Se prepara una marcha para el lunes próximo, 20° aniversario de la muerte de Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz, bajo la consigna "Por la verdad, memoria y nunca más", con una variedad de patrocinios, políticos, sindicales y religiosos. Su desplazamiento suministrará una representación del movimiento que sus auspiciadores desean concretar hacia el conocimiento de la suerte corrida por las personas desaparecidas durante la represión de la guerrilla, a fin de que pueda guardarse de ellas debida memoria, y de tal manera se prevenga la repetición de hechos semejantes.
La memoria a que se aspira no es el simple recuerdo histórico, sino que debe entrañar el arrepentimiento de los culpables. Así lo ha expresado públicamente el senador Michelini. En análoga actitud, a propósito de la carta en que el capitán Jorge Tróccoli "asumió" ciertos hechos violen- tos, algunos dirigentes políticos echaron de menos en ella el sentimiento de culpa. Así, la ausencia de éste "horrorizó" al Dr. Alberto Volonté, conforme a palabras que recogió el semanario Búsqueda, mientras que el senador Hugo Fernández Faingold, según la misma crónica, equiparó críticamente la actitud del marino a la de los tupamaros, en tanto ambos parecen sostener: "No estoy arrepentido y si las circunstancias fueran iguales lo volvería a hacer." Esta conexión entre el caso de los guerrilleros y el de sus represores nos acerca al meollo de la cuestión.
Otra vía, esta dialéctica, que creo nos encamina hacia el centro del conflicto, está en la carta abierta de doce sacerdotes que se sitúan en aquel movimiento. En ella recurren a la historia de Caín y Abel para ilustrar su mensaje. Cuando el Señor le pregunta al asesino por su hermano, éste quiere usar la mentira por escudo. Pero la simbología me parece improcedente. El acto de Caín constituye un paradigma de la violencia gestada en el fuero íntimo del agresor, movida por pasiones inferiores, en aquel caso los celos y la envidia. Antes que ese relato del Génesis, habría que citar del mismo libro la admonición de Dios a Noé: "Si alguien mata a un hombre, otro lo matará a él" (9.6). Pero yo preferiría salirme del contexto bíblico e ir hacia la tragedia, o sea el género que se dedica a representar la desventura como consecuencia inevitable de los actos humanos, de la ceguera humana, a través de una causalidad misteriosa pero inexorable. En "Los Persas" de Esquilo es la soberbia de Jerjes la que destruye su ejército. En Hamlet son las dilaciones del príncipe en hacer justicia por la muerte de su padre las que terminan precipitando en el desenlace trágico, junto con los culpables, al inocente Polonio, a la dulce Ofelia.. En otras palabras, las transgresiones de los hombres tienen consecuencias que el hombre no puede gobernar. Por proclamar ¡nunca más! nadie evitó nunca el desenlace que la misma clase de ceguera inexorablemente debe engendrar.
En la década de los '60 un punado de idealistas confusos se propuso curar los males del país a fuerza de muerte y de terror. Y con ello pusieron en movimiento una concatenación de hechos que nadie habría estado en condiciones de evitar. "La lucha física", escribía en 1939 Aldous Huxley, "despierta inevitablemente en los que afecta directa y hasta indirectamente, sentimientos de odio, de temor, de ira y de resentimiento. En el calor de la lucha se desvanecen todos los escrúpulos; llegan a olvidarse todos los hábitos humanitarios y todos los sentimientos de clemencia que han necesitado, para formarse, el esfuerzo de generaciones enteras de seres civilizados." Nihil novum sub sole.
Pero hete aquí que ahora son legión los que pretenden que el odio, el temor, la ira y el resentimiento que se acumularon durante años y pudieron verterse por los conductos propios del estado de derecho, con minuciosa protección de los derechos humanos, y que el hecho de que predeciblemente se volcaran en una explosión de contraviolencia, justifica ahora una investigación sobre los detalles de ésta, y se proponen marchar reclamando memoria, de lo que la ley ha mandado olvidar. Tal vez no sepan que en griego "amnestia" significa olvido, pero no deben dejar de darse cuenta de que la pena moral que todavía pretenden aplicar a los culpables es una parte importante, para cierta calidad de hombres la principal, de la pena global, moral y física, que la República resolvió dejar de lado.
Comprendo que el olvido institucional que se aprobó no conlleve el personal de quienes son hijos, padres, esposos, hermanos, amigos, de los caídos, pero no creo que ellos comprendan a su vez que el intento de institucionalizar su memoria privada arriesga seguir haciendo rodar la rueda de la desventura. Ni imagino cómo sus deseos podrían ponerse en práctica. En todo caso, para mostrar cómo, les valdría la pena pedir ante todo que los tupamaros mostraran el camino, diciéndonos, desde los altos foros que ahora frecuentan, de las razones que tuvieron para asesinar a tanta gente inocente, cuyo recuerdo, ése sí, parece ya perderse en la niebla del pasado, y qué clase de arrepentimiento les turba hoy el sueño.