El Ocaso de las Revoluciones

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EL FRACASO DE LAS REVOLUCIONES CONDUCE AL OCASO DE UNA ÉPOCA. PERO, ¿HASTA CUÁNDO? ¿CUÁNDO VOLVERÁ LA RAZÓN A QUERER TRASCENDER SU FUNCIÓN INTELECTIVA Y ASUMIR LA DE MOLDEAR LA REALIDAD? ¿EN QUÉ FASE DE ESA SECUENCIA HISTÓRICA ESTAREMOS VIVIENDO A FINALES DEL SIGLO XX?

Nos acercamos al siglo de las revoluciones" escribía Rousseau en 1762, en el Emile. Esta notable profecía tendría principio de cumplimiento veintiséis años más tarde, en el mismo país en que el libro se había publicado, con un acontecimiento sociopolítico sin precedentes por su intensidad. Se trataba, en efecto, no de cambiar esto o aquello, sino todo; no de desfacer el entuerto tal o cual, sino de enderezar todo lo que a los ojos de la razón lucía torcido. Según un diputado de l'Assemblée Nationale, que en algún momento la presidiría, Rabaut de St-Etienne, una hercúlea tarea era imperativa: "Todas las instituciones de Francia coronan la desgracia del pueblo: para hacerle feliz, es menester renovarlo, cambiar sus ideas, cambiar sus leyes, cambiar sus costumbres, …..cambiar los hombres, cambiar las cosas, cambiar las palabras, ...destruirlo todo; sí, destruirlo todo, puesto que todo debe ser recreado."

Si Emilio, el imaginario discípulo de Jean-Jacques, hubiera tenido seis años en 1762, bien podría haber sido uno de los diputados en la Asamblea Nacional que pensaban como Rabaut. Porque la educación que el imaginario preceptor le habría impartido incluía el rodear el alma de aquél de una campana que le aislara de los prejuicios, de la autoridad de la Iglesia, de la influencia de la monarquía, en una palabra, de toda la tradición. En lugar de un alma tradicionalista, que habría aceptado la realidad tal cual era, habría desarrollado un alma racionalista, entre cuyos rasgos se cuenta el repudio de lo tradicional. Ortega y Gasset enfoca este cambio de mentalidades en un apéndice de su libro El tema de nuestro tiempo, cuyo título he tomado prestado para este artículo. Allí dice: "...al repudiar lo tradicional se encuentra el sujeto forzado a reconstruir el universo por sí mismo, con su razón." Así, con esa inversión copernicana que coloca a la razón en el centro irradiador de la realidad, surgen en la historia las épocas revolucionarias. "Sobreviene", continúa, "un extraño desdén hacia las realidades; vueltos de espalda a ellas, los hombres se enamoran de las ideas como tales. La perfección de sus aristas geométricas los entusiasma hasta el punto de olvidar que, en definitiva, la misión de la idea es coincidir con la realidad que en ella va pensada."

Esta inversión se llama utopismo. "Cada revolución", continúa Ortega, "se propone la vana quimera de realizar una utopía más o menos completa." "El intento". luego concluye, "fracasa inexorablemente." El fracaso de las revoluciones, que es como un darse los hombres racionalistas, idealistas, de bruces contra la dura realidad, conduce al ocaso de la época revolucionaria, y al alma desilusionada que sucede a la utópica. ¿Hasta cuándo? La razón ¿cuándo volverá a querer trascender su función intelectiva y asumir la de moldear la realidad? ¿En qué fase de esa secuencia histórica de tradicionalismo (realismo) y racionalismo (idealismo) estamos ahora viviendo?

La dificultad que tenemos para movernos dentro de esta cautivante concepción cíclica de las revoluciones radica tal vez en que ella representa una inducción hecha en base a demasiados pocos casos. Porque, la verdad, de las revoluciones propiamente radicales, a la Rabaut de St-Etienne, apenas si la historia nos ha mostrado dos, la Revolución Francesa y la bolchevique, aparte de sus respectivos epígonos. Y Ortega, escribiendo en 1923, sabía, en punto al fracaso de las revoluciones, infinitamente menos que nosotros. Para él las revoluciones fracasarían siempre a través de un contrario dialéctico, la contrarrevolución. Es el paradigma francés. La sociedad toda, la mayoría de los revolucionarios incluidos, se hartan de sangre y de desorden; sobreviene entonces el golpe de estado de los moderados, y la liquidación de los jefes radicales. Es Termidor. Luego viene la consolidación del orden, con la restauración de las principales insti-

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