Dado que la libertad de elegir implica la posibilidad de equivocarse en la elección, ¿no sería preferible que el Estado negase a los agentes privados ese derecho y los mantuviese, compulsivamente si fuere preciso, sobre el camino recto?
Hay dos respuestas a esa pregunta desde el punto de vista liberal. Una de ellas dice que, en lo que concierne al gobierno de los hombres, no hay verdades absolutas, o si las hay no pueden conocerse, de modo que es inadmisible que desde el poder se intente reprimir las disidencias. Otra sostiene que los gobernantes carecen de autoridad para discernir entre el acierto y el error en ese mismo terreno, por más que la línea divisoria entre uno y otro exista y sea cognoscible -si acaso se hallan más propensos al error que el común de las gentes- de modo que sólo la existencia de un derecho que limite su poder y consiguientemente asegure el ámbito de autonomía de los gobernados puede hacer soportable y digna la convivencia social.
En una próxima ocasión me propongo analizar el primero de esos puntos de vista. Me basta hoy señalar que el segundo suministra un fundamento más amplio al liberalismo, puesto que el primero restringe a los escépticos el acceso a esa filosofía. Y a partir de él quiero destacar que sólo una actitud de prevención frente a los gobernantes, así como a su expresión jurídico-institucional, el Estado, permite cimentar sólidamente la libertad.
La conveniencia de esa actitud suspicaz es mucho más visible mientras la figura del soberano se mantiene claramente separada de la comunidad. Basta recordar como profetizaba Samuel cuando el pueblo hebreo le pedía un rey. "Tomará vuestros mejores campos, viñas y olivares, y se los dará a sus servidores", les advertía: "Diezmará vuestras cosechas y vuestros vinos para sus eunucos y servidores, ...tomará vuestros mejores bueyes y asnos para emplearlos en sus obras. Diezmará vuestros rebaños y vosotros mismos seréis esclavos suyos." A través de los milenios. Erasmo de Rotterdam, en 1517, se hacía eco del mismo sentir: "De todas las aves sólo el águila ha sido considerada por los sabios apta para simbolizar a la realeza: ni hermosa, ni musical, odiosa para todos, universal maldición, dotada de poderes de hacer daño sólo sobrepasados por su inclinación a causarlo.”
Como decíamos, mientras el soberano y la sociedad no sufran riesgo de confusión, el peligro que aquél representa para la libertad puede percibirse con claridad y, por lo tanto, la idea de que la limitación del poder del soberano es una condición necesaria para la libertad no plantea dificultades. Estas aparecen, en cambio, cuando en el curso de la historia advienen sistemas en los cuales quienes ejercen el poder lo hacen en nombre del pueblo, ya sea por tratarse de magistrados que deben su autoridad a elecciones populares, ya porque el poder está concentrado en manos de un partido que se erige en representante de una clase social mayoritaria o es aceptado como expresión del espíritu de la nación misma. En todos tales casos la necesidad de limitar el poder de los gobernantes corre el riesgo de dejar de reconocerse, en el mejor -o más liberal- de los casos, y se transforma en anatema en el Estado totalitario, tanto comunista como fascista.
Un caso especial de este peligro, de especial relevancia para nuestro país, es el del Estado paternalista. Para Kant, que tuvo la fortuna de no conocer el Estado totalitario, el paternalismo era, nos dice en La Ciencia del Derecho “el gobierno más despótico de la historia”. Hace unas pocas semanas, escuchando un programa radial, tuve una vivencia singular sobre la intensidad de ese peligro en nuestro medio. Un hombre público que acaba de ser designado para la presidencia de un ente autónomo, el Sr. Víctor Vaillant, se hacía cuestión de la tacha de paternalista aplicada a veces a un régimen político. ¿Qué mejor para los ciudadanos. argumentaba, que vivir bajo la protección de un Estado que los trata como hijos? Y agregaba: "Los uruguayos aman a su Estado." Un poco, sugería, como si fuera un padre.
Pero entonces, ¿qué es la libertad para nosotros? ¿Apenas votar? Para después, diríase, aceptar por padre colectivo a los electos, y dejarles que decidan por nosotros, como hace un progenitor respecto de sus pequeños. ¿Será de ahí que viene la aquiescencia de nuestro pais para el descaecimiento de los límites constitucionales del gobierno que hace años padecemos?
Ese que permite que el Parlamento reescriba los contratos entre agentes privados, que a unos les perdone las deudas y a otros les alargue sine die el plazo de sus arriendos, y que en materia presupuestal caigan en desuso normas constitucionales erigidas en protección de los contribuyentes.
El error no es nuevo. John Stuart Mill lo identificaba en 1859, en su famoso opúsculo sobre la libertad, al mostrar los límites del concepto de autogobierno. Ortega y Gasset creía aoir al hombre masa declarar, como Luis XIV, l'Etat c'est moi. Sobre todo esto desearía regresar. Hoy el tiempo apenas me da para recordar a los lectores la advertencia de Lord Acton, el gran liberal del siglo pasado: "El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente." Que en materia de doctrina liberal, contiene toda la Ley y los Profetas.