Se ha puesto de moda pedir un modelo nuevo. Se parte de dos premisas. En primer lugar, que en la realidad se está aplicando una cosa que se llama modele neoliberal: como quien dice, en el solar socioeconómico se levantó un edificio conforme a un plano diseñado por los economistas neoliberales; y se quiere sustituirlo, porque genera excesivas desigualdades sociales. En segundo lugar, parecía hasta hace un tiempo que había una alternativa, el modelo colectivista pero ahora resulta que no sirve, porque a los setenta años de erigido en Rusia, y menos aun en otros lugares, se vino al suelo sin dar tiempo a ninguna refacción. Por lo tanto se pide uno nuevo, otra alternativa: que funcione, como el neoliberal, sin derrumbarse y sin las goteras y corrientes de aire que -ahora se sabe- hicieron miserable la vida dentro del modelo colectivista: pero al mismo tiempo trazado con conciencia social, no con el insensible economicismo de los neoliberales, esos desalmados. ¡Avive el seso, pues, de los que entienden de esas cosas, y a las mesas de dibujo!
Para los socialistas esto es imperioso. ¡Imagínense ustedes! Creían que tenían la llave del futuro, y ahora resulta que no saben lo que quieren. El caso de Eduardo Galeano es patético. Unico latinoamericano admitido en una antología internacional de análisis y lamentaciones por la caída del Muro, junto con la crème de la crème izquierdista, este compatriota se compara a un niño perdido en la tormenta. Se pregunta si su testimonio no será la confesión de un dinosaurio. Desgarradora escena: La Era Mesozoica ha terminado, y un bebé dinosaurio llora el fin de su hábitat. Es imperativo: hay que conseguirle un modelo nuevo de urgencia. El mismo lo busca con ansia conmovedora: "Hay que descubrir, crear, imaginar", escribe; y continúa: "En un discurso poco después de su derrota (electoral) Jesse Jackson abogaba por el derecho a soñar: 'Defendamos ese derecho', dijo.. y hoy más que nunca es necesario soñar." Por ahí puede que salga un nuevo modelo. ¿Les parecería promisorio?
Recientemente se formularon dos pedidos de modelos nuevos casi simultáneamente. Uno en el Foro de San Pablo, reunido en nuestra capital, y otro en la 25° Asamblea del Celam. Un editorial muy interesante de El País (10 de junio) destacaba las semejanzas entre las exhortaciones a elaborar nuevos modelos emanadas de los izquierdistas y de los obispos latinoamericanos. Objetivamente, no cabe duda de que al editorialista le asiste razón. Subjetivamente, pienso -deseo- que tal vez fuera posible invocar en defensa de los obispos alguna diferencia significativa entre ambos casos.
Todo tiene que ver con la cuestión de los modelos. Porque al foro de San Pablo le sobran científicos sociales que no pueden menos que saber que lo del modelo neoliberal es una patochada; más aún, que es una invención de los de su laya para promoción de su causa. No de Marx, que prodigó al advenimiento del sistema de mercados más reconocimiento de su creatividad que ningún filósofo liberal: y además porque en el sistema marxista no había lugar para los modelos, y tanto la economía de mercados como el socialismo, y eventualmente el comunismo, llegarían con el andar zigzagucante de la espontaneidad histórica, pero sí de algunos de la majuga intelectual que le siguió, que a falta de argumentos decidieron construir un homúnculo despreciable, dechado de avaricia y servilismo, el neoliberal, e inventaron también un modelo por él supuestamente diseñado, que sólo sabe hambrear a los pueblos para mayor gloria del Fondo Monetario Internacional.
Es posible suponer -esperar- que los obispos no sepan nada de esto. Y como ven que ahora todos hablan de modelos -todos, incluso los partidarios de la economía de mercado, incluso el editorialista de El País, sólo que diciendo que el liberal era exitoso- es posible, entonces, que los obispos piensen que la historia económica funciona como un equipo de audio, que toca según sean los cassettes que le vayan insertando. Y, si así fuera, que pidan que el próximo que se introduzca en el aparato se halle acorde con el bien común y la hermandad de los hombres. Si yo creyera lo mismo, pediría igual. ¿Usted no?
Lo que ocurre es que no llego bien a explicarme cómo pueden creer semejante cosa. El sistema económico que se halla vigente, en cuanto sistema, en cuanto instituciones que le permiten funcionar, en cuanto derecho que disciplina a unos y otorga previsibilidad a otros, rige en Occidente desde cosa de siete u ocho siglos. Sin ninguna ruptura mayor de la continuidad. ¿Qué cosa puede querer decirse con eso de adopción de un modelo tal o cual? El comunismo tampoco fue la adopción de un modelo. Fue la destrucción de las instituciones sobre las cuales la economía se había apoyado, sobre todo la propiedad privada, y los contratos; pero en cuanto a la parte constructiva nunca pasaron de tener una idea general, con lo cual, por lo demás, lo que aconteció nunca guardó ninguna clase de relación. Ahora sí en el mismo territorio tal vez estén tratando de poner en práctica un modelo, pero la realidad se resiste, como siempre, a que le dicten lo que en ella vaya a pasar.
Si los obispos supieran estas cosas, todo iría mejor. Aunque tal vez las sepan y sean insinceros, para quedar bien, lo que me daría mucha pena. Ojalá que sean sólo ingenuos: lo que tampoco estaría bien. Pero sería mucho menos grave.