El Fascismo

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NO POCAS VECES SE HA IDENTIFICADO AL FASCISMO CON LA EXTREMA DERECHA Y AL COMUNISMO CON LA EXTREMA IZQUIERDA. EMPERO, CUALQUIER ANÁLISIS SERIO DE LA REALIDAD NO PODRÁ SINO CONCLUIR QUE ENTRE EL FASCISMO Y EL COMUNISMO EXISTEN MUCHAS MÁS SEMEJANZAS QUE DIFERENCIAS.

Suele sostenerse que el fascismo -en el sentido amplio que abarca su variante alemana- representa la extrema derecha. Esto sólo puede aceptarse a condición de que el adjetivo se entienda en el sentido en que es cierto que los extremos se tocan. En efecto, dentro de la misma concepción de la gama de posturas políticas se coloca en el extremo izquierdo al comunismo, y entre fascismo y comunismo las semejanzas predominan claramente sobre las diferencias.

Permítaseme regresar una vez más al término de referencia básico en esta materia, a saber, la Revolución Francesa, En función de aquel episodio axial se distinguen dos posiciones fundamentales. De conformidad con los partidarios de la revolución, ésta puede depararle a la humanidad un nuevo punto de partida, que ponga fin a su infortunio. Este proviene de instituciones que se moldearon mientras el oscurantismo reinaba. Luego que la Ilustración levantase el velo que ocultaba las obras de la superstición y la tiranía, de la cruz y la espada, el hombre -bueno al nacer según Rousseau, mentor de los revolucionarios- podía tomar en sus manos su propio destino y hacer la felicidad de todos. Frente a este radicalismo suscitóse el conservadurismo de Burke. El hombre es ante todo heredero. Por un proceso tan lento como espontáneo, ha construido las instituciones que funtamentan sus libertades y posibilitan su prosperidad. Destruirlo todo para erigir una utopía sobre las ruinas no es otra cosa que cortejar la servidumbre y la miseria. El espíritu de reforma es la clave del progreso; el de revolución, de la catástrofe.

De ahí los conceptos básicos de izquierda y derecha. Luego viene Marx y antes de él Hegel. Para ambos la historia sigue un derrotero predeterminado a través de la lucha de los opuestos y su superación. Para el segundo los opuestos que se enfrentan son ideas, y la culminación ha llegado ya bajo la forma del estado de derecho, del que Prusia se ha convertido en el paradigma. Por lo tanto las implicaciones de su doctrina son conservadoras. Para Marx, en cambio, son las clases sociales las que luchan entre sí, y sólo dejarán de hacerlo cuando esa dialéctica materialista (por oposición a ideológica) haya desembocado en la sociedad sin clases, alumbrada por el triunfo de la clase universal, el proletariado, a cuya dictadura transitoria la historia depara la tarea de dar los últimos toques a la sociedad en que todos serán libres e iguales. Marx, entonces, veía a burgueses y proletarios enfrentados para la lucha final, cuyo desenlace revolucionario se aproximaba inexorablemente. La burguesía había desempeñado una tarea notablemente creativa en el desenvolvimiento de las fuerzas productivas, pero ya había entrado en la fase en que sus contradicciones internas la volvían más una rémora que un agente de progreso. La revolución vendría allí donde la burguesía hubiese alcanzado un grado máximo de desarrollo, tal vez en Alemania. Desde su punto de vista izquierda significaba la posición de quienes comprendían y saludaban la inevitabilidad de la revolución obrera, la derecha la de quienes querían evitarla o retardarla todo lo posible. Marx murió en 1885, abrigando la certeza de que el gran acontecimiento estaba próximo. Pero un par de décadas más tarde estalló la Primera Guerra Mundial y empezaron a acontecer cosas nada fáciles de ubicar en ninguna cuadrícula de su teoría.

La primera es que la primera revolución marxista no se plasmó en Alemania, ni en Inglaterra, ni en ninguno de los países industrialmente avanzados, sino en Rusia, predominantemente rural y ubicada en la periferia del capitalismo. La primera actitud de los revolucionarios consistió en considerar que aquello no era más que el comienzo de una revolución de proporciones mundiales, pero finalmente Stalin desde el poder proclamó la doctrina del socialismo en un solo país, al tiempo que excomulgaba a su contradictor Trotsky Cantes de mandarlo asesinar). En segundo lugar, lo que tiene que ver directamente con el tema de hoy, aparecieron en Europa dos movimientos políticos llamados a desempeñar papeles históricos de gran significación, que no se identificaban ni con los burgueses ni con los proletarios: el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán: con lo cual el gran conflicto ya no podía representarse con las líneas paralelas de dos ejércitos listos para librar batalla, sino que debía recurrirse a un triángulo, sin que fuese fácil prever quién iba a combatir contra quien.

La actitud marxista, como era de esperarse, consistió en asimilar los movimientos fascistas al capitalismo, explicándolos por una cadena de reacciones contra la toma del poder por los bolcheviques en 1917. Por su carácter combativo, porque sus fuerzas paramilitares entraron en choque abierto con las fuerzas paramilitares comunistas, tanto en Alemania como en Italia, el bando marxista consideró al fascismo su enemigo frontal, e hizo del antifascismo el movimiento que le permitió acercar a sus filas a incontables personas horrorizadas por lo que Mussolini y Hitler representaban como amenaza del retorno a la barbarie, mientras que el pisoteo de la libertad por los bolcheviques se veía, a través de lentes marxistas, por más que quienes los usaban no lo fueran, como una mera transición hacia una sociedad auténticamente liberal e igualitaria.

Esa es una falsificación radical de lo que el fascismo representó. Por de pronto, deja de lado el origen de Mussolini desde el socialismo radical. Su título de duce data de 1912, cuando lideró una acción revolucionaria junto a Pietro Nenni. Es su forma de ver la guerra la que lo separa del socialismo ortodoxo. En realidad, tanto el fascismo como el bolchevismo son hijos de la guerra, en tanto aprovechamientos paralelos del conflicto tanto por parte de Lenin como de Mussolini, el primero sacando de él a Rusia, el segundo haciendo que Italia entrase. Como escribe François Furet: "Bolchevismo y fascismo se siguen, se engendran, se imitan y se combaten, pero ante todo nacen del mismo suelo, la guerra: son hijos de la misma historia... transportan a la política el aprendizaje adquirido en las trincheras: la costumbre de la violencia, la simplicidad de las pasiones extremadas, la sumisión del individuo a lo colectivo, por fin la amargura por los sacrificios vanos o traicionados.”

Y los une además, a fascistas, nazis y bolcheviques, el odio por la democracia liberal. Es cierto que los dos primeros contemporizan con partidos tradicionales para tomar el poder, pero no por ello dejan subsiguientemente de eliminarlos. Y sobre todo los une una nueva concepción del Estado: el totalitarismo. El término es de origen italiano. Desde 1925 Mussolini exalta frente a sus camisas negras "nuestra feroz voluntad totalitaria". Se trata, en Rusia, en Italia, en Alemania, de tiranías o despotismos, pero no sólo de eso. No es solamente que haya déspotas que están por encima de la ley, también hay un Estado que controla la vida social a través del terror de una manera nunca antes imaginada.

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