Convicción y Responsabilidad

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A MENUDO, DOS POSTURAS ENFRENTADAS POLÍTICAMENTE ENTRE SÍ SE AFANAN EN PONER A LA MORAL DE SU LADO. UN RECIENTE CUESTIONAMIENTO DE UN MIEMBRO DE LA IGLESIA ARGENTINA REABRE EL DEBATE.

Frecuentemente dos posturas recíprocamente enfrentadas en materia de política pretenden tener a la moral de su lado. Para explicar tales oposiciones, dejando de lado los casos de insinceridad o torpe visión de uno de los contendores, yo encuentro útil la distinción de Max Weber entre ética de convicción y ética de responsabilidad. El que se atiene a la primera dice: tomo las posiciones según mi conciencia y mis conviccioncs, las consecuencias del curso de acción que con esos fundamentos propugno están fuera del problema. El que se afilia al otro campo, por su parte, sostiene: yo me siento responsable por las consecuencias previsibles de los actos que promuevo: por lo tanto, el compromiso moral que me mueve lo concibo referido, no sólo al valor último en juego, sino también al valor instrumental de la lucidez, que me permitirá discernir la mejor manera de servir a aquél.

Un ejemplo. El arzobispo de Buenos Aires, monseñor Quarraccino, ha censurado la política económica del gobierno argentino por permitir el alto grado de desempleo que allí se padece. Según él, las autoridades deberían movilizar todos los recursos a su alcance para evitar las consiguientes penurias que afligen a los trabajadores. Implícitamente, con sus actos – pues no conozco respuesta explícita- el gobierno aduce que sus actos están acotados por el deber en que se siente de preservar el régimen de convertibilidad y la estabilidad monetaria que de él se ha derivado. Una estrategia orientada al pleno empleo según líneas keynesianas, es decir, recurriendo al gasto deficitario, estaría fuera de consideración. La cuestión se plantearía entonces en estos términos: ¿Debería abandonarse el plan de convertibilidad a fin de permitir que el Banco Central emitiera para financiar un gasto promotor de empleo? ¿O limitarse a adoptar algunos paliativos y tolerar un grado considerable de padecimientos para mantener un régimen monetario que le había servido bien a la Argentina por un cuatrienio y podría despejarle el camino e la prosperidad ilimitada?

Obviamente el arzobispo de Buenos Aires percibe la cuestión desde la perspectiva de la ética de convicción. Podría argumentarse que para él, como para cualquiera que no sea economista, aquella toma de partido resulta forzosa. Al mismo tiempo, es posible preguntar con qué fundamento emiten opinión sobre cuestiones sociales quienes no están en condiciones de evaluar las consecuencias económicas mediatas de las medidas sociales por las que abogan. Por lo general, la plataforma implícita desde la cual se enuncian tales propuestas es lo que suele llamarse voluntarismo, vale decir, una visión simplista de la estructura socioeconómica que magnifica el poder de control del gobierno sobre lo que en ella acontece.

La posición voluntarista, que deja de lado la compleja matriz de interrelaciones entre las variables y parámetros económicos ante la imposibilidad de aprehenderla no es, sin embargo, la única fuente de oposición a las tesis de no entorpecer el curso de las fuerzas espontáneas que actúan en los mercados como la mejor opción de largo plazo. Hay otra, en efecto, extremada mente popular entre los economistas, porque exalta su propia influencia. Un destacado economista norteamericano, Paul Krugman, se declaraba hace poco a favor de la estrategia mexicana en oposición a la argentina, al haber enfrentado su desequilibrio devaluando, en lugar del ajuste deflacionario, reminiscente del laissez faire decimonónico, que estamos presenciando del otro lado del río. El padre de esta posición fue indudablemente Keynes, cuyo obiter dictum "en el largo plazo estaremos todos muertos" suele usarse para ilustrarla. Pero ni él ni nadie pudo ni puede tomarse en serio esa frase, que enuncia un desinterés moralmente inadmisible por las consecuencias de nuestros actos que deban soportar las generaciones futuras. En realidad, el fundamento de esa posición es algo así como una anulación del largo plazo a través de la percepción de éste como una sucesión de plazos cortos, así como de la convicción de que una política económica activista puede resolver los problemas que en cada uno de ellos se presente. De modo que si en el período 1. para corregir el desequilibrio A se adopta la medida X, que tiene una contraindicación que se manifestará en el desequilibrio B en el período 2, la política económica también podrá resolverlo, del mismo modo como el siguiente que se manifieste en el período 3, y así sucesivamente.

Aunque hay fuertes corrientes teóricas que se oponen a ese enfoque de cortoplacismo perenne, por así llamarlo, es de la historia, más bien que de la economía, que la ética de la responsabilidad extrae sus fuerzas. Toda la escuela clásica, cuya influencia coincidió con la etapa de máximo desarrollo económico de la economía mundial, centró sus análisis en el largo plazo y en el respeto por las fuerzas espontáneas del mercado. Una actitud que trascendió, por otra parte, la profesión de los economistas. Fue la gran época de la ética de la responsabilidad, cuando la solidaridad humana se volcaba en múltiples iniciativas privadas, no en presiones para obtener activismo gubernamental. La historia nos dice que eso fue así y que habría buenas razones morales para que volviese a serlo. De moral de responsabilidad, por descontado.

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