El persistente encanto del Comunismo

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POCAS VISITAS OFICIALES HAN LEVANTADO TANTA POLVAREDA COMO LA QUE FIDEL CASTRO INICIÓ AYER CON SU LLEGADA A MONTEVIDEO. QUIZÁ SEA EL MOMENTO DE PREGUNTARSE: ¿PARA QUÉ LO INVITARON?

En breve, ante invitación cursada por nuestro presidente, Fidel Castro visitará el Uruguay. El objeto de este artículo no es tomar posición ante ese convite, sino tratar de explicarlo.

Fidel Castro es un dictador. Como Stalin, él se considera personero de la democracia auténtica, en tanto que la democracia occidental, según afirmó en el 4° Congreso del PCC, en 1991, "es pura basura". Pero ese concepto de la democracia, que se estructura a través de la identificación del partido único y su jefe con el pueblo, no es el concepto del doctor Sanguinetti, a quien recordamos vívidamente en su debate preelectoral con el doctor Tabaré Vázquez, enrostrándole su marxismo-leninismo. Para el doctor Sanguinetti, Fidel Castro no puede ser más que un dictador, puro y simple, objetable por tal, y encima por marxista-leninista. Pero el doctor Sanguinetti lo invita. ¿Habría invitado a Pinochet durante su presidencia? ¿A Stroessner? El lector convendrá sin duda que la respuesta debe ser negativa. Entonces, a Fidel Castro, ¿por qué?

Se ha difundido la versión de que nuestro presidente quiere evitar el aislamiento en que ha quedado el dictador cubano y contribuir mediante el diálogo a una eventual transición de Cuba hacia un régimen de democracia liberal. Otra faz de la misma actitud estaría en la oposición uruguaya al bloqueo comercial aplicado por los EEUU, que comparto. Pero son dos cosas distintas. Por el hecho de que China se haya convertido en nuestro tercer cliente no nos manchamos con la sangre derramada en Tian-an Men. Pero, ¿querríamos rendirle honores a quien impartió la orden a los tanques para que aplastaran a los manifestantes que pedían libertad?

En cuanto a la posible influencia del diálogo con Fidel Castro, el doctor Sanguinetti no debería hacerse ilusiones. Alina, la hija de aquél, le expresó a Andrés Oppenheimer, un periodista argentino: "Fidel no te escucha, te explica." Cuando Gabriel García Márquez, su íntimo amigo, le dijo a fines de los años '80 que Gorbachov estaba alumbrando un socialismo con rostro humano, Fidel Castro le respondió: "No, Gabo, créeme, va a ser un desastre." Castro dio muestras de una personalidad paranoide a partir de su juventud, pero años de frustración desde el poder absoluto no podían menos que precipitarlo en el delirio psicótico. Alina también le aseguró a Oppenheimer que Fidel ha perdido contacto con la realidad; y el general Amaldo Ochoa, que más tarde sería fusilado, afirmó en una fiesta de fin de año en la misión militar cubana en Luanda, que "Fidel se ha vuelto loco." La idea de que Fidel Castro pueda hallarse propenso a reconocer que su régimen debe aplicar un golpe de timón contraría toda la información disponible. El cree que esta cumpliendo una misión insoslayable. "Aunque Cuba quedara como el único custodio de la llama comunista, estaría cumpliendo un deber histórico" proclamó en el 4° Congreso del PCC ya citado, Castro no sólo es un dictador. Es un dictador sangriento. No, por supuesto, en la escala de Stalin y Hitler, pero mucho más que Mussolini, comparable a Robespierre. Fiel discípulo de Lenin, no olvidó el ingrediente de terror que había sido el arma clave de los bolcheviques. Fiel discípulo de Stalin, también liquidó a camaradas revolucionarios que podían disputarle el poder y a algunos les extrajo confesiones abyectas como las que hicieron particularmente oprobiosos los procesos de Moscú de los años '30.

Dictador sangriento, pues. Además, dictador fracasado. Si se quiere para probarlo una fuente insospechable, reléase su propio discurso del 26 de julio de 1970, autocrítica en que la nómina de desastres económicos parece no tener fin. Repárese que en ese terreno la revolución se hizo para romper la monoexportación azucarera así como la dependencia del turismo yanqui, y Cuba terminó exportando nada más que azúcar, sólo que la mitad que antes, y todavía más dependiente del turismo, sólo que ahora el componente de prostitución es mayor que nunca. Pero a este autócrata sangriento, que tiene las cárceles rebosantes de presos políticos, que ha hecho en realidad de Cuba una mezcla de cuartel y prisión, lo miman líderes democráticos genuinos. No sólo nuestro presidente. También el de Galicia, Fraga Iribame, insospechado de izquierdismo. ¿Por qué? En procura de una respuesta he reabierto el excelente libro de François Furet, "Le Passé d'une Illusion", aparecido este año, donde el gran historiador de la Revolución Francesa, que se confiesa comunista entre 1949 y 1956, se hace cuestión del doble criterio que Occidente en conjunto ha usado para juzgar al comunismo y a las demás tiranías que han agobiado a nuestro siglo. Para Furet lo típico del comunismo es haber sido inseparable de una ilusión fundamental. Para la mayoría el referente del comunismo no es una cierta realidad, sino una cierta ilusión. Esta es descendiente directa de la que despertó en Occidente la Revolución Francesa hace un par de siglos, encendiendo en innumerables espíritus la idea de que estaban asistiendo a un nuevo alborear de la historia. Cuando el ensayo concreto fracasó, quedó en su lugar la esperanza mesiánica de que otro acontecimiento similar algún día habría de redimir por fin al género humano. De ahí que cuantos enarbolan la bandera revolucionaria logran automáticamente que se les aplique un código valorativo sui generis. Tema sobre el que he de regresar.

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