A raíz de un libro de Norberto Bobbio con el título que encabeza este artículo, editado recientemente en español, el mensuario El Estante, publicación bibliográfica auspiciada por la Cámara Uruguaya del Libro, en su número de junio, interrogó a varias personas sobre la vigencia de la dicotomía derecha-izquierda, entre las cuales me hizo la distinción de incluirme. Ello acercó el tema al foco de mi atención; de ahí mi tema de este sábado.
Para Bobbio, como para la mayoría de los entrevistados por El Estante, la distinción sigue en pie. ¿Cómo podría haber periclitado? El único cambio objetivo capaz de borrar su bicentenaria significación podría haber sido la implosión del imperio soviético y todo lo demás que se ha acordado simbolizar con la demolición del muro de Berlín. Es la tesis de Fukuyama: la historia por fin ha visto el fin de su dialéctico ir y venir; Hegel se apresuró a proclamar lo mismo, tomando el Rechstaat prusiano por la síntesis final, cuando en realidad ésta recién llegaría con el apogeo de la democracia liberal anglosajona, una vez superada la antítesis marxista. En efecto, la oposición derecha-izquierda es eminentemente histórica, algo así como una pulseada ideológica por ver quién puede inclinar hacia su lado el sesgo que haya de tomar la civilización. Culminada ésta, convertida en un orden perenne, el juego pierde su sentido.
El error de este enfoque radica en una indebida identificación de la izquierda con el marxismo. Es cierto que el fracaso del marxismo fue al mismo tiempo el del colectivismo, que los socialistas experimentan una atroz pérdida de identidad, y ya no tienen alternativa que proponer al sistema que cayó por el puro peso de sus propias carencias y de sus propios crímenes. Pero la izquierda no comienza con Marx ni con Lenin, ni es reducible al socialismo, y no existe otra manera de decidir sobre la actualidad de la distinción derecha-izquierda más que la de remontarse a sus orígenes.
No es lo que hace Bobbio. Sin justificarlo, en un libro por lo demás mediocre, Bobbio sugiere que es en la actitud de la gente respecto del valor igualdad que puede encontrarse la línea divisoria entre las dos actitudes. Entiende que las personas que pugnan en cada caso específico por mayor igualdad son de izquierda, y los que se contentan con menor igualdad de derecha; por ejemplo, porque otorgan a la libertad un rango mayor en la jerarquía de los valores, y perciben con más frecuencia una relación conflictual entre una y otra.
La tesis de Bobbio no pasa de ser una descripción borrosa de sus propias preferencias. Lo que puede admitirse es que la pasión por la igualdad ha estado de hecho entre los motores emocionales más fuertes para los hombres de izquierda. Pero no es la única pasión que ha encendido a los de esa tendencia, ni existe frente a ella una pasión singular y adversa capaz de caracterizar a las derechas.
No hay otro camino, como decía, que no pase por remontarnos a las fuentes. Todo empieza con la Revolución Francesa, y no sólo en tanto los dos términos tienen su origen en el lugar de la sala de sesiones donde se sentaban moderados y radicales en las asambleas de aquel señalado episodio. Aunque la conformación humana de una y otra ala van cambiando a lo largo de tan agitados tiempos, la división ideológica se adhiere consistentemente a la física, y la terminología de derecha-izquierda ya соmienza a usarse; pero, como decía, no se trata sólo de eso: la naciente izquierda introduce en el ámbito político ideas nuevas sobre la esencia del hombre y de la sociedad, que extrae ante todo de su filósofo favorito, Jean-Jacques Rousseau. Ideas que proponen una nueva teoría del mal en el ámbito social, absolviendo de cargos al respecto a la naturaleza humana, anteriormente tenida por corrompida por el consenso de los fundamentos judeo-cristiano y clásico de la civilización occidental, y pretendida ahora esencialmente buena. Por lo que el mal, para esta nueva manera de ver, debe presumirse encarnado en el entretejido artificial de las instituciones, y por lo tanto, por más que refractario a la corta, debe ser evanescente a la larga.
Lo que significa que los esfuerzos para desalojar el mal de su bastión institucional tienen el éxito asegurado. Por eso es que los movimientos izquierdistas se autodenominan con tanta frecuencia progresistas. Y con razón: no porque sean partidarios del progreso -eso lo es todo el mundo- sino porque creen haber descubierto una cortada que conduce a él de manera directa y segura, si sólo pueden conquistar el poder.
Al erigir a Rousseau como el padre intelectual de la izquierda, ¿qué papel le dejo a Marx? A mi modo de ver el marxismo no es más que una herejía rousseauniana perimida. Una herejía al mismo tiempo trágicamente desafortunada, que contribuyó decisivamente a hacer del siglo XX probablemente la centuria más desgraciada de la historia de Occidente, y sin duda la más sangrienta. Pero, con sólo esbozar lo que estimo esencial sobre la izquierda, no me ha quedado un mero resquicio para insertar media palabra sobre la derecha. En una próxima oportunidad ha de ser.