Revoluciones

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ANHELADAS O TEMIDAS, LAS REVOLUCIONES COLOCAN AL HOMBRE EN EL PUENTE DE MANDO. Y EL SUJETO SE TRANSFORMA EN EL PROTAGONISTA DE LA HISTORIA. Y ÉSTA SE VUELVE ALGO QUE EL HOMBRE HACE.

Cuentan que Luis XVI, cuando un cortesano le dio cuenta de la toma de la Bastilla, abandonó a medias su habitual indiferencia por los acontecimientos que se estaban desarrollando en París, e inquirió: "¿Se trata de una rebelión?" ', a lo que el avisado cortesano habría respondido: "No, Majestad, se trata de una revolución." Porque las revoluciones y las rebeliones o revueltas tienen en común el ser una ruptura del devenir habitualmente suave, a la corta imperceptible, de la historia, para introducir en él un movimiento convulsivo, cruento las más de las veces; pero las revoluciones poseen además una dimensión extra que las distingue: el que en ellas el hombre, por lo general objeto de la historia -ésta es algo que a él le pasa- pega un salto hasta el puente de mando y se erige en sujeto, y la historia entonces se vuelve algo que el hombre hace. Hay épocas, una de ellas la que hace tres siglos estamos viviendo, en que el hombre se imagina que el progreso se conquista a través de esos episodios convulsivos y trascendentes, y por ello, naturalmente, los idealiza y les rinde culto. Y los héroes revolucionarios pasan a ser sus héroes favoritos, para juzgar a los cuales conserva en un lugar de privilegio un código especial, lleno de excepciones a las condenas que la ley común impone a quienes desde el poder usan la fuerza para imponer ideas y confunden disidentes a persuadir con enemigos a silenciar. Hace una semana desde esta misma página se sostenía que ese código sui generis es imprescindible para comprender que nuestro presidente invite como huésped de honor a un hombre con el pasado de Fidel Castro. Hoy quiero profundizar en el prestigio de las revoluciones y en el criterio dual para juzgar sus acontecimientos y sus personajes que aquel prestigio conlleva.

Déjenme ilustrar lo que digo con dos ejemplos que tomo de las letras uruguayas. El primero pertenece a Mario Benedetti y procede de un artículo publicado en Cuadernos de Marcha en mayo de 1971. Allí leemos: "La revolución acusa, pero no calumnia; la revolución puede incluso llegar a ejecutar, pero nunca a torturar; la revolución pone tremendo énfasis en verdades, pero no miente..." El autor personaliza el conjunto de los héroes revolucionarios en la revolución, y de las perfecciones que predica de ésta extrae la absolución a priori de aquellos.

El pasaje es estrictamente paulino: "El amor es paciente y benigno; el amor no envidia; el amor no se jacta ni se envanece; no es descortés; no es interesado; no se irrita ni piensa mal; no se regocija con la injusticia y se complace en la verdad ..." El mismo tratamiento hipostático, pues, de los que impulsan la revolución y quienes son impulsados por el amor. Pero para Pablo, como para Juan, su hermano en la fe, el amor es Dios. Pablo puede decirnos como obran los que llevan amor en su corazón porque los sabe en comunión con la amorosa Ultima Realidad. Benedetti sólo puede hacer otro tanto con sus héroes revolucionarios, con Robespierre y Marat, Lenin y Stalin, Guevara y Castro, haciendo de la revolución un ídolo.

Y, ¿en virtud de qué? Benedetti hace un dios de la revolución porque, según nos participa en el mismo lugar, "con todos sus malogros y todas sus carencias, la revolución sigue siendo para nosotros la única posibilidad que tiene el ser humano de recuperar su dignidad y realizarse a sí mismo; la única posibilidad ... de rescatarse de la alienación en que diariamente lo sume el orden capitalista, la presión colonial." Claramente, pues, la Revolución, y a través de ella la Historia es, como había profetizado Marx, una deidad redentora. Y entonces, por lo demás, ¿cómo juzgar a la Revolución cuando mata, cuando impone el Terror, sin tener en cuenta sus fines trascendentes? Otro autor uruguayo, en una novela que escribe sobre Cuba, y que elocuentemente titula "El Paredón", en 1968 escribía: "¿Qué era el destino de un hombre, que podía significar el destino de quinientos hombres -el uno por mil de los muertos en Hiroshima y Nagasaki, había dicho Fidel, al hablar de los juicios sumarios- si lo que se echaba a andar era una revolución, y en el vientre de una revolución crece, más allá de la muerte, una semilla de felicidad?"

En efecto, ¿cómo comparar quinientas muertes -por alusión al medio millar mal contado de fusilados frente al paredón durante el Terror castrista- con la felicidad eterna de un país, de la humanidad? El mismo argumento se había usado para exculpar a Robespierre. Pechos acribillados, cabezas que rodaban hasta una cesta, ¿qué podían pesar sobre un platillo de la balanza histórica si sobre el otro reposaba la redención del género humano? La incongruencia de comparar lo relativo con lo absoluto movía a Martínez Moreno a continuar: "¿Quién sale hoy a reprocharle sus pescuezos a la Revolución Francesa, quién llora por sus muertos de papel?"

Pero eso era cuando se sabía todo sobre el paredón pero nada sobre el muro. Hoy que sabemos todo sobre éste, hoy que conocemos al dedillo la enorme mentira que constituyó la esencia del régimen bolchevique, hoy que dominamos la aritmética del mayor genocidio que jamás se haya perpetrado, en el que la unidad de cuenta son los miles de millones, ha llegado la hora de hacer un balance sobre este peculiar fenómeno de las revoluciones. A lo que me abocaré en una semana, Dios mediante.

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