Floreció, pero no dio fruto

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UNA SUERTE DE CONJURA NOS HA CONDENADO A VIVIR SIN SABER QUE ES EXACTAMENTE ESO A LO QUE LLAMAN “NEOLIBERALISMO”. AUNQUE A VECES NOS GANE LA IRRESISTIBLE TENTACION DE CREER QUE TAL VEZ SE REFIERAN A AQUEL REGIMEN DE LIBERTAD ECONOMICA QUE, ALGUNA VEZ, NOS HIZO TAN PROSPEROS.

En el siglo pasado la economía uruguaya estaba llena de promesas. Los flujos reales crecían prodigiosamente. En la primera década de independencia -grosso modo- las exportaciones se multiplicaron por un factor de 4,2. El número de navíos que entraron en la rada de Montevideo creció concordantemente, a una tasa de 13% al año, duplicándose en menos de 6 años. En 1865 el correo repartió 280 mil cartas, en el '67, 498 mil, en el '68, 536 mil. La recaudación impositiva en aquella década en términos reales crecía al 20% anual, la de la aduana al 25%. En Montevideo, en el trienio 1867-69 se edificaron 1.800 casas nuevas, lo que en proporción es como si hoy se levantaran 12 mil al año.

La población aumentaba a enormes zancadas. Eduardo Acevedo calcula el crecimiento de mográfico del bienio 1861-62 en más del 8% anual, en la década 1862-72, en más del 5% anual, tasas hoy en día desconocidas en el mundo entero. Evidentemente, impulsadas por una inmigración arrolladora, lo que nos da clara idea de las oportunidades de empleo que se creaban y del nivel del salario real. Sin duda, se trataba de una tierra de promisión. Juan Bautista Alberdi, el autor de la Constitución argentina, la llamaba "la California del Sur".

¡Qué diferencia con el siglo XX, qué contraste con la actualidad! El Teatro Solís se inauguró en 1856, cuando la ciudad no albergaba aún 50 mil almas. Hoy no tenemos fuerzas para reconstruir el Estudio Auditorio, y del Odeón ni siquiera se habla. La construcción del Solís fue un emprendimiento privado, lo mismo que la contratación de las compañías europeas de ópera que nos visitaban en cada temporada, y las de arte dramático. Hoy en día la Suprema Corte sesiona en la que fue casa de un empresario, porque al país no le dan las fuerzas para terminar un Palacio de Justicia que lleva lustros de parálisis.

¿Qué ha acontecido? La inversión ha caído a niveles bajísimos y apenas si la forestación y la hotelería consiguen despertar la imaginación de los uruguayos. En el trienio 1887-89 Eduardo Acevedo usa, para referirse a los proyectos de inversión de la época, la expresión "invasión de empresas": bancos, compañías de seguros, compañías ferroviarias, telefónicas y telegráficas, de gas y luz eléctrica, de navegación, destilerías, cervecerías, lavaderos a vapor, molinos, compañías vitícolas, tranviarias, edificadoras y muchas más. Decenas y decenas de empresas recién inscriptas en el Registro de Comercio, con capitales autorizados que sumaban 400 millones de pesos de la época, equivalentes por su valor oro a 9.000 millones de dólares de la actualidad. ¿Qué ocurrió más tarde? ¿Por qué pasamos a ser el país donde nunca pasa nada?

Es difícil que el cambio no haya tenido que ver con el cambio de la ideología de las élites dirigentes, y sus repercusiones sobre la política económica. Sin el vuelco hacia el proteccionismo que se manifiesta hacia fines del siglo pasado, la aparición de la empresa pública, notablemente de un banco estatal, la estatización subsiguiente de casi todas las mayores empresas, la expansión de los monopolios públicos, la regulación de numerosos mercados, particularmente del mercado de trabajo, no hay absolutamente ninguna razón por la cual hoy no podríamos seguir siendo la California del Sur. 

Durante los años de nuestra notable expansión estábamos regidos por una legislación singularmente liberal. Desde 1861 teníamos una tarifa de aduana en gran medida compuesta por un arancel parejo del 20%, con el claro fin de recaudar, no de proteger la industria nacional. Cualquiera que pudiese llenar ciertos requisitos de capital y de encaje podía abrir un banco y emitir billetes. Por contrapartida, el Estado se desentendía de la moneda. No había ningún tipo de moneda estatal, ni billetes, ni monedas metálicas. Se usaban las monedas de oro y plata que se importaban, y los billetes de emisión privada. No se sabía qué era la inflación, salvo por mentas de lo que ocurría en otros países del área. El déficit sólo se podía financiar con deuda pública, de modo que su volumen estaba acotado por el estado del crédito público. No había empresas del Estado y los monopolios legales eran desconocidos. No había límite legal a la tasa de interés, que sólo se hallaba regulada por la oferta y la demanda de crédito. Las relaciones laborales se gobernaban por la ley general, como todas las otras. No habíamos llegado aún a ser el "país modelo" de que hablaría Batlle y Ordóñez, el de la "legislación social avanzada", el de la "solidaridad", pero arribaban a nuestras costas barco tras barco cargados de inmigrantes. Con el tiempo llegamos a transformaros en un país de emigración y una inmensa diáspora creó colonias de uruguayos que prosperan y añoran en Australia, en Canadá, por todo el mundo. De la California del Sur nos transformamos en la Irlanda de América.

El presidente Sanguinetti, en declaraciones a este mismo medio, expresó días atrás: "El neoliberalismo ya pasó". Yo no sé bien qué cosa es el neoliberalismo, porque hay una conjura de los que usan la palabra para no revelarlo, pero me pregunto si no se habrá referido a aquel régimen de gran libertad económica que nos hizo tan prósperos en los viejos tiempos.

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