Hace una semana escuchabamos a Ortega y Gasset explicarnos que, como toda revolución se propone la misión imposible de volver realidad una utopía, todas irremisiblemente fracasan. Hoy nos toca ver como y por qué las revoluciones marxistas tienen su forma propia, idiosincrática, de fracasar.
Antes, un breve preámbulo semántico. Utopía, según su etimología griega, viene a querer decir "algo que no está en ningún lugar" porque es imposible. Por lo tanto ningún proyecto revolucionario se juzga a sí mismo utópico. Pero el marxista doblemente, ya que su autor se ocupa de clasificar como utópicos a los otros proyectos socialistas, y a contrastarlos con el suyo, que es científico; porque, mientras los demás quieren ejecutar sus proyectos, Marx sabe que la Historia lleva al suyo en su matriz, y que ha de parirlo, quieras que no, cuando llegue su hora. Por lo que no es en puridad un proyecto -algo que se quiere para el futuro- sino un pronóstico -algo que se conoce acerca del futuro-.
Pero el marxismo no excluye los proyectos, porque los medios de producción nunca van a colectivizarse sin un proyecto que lo disponga, ni se va a constituir ningún comité de planificación sin que algún proyecto lo convoque - el de Lenin, verbigracia, en 1917- ni van a confeccionarse planes quinquenales sin que otro proyecto - y aquí recordamos el de Stalin de 1928- así lo ordene. ¿Cuál es, entonces, la relación entre el pro-
nóstico general de Marx y los proyectos cuya misión histórica vendría a ser la de confirmarlo y ponerlo en práctica? Para responder es preciso entender que el marxismo contiene un criterio para distinguir los proyectos viables de los que no lo son. En una fase determinada de la evolución histórica -de la lucha de clases- los cambios experimentados por los medios de producción volvieron inevitable que la superestructura jurídica y moral del feudalismo debiera romperse; y se rompió, a través de la revolución burguesa que se inauguró en Francia en 1789: pero el proyecto hebertista de imponer dentro de aquel proceso burgués el colectivismo, por bien intencionado que fuese, se hallaba fuera de contexto histórico y debía fracasar. Esto se entiende mejor recordando que Marx adopta el historicismo de Hegel, por más que le introduzca un giro que él creyó muy importante. El hecho es que Hegel proclama: "todo lo real es racional": es decir, ningún proyecto que no esté de acuerdo con la Razón que organiza la historia tiene posibilidades de enraizarse en la realidad. Y Marx dice lo mismo, sólo que sustituyendo Razón por Materialismo Dialéctico.
Es también importante recordar que la Historia para Marx, como para Hegel, como para el neohegeliano Fukuyama, tiene un fin. Para éstos es el Estado de Derecho o su versión más reciente, el Estado Democrático Liberal, algo que ya se concretó. Para Marx el fin de la Historia, con estar próximo, es todavía futuro. Pero él sabe -y esto es estrictamente racionalista- que la sociedad metahistórica, al ser una sociedad sin clases, tendrá que haber dejado atrás la propiedad privada de los medios de producción, y por lo tanto será colectivista.
Ahora echemos un vistazo a la historia -con minúscula, esa que se desarrolla ante nuestros ojos, y no aquella cuyos secretos nos revela Marx- y enfoquemos el período de las revoluciones marxistas. Octubre del 17 en Rusia no parecía congruente con el materialismo dialéctico, pero podía operar como una chispa que encendiera la gran hoguera revolucionaria, en la que arderían Alemania y los demás países altamente industrializados. No fue así, y ello sí se volvía ya problemático, pero Stalin sacó a relucir la doctrina del socialismo en un solo país, y como Stalin derrotó a Trotsky, resulta que la Historia -de nuevo con mayúscula- estaba del lado del georgiano. Y como después de la guerra el Ejército Rojo expandió notablemente el área del mundo en que el comunismo mandaba, y con el fenómeno chino, muy semejante, llegaban a componer un tercio del mundo, tal parecía que la Historia se había valido de un ardid que Marx no había logrado discernir en su bola de cristal, pero a la vez que el resultado final confirmaría sus predicciones.
Pero lo que no es compatible con Marx es que el colectivismo haya fracasado. Y que al mismo tiempo en Alemania, EEUU, Japón, etc., el comunismo haya hecho mutis por el foro. Carece del más ligero sentido marxista decir que el sistema soviético fracasó, pero que habrá que probar otro, porque si el sistema soviético estalinista se arraigó en la realidad tenía que hallarse conforme con el materialismo dialéctico, o, como diría Hegel, tenía que ser racional. De modo que la caída del muro de Berlín sepultó inequívocamente al marxismo bajo sus escombros. Y que los izquierdistas no se pongan nerviosos, porque aún les queda Rousseau, que es mucho mas versátil y resistente.
De modo que las revoluciones marxistas tienen la característica de que, al caer, arrastran consigo a la doctrina que las guiaba. Tienen otra: como la Revolución está tocada por el dedo de la Diosa Historia, los líderes revolucionarios -Stalin, Fidel- tienden a ser sostenidos por sus seguidores mucho más allá de lo que sus logros volverían explicable. Hasta que a alguno -Jruschov, Gorbachov-
les da por decir, si no toda la verdad y nada más que la verdad, al menos alguna parte de ella. Y eso es ineluctablemente el principio del fin.