Siguiendo el liderazgo del presidente Fernando Henrique Cardoso, el Congreso brasileño está en vías de suprimir el monopolio de la extracción y venta de hidrocarburos que en 1953 el mismo órgano legislativo le confirió a Petrobras, ante la iniciativa del presidente Getúlio Vargas. ¿Quién estaba en lo cierto? ¿El Congreso de entonces y Getúlio, o el de ahora y Fernando Henrique? Como las decisiones se oponen mutuamente de manera diametral, la pregunta parece encerrar una alternativa de hierro: sin embargo, para algunos no es así.
Estos, en efecto, sostienen que las decisiones no pueden juzgarse con prescindencia de las condiciones objetivas en que cada una fue adoptada. Aun concediendo que Cardoso esté ahora en lo cierto, aducen, ello no implica que Vargas, actuando en medio de circunstancias diferentes, haya estado en el error. Yo llamaría a esta actitud harto frecuente por lo demás, relativismo historicista.
Relativismo, por razones obvias: porque el juicio que cada decisión merece depende de las circunstancias en que fue resuelta, y carece de valor absoluto, sin relación a ellas. El problema con esta enunciación está en su generalidad; porque es indudable que algunas decisiones dependen de las circunstancias que las rodean. A nadie se le ocurriría juzgar la decisión de Harry Truman de arrojar bombas atómicas sobre ciudades japonesas sin tener en cuenta el costo en vidas humanas que los EEUU habrian tenido que enfrentar para quebrar la resistencia japonesa por medios convencionales. Pero la tesis implica que no hay decisiones acerca de las cuales quepa formular una valoración por sí mismas y ésta es una proposición mucho más fuerte y mucho más problemática.
El relativismo es, en segundo lugar, historicista, porque supone que las circunstancias históricas no sólo condicionan el juicio sobre la decisión, sino que además la determinan. Así, a propósito de Petrobras, se supone que Getulio consiguió imponer el monopolio estatal del petróleo, porque fuerzas irresistibles actuaron de su lado. Sólo que las fuerzas históricas con el tiempo invirtieron su dirección y por ello Fernando Henrique pudo revertir lo que había hecho Getulio, y en cierto modo tuvo que hacerlo.
Tal vez lo que quiero decir se aclare por referencia a una teoría historicista general. La de Marx es un caso a propósito. Para aquel autor la historia asumió el carácter dinámico que le conocemos con el surgimiento de la propiedad privada. De ahí vino la división de la sociedad en clases, las cuales, en su lucha perenne, van cambiando la faz del mundo. Hasta que, suprimida la propiedad individual, se instaure una nueva sociedad sin clases, que será definitiva, libre e igualitaria.
En ese trayecto cada etapa se vuelve necesaria. El descubrimiento de la máquina a vapor era incompatible con las relaciones feudales de propiedad, "Frenaban la producción en lugar de impulsarla, escriben Marx y Engels en su famoso Manifiesto; "se transformaron en otras tantas trabas; era preciso romper esas trabas, y las rompieron."
¿Quiénes lo hicieron? Los gobiemos burgueses, por supuesto, que por necesidad son el comité administrador de los intereses de su clase. "La humanidad" sostiene Marx en otra obra, "sólo se propone los objetivos que logra alcanzar." Observen que esto excluye el error desde el gobierno. Y agrega: "Bien miradas las cosas, vernos siempre que estos objetivos sólo brotan cuando ya se dan, o, por lo menos, se están gestando, las condiciones materiales para su producción."
Ahora sabemos con certeza que todo eso eran pamplinas. Porque en la URSS, bajo la advocación de Marx, eliminaron la propiedad privada y no consiguieron la igualdad, aun menos la libertad, y en lugar de la eficiencia suprema que vendría al eliminarse las contradicciones internas del capitalismo, sólo obtuvieron un caos económico que se desplomo por si solo con gran estruendo.
Los gobiernos se equivocan, mucho y con frecuencia. Esa es la verdad, y nuestra posibilidad de progresar radica en extraer las lecciones de esos errores. Y el historicismo, que tenemos incrustado en nuestra cultura merced al éxito del marxismo en nuestro sistema educativo -de modo que son historicistas todos los que son marxistas y muchos que no saben que lo son- está ahí sólo para confundimos las ideas.
Cardoso, por tanto, está corrigiendo el enorme error de Vargas, quien debemos reconocer que infirió un gran perjuicio a la nación brasileña. Pese a llevar su nombre una de las principales avenidas de Rio de Janeiro. No es el único caso.
Todo monopolio impuesto por ley -por oposición al resultante de la naturaleza de las cosas, que en ese caso tampoco necesita ley- es un error. La competencia es la fuente de la creatividad y el vigor de la economía de mercado, y sin economía de mercado creativa y fuerte los pueblos están condenado s a fluctuar en su historia entre la mediocridad y la miseria.
Este es un buen tiempo para aplicarnos nosotros mismos a extraer lecciones de los errores gubernamentales en política económica. Ajenos y propios. Que de éstos por cierto no ha de faltarnos material para el análisis.