El Neoliberalismo y los Jesuitas

Descargar PDF

A JUZGAR POR UNA RECIENTE DECLARACIÓN DE LOS PROVINCIALES DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS, A LOS JESUITAS DE AMÉRICA LATINA EL NEOLIBERALISMO NO PARECE GUSTARLES DEMASIADO. MÁS BIEN NADA. AUNQUE BIEN PODRÍA PENSARSE QUE, EN VERDAD, NI SIQUIERA SABEN BIEN DE QUÉ SE TRATA.

A los jesuitas latinoamericanos no les gusta el neoliberalismo. Por el momento no saben bien de qué se trata, como veremos en seguida, pero ello no obsta para que les conste que es abominable. En una declaración de los provinciales de la Compañía de Jesús en América Latina aprobada en noviembre y publicada en diciembre bajo el título “Sobre la cuestión del neoliberalismo” se sostiene que es una concepción económica que subordina al mercado “la vida de las personas, el comportamiento de las sociedades y la política de los gobiernos”. Se sostiene además que “detrás de la realidad económica que suele llamarse neoliberal hay una concepción del ser humano que juzga la grandeza del hombre y la mujer según la capacidad de generar ingresos monetarios”; asimismo que ella “exacerba el individualismo y la carrera por ganar y poseer” y “en muchos casos desata la codicia, la corrupción y la violencia”. A esta altura no sorprenderá a los lectores oír que las políticas inspiradas en esta concepción desembocan en “una realidad contraria a la obra del Creador”. Y se encuentran en el documento muchas otras aseveraciones por el estilo. Búsqueda publicó de él una reseña en su edición del 26 de diciembre.

¿Por qué afirmo que los autores de la declaración no saben por el momento de manera cabal en qué consiste el objeto de sus vituperios? Pues, ante todo, porque ellos mismos lo dicen. En efecto, la declaración nos hace saber que los jesuitas de nuestra región se aprestan a estudiar “a fondo el neoliberalismo… y descubrir su racionalidad y sus supuestos éticos”. No nos aclaran cómo es posible que antes de examinar la cuestión a fondo –por tanto, hasta ahora, ¿sólo superficialmente?, ¿en ningún grado?– se sientan en condiciones de asegurar cosas tantas y tan categóricas sobre el objeto de sus futuras investigaciones. Pero es la suerte del hombre vivir rodeado de misterios, y éste es sólo uno de ellos.

Mas no sólo por eso digo que los autores de la declaración ignoran por el momento acerca de qué cosa están declarando. También por otras razones, de las cuales en esta ocasión señalaré sólo unas pocas. En primer lugar, la declaración afirma que el neoliberalismo es una doctrina económica. Esto hace sentido si colegimos de su origen etimológico que el neoliberalismo es una construcción teórica emanada del viejo liberalismo. En este sentido recordamos la escuela clásica de economía política, llamada asimismo “escuela liberal”. Podíamos entonces imaginar que por “neoliberalismo” debe entenderse la doctrina de los economistas que hoy en día se sienten en comunión intelectual con Adam Smith, con David Ricardo, con Thomas Malthus, con John Stuart Mill… Surge, sin embargo, un obstáculo insalvable: los autores mentados por los jesuitas profesan una doctrina materialista y desalmada; los creadores de la escuela liberal abogaron por todas las causas humanitarias y populares: contra la esclavitud en las colonias, contra el imperialismo, contra la intervención en el mercado de trabajo para contener la suba de salarios (que los mercantilistas habían promovido), contra los monopolios, contra el asesoramiento de los gobiernos por los empresarios, todo al revés de los diabólicos doctrinos contra quienes embisten los provinciales.

Con lo que debemos inferir que el prefijo “neo” dice más de lo que parece. Tiene que haber habido en algún momento una escisión cualitativa en la corriente de pensamiento liberal, de modo que su curso se invirtió totalmente. Será por eso, continúa uno discurriendo, que la declaración no incluye nunca el vocablo “liberal” a secas: porque el liberalismo de antaño –el paleoliberalismo– no nos instruye nada sobre el liberalismo de hogaño. De ahí debe ser que a los provinciales no se les queda en el tintero el prefijo ni una sola vez.

Entonces el hilo histórico que debía conducirnos fuera del laberinto se corta. Y con ello la interpelación a los provinciales se vuelve irreprimible: “¿Quiénes son neoliberales? ¿Cómo se llaman? Decidnos dónde están para que también nosotros vayamos a vituperarles”. Pero nada, ni una palabra. Los jesuitas no sueltan prenda.

Debo confesar que este género de frustración no me es novedoso. Cosa de un año atrás me planteaba yo igual cuestión a propósito de un número de la Revista del Instituto Fernando Otorgués (brazo académico del FA) que, bajo el título general de “Alternativas al neoliberalismo”, recogía artículos de seis autores provenientes de cinco países latinoamericanos, y en sus 126 páginas ninguno de los seis complementaba su visión del pensamiento neoliberal –muy semejantes todas, por otra parte, a la de los provinciales– con el nombre de uno siquiera de los teóricos de aquél. Eso sí, en aquella ocasión me parecía encontrar una pista para resolver el enigma en el artículo de nuestro compatriota Antonio Elías, donde se lee: “Existe una saturación del término neoliberal, dado que ése se fue simultáneamente ampliando en contenido y vaciando en esencia. El uso del concepto neoliberalismo fue abarcando todo aquello que no se comparte…” (énfasis mío). ¡Acabáramos!, me dije: es un concepto construido, un par dialéctico de las convicciones de la izquierda; el neoliberal es un hombre de paja, por eso es que no pueden nombrar a ninguno.

Naturalmente, no estoy afirmando que el neoliberal de los jesuitas sea el mismo hombre de paja de la revista del FA. Ni podría ni quiero hacerlo, penoso como me sería atribuir deshonestidad intelectual a miembros de la Compañía de Jesús. Pero de reprocharles apresuramiento no puedo abstenerme. Presuntamente han tenido acceso a la literatura a que pertenece aquel volumen, sin duda abundantísima, y han saltado a la conclusión de que el sujeto de tantas sentencias apodícticas no podía dejar de ser real; que los tan mentados hombrecillos satánicos, dedicados a empobrecer las masas, no podían ser imaginarios; que de hecho hay seres que piensan que el valor de gente hecha de la misma sustancia que San Francisco y Buda, Sócrates y la Madre Teresa es conmensurable con el saldo de sus cuentas bancarias. Y se lanzaron a formular la declaración de marras sin consultar las fuentes originales. San Ignacio no debe estar orgulloso de ellos.

Ahora sólo queda que después del estudio a fondo que han prometido vuelvan a emitir una declaración, esta vez sobre algo del reino de la realidad y no del submundo de los hombres de paja. Así como todos los provinciales se enteraron un día de que los Reyes Magos son los padres, es hora de que tomen conciencia asimismo de que los neoliberales son de hecho los antiliberales que quieren denostar y refutar al liberalismo, y con tal fin construyen conceptos que se refutan solos porque están hechos para eso. Sobre el liberalismo actual –que es lo único que “neoliberalismo” puede significar, una corriente que sigue en comunión intelectual con los grandes maestros clásicos– debe haber mucho de crítico que pueda decirse, pero lo que no se puede hacer es fraguar una falsificación radical de su contenido y discurrir a partir de ella.

Vista previa del documento