sí, como el liberalismo y el fascismo, que respecto de cualquiera de las que puedan concebirse dentro de la izquierda: ni tampoco la oposición liberalismo-dirigismo, porque ella se plantea en un plano relativamente superficial. Optaría, en cambio, por el enfrentamiento a que alude el título de este sábado.
Este también implica inconvenientes. En particular, los suscita de carácter semántico, porque es fácil caer en el error de que racionalismo significa algo parecido a racional, y que su opuesto es lo irracional, o el irracionalismo. Esta dificultad llevó a Hayek a precisar que si por racionalismo debía entenderse la postura pende Pro buen uso de la razón, él no le cedía a nadie la precedencia en cuanto a afiliarse a ella. Y por lo mismo con frecuencia se precavía contra el peligro de confusión adosándole a racionalismo el adjetivo constructivista, con fines puramente aclaratorios.
Constructivista, porque la actitud a que se quiere aludir tiene que ver con valerse de las artes e instrumentos del arquitecto para levantar paradigmas sociales supuestamente dignos y susceptibles, de ser llevados a la práctica. Descartes, padre del racionalismo moderno, halla que una obra está mejor hecha cuando sale de las manos de un solo artesano, y que el éxito de Esparta se debió a que su constitución brotó integra de la cabeza de Licurgo. Este es el verdadero ser de las cosas, deformado en las que encontramos en nuestro diario trajinar por los garabatos que manos múltiples han trazado donde una sola habría dibujado rectamente.
Pues bien, no es así. El verdadero ser de las cosas sociales es haber surgido de la espontaneidad histórica, y evolucionar como consecuencia del obrar de muchos, pero del designio de nadie. Y si es que ha de influirse sobre ellas, la actitud de quien se lance a hacerlo, para que la enmienda no salga peor que el soneto, tendrá que ser de estudio, de moderación, de respeto. Lo que no se entiende, no se cansaba de advertir Hayek, no se puede planificar.
Pero el cartesianismo quedó dueño del terreno cultural de Occidente. Con el tiempo, la creencia en una realidad social plástica a la voluntad de los agentes, desembocaría en la era de las revoluciones. En 1862, en el Emile, Rousseau la veía venir con gran claridad. "Nos aproximamos", escribía, "a una situación de crisis y al siglo de las revoluciones." Y así vino la francesa, que fracasó, y la rusa, que fracasó mucho más claramente aun. Tan claramente, que tal vez haya dejado como secuela la idea de que a la economía hay cosas que no pueden hacérsele; pero esta lección mal aprendida, ¿de qué sirve? Un ensayo falló: la próxima vez tal vez tengamos mejor suerte.
El hombre actual sigue siendo cartesiano. "Al hombre cartesiano" escribía Ortega y Gasset, "le será antipático el pasado, porque en él no se hicieron las cosas (a la manera geométrica). Así las instituciones políticas tradicionales le parecerán torpes e injustas. Frente a ellas cree haber descubierto un orden social definitivo, obtenido deductivamente por medio de la razón pura." Y en eso estamos.
En 1938, cuando el siglo era aún joven, decía Ortega que este era el tema de nuestro tiempo: "..someter la razón a la vitalidad, supeditarla a lo espontáneo. Y yo hallo que ahora que asistimos a su ocaso, y cuando presenciemos el alba de la centuria próxima, el tema de nuestro tiempo va a seguir siendo el mismo".
Y ello tal vez con una nota de urgencia mayor que la que encontramos en el pensador español. La piqueta cartesiana ha sido aplicada las virtudes tradicionales. Hayek nos trasmite óptimamente la óptica vital con que debemos observar los tiempos que se aproximan. La civilización es un orden extenso, articulado en una serie de sub órdenes - la economía, el derecho, la moral- mutuamente interrelacionados. No es sólo cuestión de lograr que la gente aprenda economía y llegue a calibrar la insensatez de intentar remplazar su espontaneidad por un sistema planificado. Se trata de que el orden económico se apoya sobre el moral, a la vez que es tributario insalvablemente del jurídico, y todos estos órdenes se hallan en crisis.
Hayek nos hace ver hasta qué punto andamos sobre una delgada capa de hielo. "Conservamos la libertad que aun disfrutamos". escribió en su último libro. "porque algunos prejuicios tradicionales pero en rápida desaparición han impedido que el proceso por el cual la lógica inherente a los cambios que ya hemos hecho tiende a afirmarse en áreas cada vez más vastas."
Elijo esta cita del Maestro para poner punto final a esta ya larga serie de artículos. Pero no, entiéndase bien, a mi compromiso con el tema de nuestro tiempo, que ese no conocerá fin en tanto pueda sostener la pluma en mi mano.