En la edición de la revista “Tres” del 7 de febrero, los señores Emiliano Cotelo y Javier de Haedo me hacen la distinción de registrar su discrepancia con la mayoría de su Consejo Editor, que integran, cuyo editorial de una semana atrás me habría atacado dura e innecesariamente. Allí, según expresan, a propósito de mi comentario a la columna del Sr. Mauricio Rosencof en que se ocupaba del contador Enrique Braga, de enero 17, se duda de mi liberalismo, se me trata de “prejuicioso”, se imputa a mi carácter de tal el sesgo con que leí aquel artículo y se me critica por haber escrito “embriagado por (mi) mesiánica elocuencia.”
Agradecido como estoy por su fina sensibilidad y halagado por haber sido protagonista durante dos semanas consecutivas en la página de opinión de un medio de la enjundia de “Tres”, debo decir a Cotelo y de Haedo que no era imprescindible su intervención. En verdad, mi propio comentario había sido duro, y, según el saber popular, donde las dan, las toman. Ninguno de los conceptos de aquel editorial, por otra parte, me resulta ofensivo. Su autor duda de mi liberalismo. Y no le falta razón: de acuerdo con la que sospecho sea su idea de liberalismo, es casi seguro que yo no sea “liberal”. Este va a ser mi tema central de hoy, pero debo completar el pensamiento en que me hallaba embarcado. En cuanto a ser prejuicioso, no niego serlo en alguna medida. No he tenido aún tiempo de someter al débil filtro de mi razón todos los principios que aprendí en mi infancia y adolescencia, y sigo apegado a muchos de ellos, por más que, al anteceder al juicio informado y razonado, sean stricto sensu prejuicios. Admito que la repulsa moral que me suscitó el artículo del Sr. Rosencof tenga que ver con algunos de esos prejuicios; sin ir más lejos, con el prejuicio que dice que todo hombre se presume inocente hasta que se le prueba culpable, y el prejuicio según el cual la prisión es un mal necesario en el estado de la ciencia criminológica, у que disfrutar con el encarcelamiento de cualquier culpable, y no digo nada del inocente, o presunto inocente, sólo cabe en los espíritus llenos de odio y resentimiento. En cuanto a lo de “elocuencia mesiánica”, confieso que me gratifica lo primero, y creo entender lo segundo: denotaría que escribo como quien cree firmemente en lo que sostiene, y tal vez siente algo parecido a una misión que cumplir; o sea alguien un tanto inadaptado a su medio y a su tiempo. Y tampoco puedo negar que esto sea en alguna medida verdad.
Pero vayamos a lo del liberalismo, que ha de interesar más a los lectores que mis dimes y diretes con un medio de prensa. Hay una concepción según la cual el liberal es alguien que pugna por que sea lícita la difusión de todas las ideas, cuando está en el llano, y asegura esa licitud cuando está en el poder, porque –aquí viene el detalle crucial– el hombre no tiene medio de saber cuál de ellas tiene razón y de hecho su condición le ha instalado en un eterno relativismo. Los sostenedores de esa posición llaman despectivamente “dogmático” a quien cree que la verdad puede distinguirse con certeza del error y la virtud del vicio, y le ven como una amenaza a la libertad, porque, ¿quién querría permitir la difusión de ideas falsas y la práctica de actos reprobables?
El lector puede encontrar una exposición de esta tesis en dos brillantes ensayos de Heber Gatto aparecidos en “Cuadernos de Marcha” en abril y mayo de 1995. Aunque centralmente dedicados a defender el liberalismo de la democracia ateniense, toca aquel tema al remontarse a los orígenes de la libertad en el Ática. Y cree encontrarlos en el aporte de los sofistas, a quienes llama “paleoliberales”. La misión de estos habría sido la de someter las virtudes tradicionales –temperancia, coraje, sabiduría y justicia– a la acción trituradora de su dialéctica. Cuando ya nadie creía en nada, las condiciones para el surgimiento de las instituciones liberales quedaron dadas. Desde esa perspectiva, naturalmente, la labor de Sócrates y Platón, que consistió en construir para las viejas virtudes tradicionales, que irremisiblemente habían dejado de serlo, una nueva base, ésta racional, pudo verse como anti liberal. Gatto escribía: “…Sócrates, por más que renovara el método de acceso a la virtud, seguía aferrado al mundo moral tradicional de la polis; se oponía al relativismo ético soteniendo la objetividad de los viejos valores que definían la virtud;…defendía la religiosidad y la piedad ciudadana…y confiaba más en la razón y en el constructivismo ético, de lo que haría cualquier liberal.” (Énfasis mío).
Triste me parecería el fundamento de la libertad si hubiera que construirla sobre el relativismo de los que no creen en nada con firmeza. Triste y débil, como lo muestra la historia. Los hombres que no creen en nada son presa fácil de la fuerza. Cuando Jesús dijo a Pilatos “Todo el que es de la verdad oye mi voz”, éste le respondió “¿Qué es la verdad?” y no se quedó a esperar respuesta, porque su relativismo descartaba que la hubiera. Y terminó cediendo a la presión de la multitud, que pedía su muerte. “No encuentro falta en él”, les dijo, pero terminó entregándoselo. Después de todo, ¿qué era la verdad? O la justicia.
En la antigüedad, la libertad basada en el escepticismo de los sofistas degeneró rápidamente en una dictadura de las mayorías y ésta, igualmente inestable, en simple tiranía. En occidente la libertad se abre paso en las ciudades medievales y de ahí en adelante, por un camino no exento de dificultades, ni de fases oscuras, pero que, en la medida que llevó adelante las instituciones hacia el estado de derecho, culminación política de la libertad, primera en seis milenios de civilización, se basó en la creencia de una ley superior a la del Estado. No importa la firmeza con que alguien abrazara sus convicciones, una ley inquebrantable le inhibía de tratar de imponerla por la fuerza a los demás, cualquiera fuera la magnitud de su poder. Y sólo le dejaba expedita, a él poderoso y a todos los demás, la senda de la persuasión. En la antigüedad, donde la ley superior sólo supo basarse en su carácter inveterado (recordar Antígona), los límites del Estado y el derecho terminaron por confundirse y el árbol de la libertad nunca pudo cobrar frondosidad. Fue preciso esperar al aporte judeo cristiano de un nuevo fundamento para la ética, un fundamento religioso independiente del Estado, para que la planta de la libertad pudiese echar hondas raíces y extender sus ramas hacia crecientes regiones del mundo.
Para mí el liberalismo se fundamenta en esta concepción. Para la cual, que una publicación dé cobijo en sus páginas a un amplio espectro de escritores –digamos, de ex guerrilleros en la extrema izquierda hasta algún punto de la derecha en que ésta deja de ser politically correct– no constituye un síntoma de liberalismo. O del liberalismo al que yo me afilio, por lo menos. Pero es obvio que, al revés, para una publicación tal, alguien que crea firmemente en los valores que defiende y se sienta herido por escritos que agreden esos valores y exprese con calor su reprobación, no sea un liberal. Como decían los escolásticos, sobre definiciones no hay lugar a discusión.