Breve historia de la estabilidad monetaria

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A MEDIADOS DEL SIGLO XVI, ISABEL I DE INGLATERRA REALIZÓ LA PRIMERA REMONETIZACIÓN DE EUROPA, ABRIENDO ASÍ EL CAMINO PARA QUE LONDRES FUERA EL CENTRO FINANCIERO MÁS IMPORTANTE DEL MUNDO.

Se cree que las monedas metálicas más antiguas se acuñaron en Lidia, reino del Asia Menor, en el siglo VII A.C. Grosso modo, entonces, hacia la mitad de la historia de las civilizaciones. El surgimiento de un paradigma de moneda estable es mucho más reciente. Durante más de dos milenios, la historia de la moneda fue la historia de su envilecimiento. Por tal entendemos la reducción del contenido de metal fino -plata u oro- en la unidad monetaria. Los príncipes, que habían reclamado para sí el monopolio de la acuñación, recortaban el valor de las monedas para extraer recursos reales de sus súbditos: pagando sus deudas en moneda depreciada y a través de la remonetización que cada uno disponía cuando llegaba al trono; es decir, obligando a sus súbditos a canjear las piezas que llevaban la efigie de su antecesor por las que exhibían la suya propia, a la vez, que contenían menos oro o plata. Dicho en la terminología actual, devaluaban; lo que, por supuesto, provocaba el alza de los precios, o sea la inflación. Esta era ya entonces lo que sigue siendo hoy, un impuesto encubierto y traicionero.

El primer monarca de Europa, presuntamente del mundo, que llevó a cabo una remonetización sin defraudar a la gente fue Isabel I de Inglaterra, a mediados del siglo XVI. Esta singular estadista contuvo la avaricia de corto plazo que dominaba a sus congéneres y cosecho luego una recompensa ubérrima. A partir de entonces la corona inglesa pudo tomar prestado a tasas menores que las demás potencias, y la balanza del poder se inclinó en su favor. El origen de la primacía financiera de Londres, y aun del Imperio Británico, debe ubicarse en este sencillo episodio, en que una princesa Tudor renunció a esquilmar a sus súbditos. El éxito aseguró la continuidad de su política en los sucesivos reinados y, de hecho, la libra isabelina rigió hasta 1931, durante casi cuatro siglos.

No con todo sin algunos percances en el camino. Hacia fines del siglo XVIII, a raíz de las guerras con la Francia revolucionaria, y luego con Napoleón, Inglaterra decretó la inconvertibilidad de la libra, a fin de financiar su esfuerzo bélico en parte con emisión. Como es natural, sobrevino una inflación considerable. Después de Waterloo, el retorno a la convertibilidad de los billetes del Banco de Inglaterra en oro fue contemplado sin demora. Pero la inflación había desalineado de mala manera los precios con el valor de la libra-oro. Se necesitaba una gran deflación para poder restaurar la convertibilidad a la paridad de preguerra sin que un fabuloso "atraso cambiario" desquiciase la economía real. Algunos economistas, entre ellos el más distinguido a la sazón, David Ricardo, sostuvieron que tamaña deflación originaría un costo social" (para decirlo con la jerga de hoy en día) intolerable. El argumento no fue contrarrestado con otras disquisiciones económicas sino con la razón moral. Los billetes del Banco de Inglaterra prometían ser convertibles a razón de unos 7 gramos de oro por libra, y así habría de hacerlo un país gobernado por gentiemen. Y así efectivamente se hizo. La deflación se procuró por el único método viable: obtener un superávit fiscal y quemar los billetes así acumulados. En 1819 se volvió a la convertibilidad de la libra a la paridad de la preguerra. 

Este es el segundo gran acto de la saga de la moneda estable, porque sus consecuencias fueron prodigiosas. Un país tras otro, entre 1819 y las postrimerías del siglo - Uruguay en 1865- se fue incorporando a lo que dio en llamarse el "patrón oro", un sistema monetario que implicaba la definición de la unidad monetaria de cada país en términos de oro, la libre movilidad internacional del metal pero, sobre todo, el compromiso no escrito, pero sagrado, de no devaluar bajo circunstancia alguna, que todos los países respetaron. En efecto, en los cien años que van desde Waterloo hasta el estallido de la 1° guerra mundial, ningún país devaluó su moneda. Hoy nos parece mentira pero no debemos dejar que la memoria de ese tiempo de maravillosa estabilidad monetaria, que también fue de portentoso progreso, se desvanezca.

El tercer y último acto de esta epopeya monetaria se desarrolla en los Estados Unidos. Al sobrevenir la guerra de secesión el gobierno federal suspende la convertibilidad, emite para solventar el déficit y causa una inflación del orden del 100 % en el quinquenio que duran las hostilidades. Hecha la paz en 1865, se contempla la restauración de la convertibilidad. Como en Inglaterra medio siglo antes, los precios están desalineados con el contenido metálico del dólar. El país no vacila: ha de volver a la paridad de preguerra. Para ello se toma catorce años, durante los cuales obtiene superávit fiscales y quema billetes. Los precios bajan, y la convertibilidad se restablece en 1879, a la vieja paridad.

Cuando la gente pregunta cuánto tiempo más puede durar la paridad de uno a uno en la Argentina, presume que aquella vieja y dorada estabilidad no puede restaurarse. Pero no es así. Es una cuestión de liderazgo. No menos improbable fue que Isabel I resolviese no cobrar impuesto inflacionario a sus súbditos. ¿Quién puede asegurar que en la Argentina no esté por consumarse otro de los grandes episodios de la historia de la estabilidad del dinero?

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