Ortega y la razón histórica

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COMO EL IRLANDÉS BURKE Y ELVIENÉS HAYEK, EL ESPAÑOL ORTEGA Y GASSET DEDICÓ BUENA PARTE DE SUS EMPEÑOS A BUCEAR EN LOS TEMAS CLAVE DE LA DERECHA PARADIGMÁTICA Y OPONERSE, POR ENCIMA DE TODAS LAS COSAS, AL VOLUNTARISMO.

Los temas de lo que he llamado la derecha paradigmática no son muchos: la espontaneidad social como agente del devenir histórico, en lugar de la razón pura; el rechazo, por consiguiente, de la revolución general, que quiere hacer tabula rasa de todas las instituciones existentes y construir, allí donde había imperado el error inveterado, un orden nuevo, salido de la cabeza del hombre: la estima de las tradiciones como fundamento de la civilización, y de las convicciones que de ellas tenemos, sin someterlas al tribunal de la razón: es decir, de las creencias y prejuicios legados por nuestros mayores; en síntesis, la idea de que el hombre es, ante todo, heredero.

Esos temas, lo mismo que a través del irlandés Burke y el vienés Hayek, del que pude ofrecer atisbos los dos últimos sábados, los encontramos en el español José Ortega y Gasset. La obra de los tres se sitúa en el intervalo de dos siglos. El primer libro de Burke sobre esta materia data de 1790; el último de Hayck aparece en 1988; Ortega llega a la madurez de su pensamiento en el mismo terreno cosa de medio siglo antes que Hayek. Antes de 1790 no han de buscarse otras obras de este género, porque ya sabemos que el pensamiento conservador surge dialécticamente frente al hecho de la Revolución Francesa y su apologética. Y sabemos asimismo que una toma de posición adversa al respecto desempeña un papel clave en la definición politica de un autor. Oigamos a Ortega y Gasset sobre aquel señalado episodio, a la vez que sobre el racionalismo y las distintas clase de razón:

Tres siglos de experiencia racionalista nos obligan a recapacitar sobre el esplendor y los límites de aquella prodigiosa raison cartesiana. Esa raison es sólo matemática, física, biológica. Sus fabulosos triunfos sobre la naturaleza... subrayan tanto más su fracaso ante los asuntos propiamente humanos e invitan a integrarla en otra razón más radical, que es la “razón histórica”. 

Esta nos muestra la vanidad de toda revolución general, de todo lo que sea intentar la la transformación súbita de una sociedad y comenzar de nuevo la historia, como pretendían los confusionarios del 89.... Las revoluciones, tan incontinentes en su prisa, hipócritamente generosa, de proclamar derechos, han violado siempre, hollado y roto, el derecho fundamental del hombre, tan fundamental que es la definición misma de su sustancia: el derecho a su continuidad.

Porque el hombre -Ortega no se cansa de recordamos- es antes que nada heredero. Su cualidad definitoria, frente a los monos superiores, más aún que su inteligencia, es su memoria. Del pasado le vienen al hombre sus creencias, que forman el capital sobre el cual vive. Por contraste, sus ideas, vale decir, las criaturas de su propio discurrir, apenas si encuentran lugar entre los resquicios de las creencias. Por eso la negación del pasado, aparte de ser crasa ingratitud, lleva en sí la semilla de su propia frustración: porque el pasado es el natural del hombre y, negado, regresa al galope.

De ahí la significación de la historia. "La historia es la realidad del hombre", nos asegura, "no tiene otra." Y usar el pensamiento abstracto, propio del geómetra, para diseñar una sociedad nueva, es faena estéril. Es la definición de la utopía: "una idea forjada sin otra intención que la dehacerla perfecta como idea, cualquiera que sea su incongruencia con la realidad." Por ello la vanidad de todas las revoluciones. Pero por ello también - por el enamoramiento del hombre moderno, cartesiano, con la razón pura, antihistórica- la tenacidad del espíritu revolucionario ante la secuencia de sus frustraciones. "Cada revolución se propone la vana quimera de realizar una utopía... El intento, inexorablemente, fracasa. El fracaso suscita el fenómeno gemelo y antitético de toda revolución... (Pero) el entusiasmo por la razón pura no se siente vencido y vuelve a la lid. Otra revolución estalla…

Y así sucesivamente. Aunque aquel entusiasmo no es indestructible. Ortega entrevé, hacia el fin de los años '30, el ocaso de las revoluciones. La gente termina comprendiendo el error que había en su fervor por un episodio político. Comprende que de la política en general estaba demandando demasiado, que "la política no es cosa que pueda ser exaltada a tan alta jerarquía de esperanzas y respetos. El alma racionalista la ha sacado de quicio esperando demasiado de ella.”

Lo que es razonable pedirle a la política es la corrección de esto o aquello en la realidad social que nos perturba y es susceptible de mejora. Así entendía las cosas el hombre medieval. El se sublevaba contra los abusos de un régimen. El hombre moderno se rebela contra los usos. "En nuestro tiempo... el ciudadano que sufre un pisotón siente profunda ira, no contra el pie que le ha pisado, sino contra la arquitectura total de un universo donde los pisotones son posibles." Y trata de cambiar ese mundo y sustituirlo por otro en que todo sea racional y perfecto.

Para salirse fuera de la cadena de ilusiones y decepciones, violencias y contraviolencias, e infinitos padecimientos de todo orden y ningún fruto, que la era de las revoluciones nos ha deparado, se precisa una nueva manera de pensar. Una revalorización del pasado es el prerrequisito para no caer en las trampas del racionalismo. Para éste la historia no es más que la historia de los errores humanos, sólo evitables por los métodos físico matemáticos. Estos deben dejar paso a una razón de índole narrativa. "Para comprender algo humano, personal o colectivo es preciso contar una historia. Este hombre, esta nación hace tal cosa y es así porque antes hizo tal otra y fue de tal otro modo. La vida sólo se vuelve un poco transparente ante la razón histórica. 

Aparte de una temática común, José Ortega y Gasset comparte algunos otros rasgos con Edmund Burke y Fritz Hayck. Ninguno de los tres basa su rechazo de la izquierda en un repudio de sus ideales. ¿Liberté, égalité, fraternité? Pues, ¡qué bien! Pero, ¿cómo van a lograrlo ustedes? Y los tres habrían repetido poco más o menos las mismas razones para advertir a los revolucionarios que de buenas intenciones está empedrado el infierno, que la realidad posee estructuras mucho más rígidas de lo que ellos alegremente suponían, que si todo fuese tan fácil, ya lo hubiese hecho alguien antes que ellos. El mensaje que en conjunto llevan un par de siglos tratando de trasmitir al mundo es esencialmente un mensaje antivoluntarista. No penséis, han advertido infatigablemente, que la realidad se mostrará plástica ante vuestros deseos. Si amáis a la humanidad, no perdáis de vista que sois sólo hombres: no olvidéis vuestros límites; cuidaos sobre todo de la vanidad y de la soberbia.

Al comenzar esta serie de tres artículos que hoy concluye, me referí a la "derecha paradigmática" en el sentido de ser la que se distancia máximamente de la izquierda. No dije que fuera la derecha más característica, ni la única. Ese vacío procuraré suplirlo a partir del sábado próximo.

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