Las confesiones del general Balza en la Argentina abrieron un nuevo capítulo sobre la violencia en política que está resultando sumamente nutrido. Los temas son quién está arrepentido, y sobre qué, y quién no, y quién debería de estarlo, o lo contrario; quien renuncia a la violencia y quién no y en qué casos. La reunión del Foro de San Pablo en Montevideo ha contribuido a engrosar ese capítulo con un debate dentro del Frente Amplio y una declaración que por fin reunió un improbable consenso dentro de la coalición de izquierdas.
No es igualmente fácil o difícil separar la paja del trigo en las distintas declaraciones. Por cierto, la declaración es que los Tupamaros censuraron a Firmenich por su mea culpa, pese a la tibieza que la caracterizo -el asesinato de Aramburu fue la ejecución de una sentencia dictada en nombre del pueblo y ojalá que no tenga que haber otras- e hicieron gala de su recalcitrancia, rebosa de sinceridad. Pero entonces es obvio que su adhesión a la declaración del FA sobre el Foro de San Pablo fue sólo retorica; puesto que los Tupamaros comenzaron su carrera violentista cuando la Unión Popular experimentó un revolcón electoral en 1966. No, entonces, porque un dictador les cerrara la vía constitucional condición de la declaración del FA para que el recurso a la vía de hecho sea admisible- sino porque el cuerpo electoral les negaba el avance. La alternativa era arrepentirse de esto, 0 no firmar la declaración, o afiliarse al eufemismo retórico, que es lo que de hecho hicieron.
En cuanto a las confesiones de los militares argentinos, pienso lo que Hamlet de las protestas de amor y lealtad de la reina, que suenan como a demasiado. No por lo que dijeron - vaya si habrá habido atrocidades de que arrepentirse- sino por lo que callaron. Pienso que una declaración menos retórica y más sincera habría acordado un lugar central a esta proposición: la violencia engendra la violencia Para que esa relación, siempre potencialmente cierta, se vuelva operativa basta con que el agresor no sea tan débil como para que el desprecio sea una respuesta posible para el agredido. De lo contrario, el miedo entra a operar. Y el miedo con las garantías constitucionales puede hacer lo mismo que un río salido de madre con los diques que se le pongan por delante. Y hay otra cosa que los militares debieron pensar y no dijeron presuntamente sólo por razones retóricas: derribados los diques, todo conjunto humano de cierto tamaño revelará componentes de sadismo que nadie habría sospechado. De la misma clase, por supuesto, que el que, con alguna mezcla de idealismo difícil de dosificar, potencia la agresividad del enemigo.
Frente a estos hechos, los "nunca más!" y los "se acabó la obediencia debida" son mera hojarasca. La regla de oro en todo esto es tratar de evitar que la violencia empiece. En cuanto a la renuncia a la violencia en la declaración del FA, ella implicaría, si hubiera de ser tomada a la letra, vale decir, en serio, una abjuración del marxismo de parte de todos los grupos que se declaran marxistas o marxista-leninistas dentro de la coalición, y de un número probablemente grande de personas integrantes de grupos no definidos en tal respecto. Los casos del Partido Socialista y de su integrante Tabaré Vázquez, así como del encima de todo estalinista PCU, son conspicuos. ¿Será que el pensamiento revisionista de Eduard Bernstein los habrá conquistado súbitamente a todos? ¿O que la separación de la paja dejaría en el documento un remanente minúsculo de trigo?
El tema es de gran importancia porque la vía democrática impone restricciones relativas a la toma del poder aun para un partido o coalición que gane las elecciones. Las perspectivas de que el FA conquiste la Presidencia de la República no son desdeñables; la de que logre una mayoría en el Parlamento es remota. En tales condiciones el camino indicado por el marxismo sería sin lugar a dudas el golpe de Estado. Si la cuota de sinceridad en la declaración del FA debiera considerarse importante, el documento podría ser considerado tranquilizador por quienes estamos fuera de la coalición. Si, como yo confieso sospechar, la retórica es la madre y el padre del consenso, él influirá poco sobre nuestras apreciaciones políticas.
Por supuesto, el documento no dice - y sería mucho pedir que dijera- algo que sin embargo la historia, en mi opinión, proclama a gritos. Y es que la violencia revolucionaria, más allá de hallarse o no legitimada por la indisponibilidad de una ruta constitucional, democrática, pacífica, o lo que fuera, ha fracasado siempre. Y su fracaso, en todos los casos -en Francia en 1793. en Rusia, en China, en Indochina, en Cuba, para nombrar los casos sobresalientes-, no se ha limitado a fallar en el logro de sus objetivos, sino que los detentadores del poder han tenido que valerse del terror para mantenerlo en sus manos, han tenido que reprimir la libertad de las poblaciones de manera salvaje, con frecuencia han tenido que rodear sus territorios de murallas, en las cuales los guardias dirigían sus ametralladoras hacia adentro, y a pesar de todo, en un área sin duda mayoritaria del total, han terminado cayendo ante el rechazo abrumador de las masas que supuestamente debían haber hecho felices.
Ese es en realidad otro tema, pero un recuerdito para él no está de más.