Bajo la conducción de José Estenssoro, que acaba de morir en un accidente de aviación en las proximidades de Quito, el personal de YPF, que sumaba 52.000 personas cuando era la ANCAP argentina, se redujo, después de privatizada, a 5.760. Hay dos maneras de ver este hecho.
Yo pertenezco a los que ven en Estenssoro a un salvador, y su muerte me duele doblemente, porque se me hace que, después de derramar el bien en la república hermana, él, que nació en Bolivia y mostró su vocación regional hasta yendo a morir en Ecuador, todavía podía haberse llegado al Uruguay y damos una mano a nosotros en eso que él hacía tan bien, y nosotros tanto estamos precisando. ¡Imagínense ustedes! Con once hombres producir lo que antes insumía cien. Liberar el 89% de la fuerza laboral atrapada en el sector público. ¡Qué fabulosa multiplicación de panes y peces!
Claro, hay otro punto de vista posible. Para ser objetivos, procuremos situarnos en él. Pensemos:
¿Qué habrá sido de los 46.240 hombres y mujeres que quedaron cesantes? Por supuesto, algunos se habrán jubilado. Los demás habrán recibido compensaciones y con ellas podrán haber acometido diversos emprendimientos. Pero el dinero, ¿cuánto les habrá durado? Con tan mala escuela para los negocios como su pasado laboral les había supuesto. Los rigores del mercado, donde los competidores están siempre dispuestos a clavarte el puñal, y los banqueros no saben qué es la compasión, después del sosiego y la seguridad de sus empleos, ¿cómo habrán podido soportarlos?
Hay además una versión vernácula de esta postura. En la Argentina, tal vez se pueda: pero en el Uru guay, chico como es, avaro en oportunidades laborales como siempre ha sido, ¿qué posibilidades de empleo pueden existir para los funcionarios desplazados por privatizaciones?
Uno oye esta versión vernácula a cada paso. Sin embargo su error, y con mayor razón el de la versión general, que no postula la incapacidad congénita del sector privado para absorber mano de obra liberada del sector público, es evidente. Porque a los empleados públicos que pudieran cesarse, que por hipótesis no están produciendo nada, alguien los está manteniendo. Ellos consumen recursos escasos para su alimento, alojamiento, vestido, para la atención de su salud y educación de sus hijos. ¿Y quién sino la misma comunidad que se dice que no les daría trabajo es la que está suministrando, vía impuestos o inflación, los recursos de que hablamos? Es como si se nos señalara a un hombre agobiado por llevar sobre sus hombros una bolsa de 50 quilos, y se nos dijera: *¡Qué insensibilidad! ¡A ese pobre sujeto le quieren hacer cargar una mochila que pesa 20 quilos!" Y, por descontado, es fácil la respuesta: "Señores, no es así: antes de que se ponga la mochila le vamos a liberar de la bolsa."
La comunidad que tendrá que dar empleo a los 89 de cada 100 que están de más (digo, para usar la proporción de YPF; aquí en el Uruguay, en una de esas, la proporción no es la misma) será más rica precisamente porque no tendrá que mantener a esa enorme proporción de trabajadores improductivos. ¿Cómo es entonces que después, contra una contraprestación real, cuando sean trabajadores productivos, la sociedad no va a poder ofrecerles un nivel de vida igual o mejor?
Aparte de ello, el segundo punto de vista, que estimo erróneo, es sin la menor duda sobremanera desconsolador. Un país debería ver en sus hijos su mayor riqueza. ¿Habrá cosa más triste que percibirlos como pensionistas graciables? ¿O más desmoralizador para un hombre o una mujer normales, física y psíquicamente sanos, que saber que cada día van a lo que llaman su trabajo solo para llenar las apariencias?
No, sin duda no es el tamaño lo que divide en este aspecto de manera tan tajante a la Argentina del Uruguay. Es que nosotros hemos sido un país socialista durante tantos y tantos años. Desde antes que la URSS, en realidad. De un socialismo algo especial, pero de todos modos. Un socialismo que presupone que el Estado todo lo puede. Mantener a todos los hombres y mujeres que no encontrasen fácil ubicación en el mercado de trabajo, pero una infinidad de otras cosas también. El ejemplo que voy a proponerles puede parecer trivial, pero dudo que otro más elocuente pueda hallarse. Se trata de un decreto del gobierno, de 1949, que fija el precio de la uva. "El precio a fijar", se lee en el documento, "no puede ser inferior a cierto nivel mínimo resultante de la conveniencia de proporcionar al viticultor un margen de beneficio razonable concorde con sus legítimas aspiraciones de mejoramiento en sus condiciones de convivencia que sirva de estímulo a su esfuerzo."
Socialismo no es un sistema en que todos los bienes de producción son del Estado, sino uno en que la distribución del ingreso no tiene nada que ver con el mercado. Si el Estado es capaz de fijar un precio de la uva que haga lo que aquel decreto decía, puede por lo mismo fijar todos los demás y construir el País de las Maravillas. Todo ciudadano con sus aspiraciones satisfechas, y con empleo seguro, produzca algo o no. Socialismo, aunque no fuera de Marx sino de Alicia, la que se fue de este mundo de realidades duras a través del espejo.