Pienso que aguardan al país horas difíciles. Lo dije desde esta página hace dos o tres semanas y ahora querría fundamentar mi pronóstico.
Encuentro las razones de mi inquietud en nuestro presente, en nuestro pasado cercano y en la similitud entre nuestro presente y aquel pasado de los tiempos que gestaron la crisis de nuestra institucionalidad y nos sometieron a un gobierno de facto por una docena de años.
Creo detectar el parecido en la pasión colectiva por el castigo de quienes muchos estiman ser los causantes de sus males. Día tras día la primera plana de los diarios nos cuenta quién está siendo ahora citado a comparecer ante el juez Penal. Varios magistrados son figuras grandemente populares, más fotografiados que las estrellas de cine y los jugadores de fútbol. Las noticias en alta proporción se refieren a interrogatorios y careos, a pericias y a nuevos indagados. La crónica roja se funde con la página política. Esta historia ya la vivimos antes en Uruguay. En el número 4 de “Búsqueda” yo escribía:
“…el pueblo desfila por la plaza pública contemplando estos prodigios de perversidad presos en los cepos, mientras los conjuntos folklóricos entonan canciones de protesta pidiendo para ellos castigos más ejemplarizantes aún. No podemos dejar de preguntarnos si el pequeño, en apariencia intrascendente, sacrificio expiatorio, no terminará surtiendo, como el encantamiento del aprendiz de brujo del cuento, consecuencias imprevisibles e indominables.”
¿Fecha? Abril de 1972, cosa de un año antes del golpe de Estado. Como ejercicio de periodismo profético no está nada mal (modestia aparte). Lord Acton, el gran historiador inglés, hablaba de la “función profética de la historia” y en un ensayo titulado “Previsión de la Revolución Francesa” proporcionó ejemplos notables sobre cómo hombres de los más diversos orígenes intelectuales –clérigos, literatos, filósofos, políticos– predijeron aquel trágico episodio con considerable antelación. Mi favorito, al que deberé limitarme por la tiranía del espacio, es el que nos habla de la profecía del abate Beauvais, más tarde obispo de Sénez, predicando en Versalles en la cuaresma de 1772. Ante Luis XV y sus cortesanos, anunció que un tremendo castigo aguardaba a Francia. Y dijo: “No habrá más superstición, porque no habrá más religión; ni falso heroísmo, porque no habrá más honor; ni prejuicios, porque no habrá más principios; ni hipocresía, porque no habrá más virtud. Espíritus audaces, contemplad las devastaciones causadas por vuestros sistemas y temblad ante vuestro éxito: será una Revolución más fatal que las herejías que han cambiado a nuestro derredor la faz de diversos estados.”
A la sazón Robespierre y Danton eran quinceañeros en Arras y Arcis-sur-Aube, y Saint-Just un preescolar en Decize. Ninguna posibilidad de que Beauvais pudiera prever el giro que iban a imprimir a la Revolución. Ni que pudiera prever los desaguisados financieros de Calonne y la consiguiente necesidad de Luis XVI de convocar a los Estados Generales. Ni que Camille Desmoulins encendería a las masas y las lanzaría contra la Bastilla. Eso sería adivinación, no profecía. Miqueas hablaba así: “El Señor, desde su santo templo, va a ser testigo contra ustedes./ El Señor saldrá del lugar donde habita y vendrá caminando sobre las cumbres de los montes./Debajo de sus pies se fundirán los montes como cera puesta al fuego, y los valles se abrirán en dos como cortados por las aguas de un torrente./ Todo por la rebeldía del pueblo de Jacob, por los pecados del reino de Israel.”
El anuncio de Miqueas no es la descripción de un terremoto; es la forma de profetizar calamidades que se usaba en el siglo VIII AC. Con el correr de los milenios, la imagen de una calamidad (para algunos al menos) fue una revolución violenta. Aquí y ahora es una discontinuidad del régimen constitucional. Toda precisión más allá de esto es espuria.
Yo voy a trasmitirles el secreto de la profecía y cualquiera podrá construir la suya propia. Lo primero que hay que tener en cuenta es que los actos tienen consecuencias. Los actos buenos, buenas; los malos, malas. Esto los griegos lo sabían bien, porque todo su teatro trágico se dedicó a ilustrar la férrea conexión entre la transgresión y su némesis. Lo sabía Miqueas, por más que fuera por revelación. Veía la rebeldía del pueblo de Jacob y los pecados del pueblo de Israel, y sabía que sobrevendrían calamidades. Es lo que vertió en su lenguaje de poeta y profeta. Beauvais veía la inmoralidad reinar en Versalles y les espetó al rey y a su corte lo que por ello les esperaba. Hechos por un lado, consecuencias apareadas con ellos por otro. No falla.
Entonces, lector, si usted ve que en nuestro país la Justicia se pisotea a diario y todo el mundo mira para otro lado; si aprecia que en lugar de enfrentarse las causas de nuestras frustraciones se buscan chivos expiatorios y se los sacrifica en el altar del odio y el resentimiento, no es muy difícil: usted puede construir su propia profecía. No intente ser muy preciso; sería cortejar el error. Fata ducunt, non trahunt, decían los romanos: el destino guía, no arrastra. No hay una fatalidad capaz de determinar exactamente nuestro futuro, pero mirando los hechos podemos prever qué clase de resultados tendremos por delante. Si me prometen no imputarlo a vanidad, voy a citarme otra vez:
“…ahora hay una iniciativa para cambiar nuestra realidad nacional metiendo presos a los culpables de nuestra desventura. No se originó en modo alguno esta idea en medios castrenses. Es el gobierno quien agitó esa bandera en primer término. Sólo que, según parece, ahora quienes empuñan el asta visten uniforme… Querer encarcelar a los culpables no es sino otra forma…de pretender destruir nuestro pasado. La única manera de superar las faltas cometidas es asumirlas nosotros mismos. Si las vemos como faltas ajenas, extrañas, no llegaremos nunca a comprenderlas y menos aún a vencerlas. Las faltas de nuestros políticos, de nuestros hombres de negocios, de nuestros dirigentes sindicales, de nuestros funcionarios, de nuestros profesionales, de nuestros militares, son nuestras faltas. Tomemos sobre nosotros la responsabilidad por ellas y concentrémonos en lo que realmente importa: su porqué. ¿Por qué le hemos fallado al país? ¿Por qué nos hemos fallado a nosotros mismos?”
¿Fecha? Octubre de 1972: “Búsqueda”. N° 10.
Otra característica de la profecía es que debe dejar una puerta abierta a la esperanza. Jonás, otro profeta, recorrió Nínive anunciando la destrucción de la ciudad en cuarenta días; pero los ninivitas se convirtieron (asumieron la realidad de sus faltas) y la ciudad se salvó. Los nubarrones se acumulan sobre nuestro horizonte, pero la tempestad no es inevitable.
Todo depende de lo que hagamos de aquí en más. Debemos tomar conciencia plena de que la teoría conspiratoria de la historia es falsa. Si seguimos recurriendo a los sacrificios caprinos para exorcisar nuestro país, estamos perdidos. No sabemos cómo va a ocurrir el desastre, pero éste sería indefectible. Ya nos ocurrió una vez. ¿Vamos a tropezar por segunda vez con la misma piedra? Recordemos una vez más la sentencia de George Santayana: “Los pueblos que pierden la memoria de su pasado están condenados a revivirlo.”