Por desgracia las palabras liberalismo y conservadurismo, indispensables en teoría política, poseen acepciones proteicas, fuente de innumerables confusiones. Una de ellas es la que se ha suscitado sobre la postura política de Friedrich von Hayek. Este escribió un ensayo titulado Por qué no soy conservador, utilizando el concepto europeo tradicional, que podría asociarse con las posiciones, digamos, de Disracli y Bismarck, caracterizado por una generalizada resistencia al cambio y una aproximación a la izquierda en materia de política social. Pero al mismo tiempo, después de haber señalado que se autodenomina liberal cada vez con mayor aprehensión, en virtud de la ambigüedad que el término ha cobrado, concluye: "Lo que soy es un recalcitrante old Whig". La misma definición que Burke había dado dos siglos antes de sí mismo.
Hayek suele ser considerado economista, porque recibió el Premio Nobel de Economía, pero desde los años de la guerra se ocupó fundamentalmente de teoría política, y cuando, hecha la paz, fue a trabajar a la Universidad de Chicago, lo hizo en la Facultad de Filosofía. Su gran contribución en ese campo fue una teoría de los érdenes espontáneos. La idea madre la tuvo de su formación inicial como economista, porque el orden en los sistemas económicos no proviene del designio de nadie, aunque sí de los actos de innumerables hombres y mujeres, moviéndose en el plano de los mercados, cada uno persiguiendo objetivos propios, pero combinando inconscientemente sus esfuerzos de manera de plasmar una totalidad provista de sentido. La misma que Adam Smith describió con la metáfora de la mano invisible. Hayek expandió esta visión seminal en la dirección de los demás órdenes sociales: el lenguaje, la moral, el derecho, los usos: todos surgidos de la colaboración espontánea, no deliberada, de infinitos agentes; de la acción de todos ellos pero del designio de nadie, como le placía a Hayek repetir usando las palabras de Adam Ferguson, tocayo, contemporáneo, colega y coterráneo de Adam Smith. La última conclusión que Hayek extrajo de sus investigaciones fue que la civilización misma -algo así como la síntesis de todos estos órdenes, por lo que se refirió entonces a extended orden, orden extenso- igualmente surgía de la cooperación no deliberada, espontánea, de numerosísimos agentes.
Es obvio que las implicaciones de semejante tesis son profundamente conservadoras. Basta compararla con los aforismos más representativos de la izquierda. Por ejemplo, el muy conocido de Voltaire: "¿Queréis tener leyes buenas? Pues entonces, quemad las actuales escribid otras nuevas." O la propuesta de Rabaut de St. Etienne, una de las luces de la Asamblea Constituyente: para hacer la felicidad del pueblo francés "hay que renovarlo; cambiar sus ideas, cambiar sus leyes; cambiar sus costumbres: ..cambiar los hombres: cambiar las cosas; cambiar las palabras:...destruirlo todo; sí destruirlo todo, porque todo debe ser recreado."
Este voluntarismo radical sería, en efecto, estrictamente imposible si las instituciones sociales tuviesen origen dentro del anonimato de la espontaneidad social. Las ideas revolucionarias resultarían, mejores o peores, sencillamente incumplibles. O si no de efímera implantación. De la propia revolución francesa decía Tocqueville que su construcción estaba hecha con los escombros del antiguo régimen, y lo que queda de la gran ilusión bolchevique está a la vista.
¿Por qué entonces el espíritu revolucionario? Es un resultado de la modernidad. Descartes, geómetra antes que filósofo, enseñó al hombre moderno a pensar, y con ello le abrió las puertas del progreso científico que no cesa de maravillamos. Pero no le previno -ni tomó él mismo conciencia de ello- que esa potentísima razón tenía sus límites. El hombre moderno se puso a pensar a la manera de los geómetras sobre las cuestiones sociales y cayó en la soberbia de creer que podía diseñar una sociedad nueva, una civilización distinta, con el mismo instrumento que usaba para construir un edificio. De ahí viene el espíritu revolucionario. Hayek dirá que representa la hubris de la razón, con la palabra griega que designa la arrogancia del hombre cuando ignora su verdad condición y sus limites.
El énfasis de Hayek es sobre la enorme complejidad del orden extenso, y la insensatez de atribuirse la capacidad para destruirlo y recrearlo según los dictados de su razón. Una conocida imagen de Burke viene a cuento. Un hombre que ni sueña con desarmar su reloj para repararlo, no se inmuta ante la idea de hacer tabla rasa de una sociedad-un ente infinitamente más complejo- y volver a construirla conforme a los planos que su razón ha dibujado. Los órdenes espontáneos están en incesante transformación. El reconocimiento de ello es la marca de todo conservador inteligente. La memoria de todo ese devenir histórico de cambio insensible y anónimo es lo que llamamos tradiciones. Ellas representan el fundamento sobre el cual la civilización se apoya. Hayek denuncia el ataque, en nombre de la razón, a esas tradiciones, en gran medida morales y religiosas, en cuya supervivencia hoy problemática nuestras libertades reposan.