Siento viva curiosidad en el plano humano –por oposición al político– acerca de la visión que militantes de algunos sectores de la izquierda pueden experimentar frente al fracaso del socialismo real. Me pregunto cómo se sentirán los Tupamaros por haber asesinado a Pascasio Báez al enterarse que el sistema cuya promoción les llevaba a derramar sangre inocente (de aquél, que es un paradigma, y de muchos otros) era de mentira. Y también me dan curiosidad las vivencias de los comunistas que se bancaron al estalinismo y su holocausto cuando tomaron conciencia de que la revolución proletaria había caído bajo el solo impulso del odio de los trabajadores.
Esta segunda variante de mi curiosidad me llevó a leer ávidamente las memorias de Jaime Pérez, el líder comunista, o sus confesiones –clasificación tal vez más apropiada– publicadas a mediados del año pasado bajo el título de “El ocaso y la esperanza.” Y encontré, sobre el tema que específicamente me atraía, mucho de interés; pero también otras cosas, sobre las cuales no puedo dejar de detenerme algunos instantes.
Por de pronto hay signos de una transformación considerable, en algunos aspectos espectacular. Por ejemplo cuando dice: “Hablar de nacionalización de la banca en la época de las transferencias vía satélite no tiene sentido”, “grandes latifundios ya no existen más”, “deuda que se contrae es deuda que se tiene que pagar”, etcétera. En cuanto a la apertura de la economía, considera que la oposición de sectores de la izquierda al Mercosur es reaccionaria y que el mantenimiento en la posguerra de un proteccionismo que dejaba al mercado interno cautivo de la industria nacional fue un error.
Al mismo tiempo sigue repitiendo los eslóganes del tiempo viejo. Se pregunta sobre “la productividad tremenda de los tigres del Asia” y se responde: “Son los niños esclavos, las factorías del mar las que la logran.” No parece ser la misma persona la que escribe esto y aquello.
Uno no puede dejar de interrogarse por qué proceso un ser humano que vive en un mundo ideológicamente cerrado cambia sus opiniones cuando descubre que el catecismo que le habían enseñado era básicamente falso. El propio autor se acusa de credulidad. Cita un artículo suyo, escrito en 1964, después de pasar 6 meses en la URSS, donde decía: “Aproximadamente para 1970, la URSS habrá sobrepasado a los EEUU en la producción per cápita”, y continuaba que para 1980 se estaría concretando el millenium de la abundancia que había predicho Marx. Su comentario de ahora: “¡Qué ignorante que era! O qué crédulo. Me manejé con las cifras que se daban, acríticamente.” Pero cuando averigua que las cifras eran falsificadas y las conclusiones que pretendían apuntalar sencillamente ridículas, se desembaraza de algunos de los billetes falsos que llevaba en la cartera, pero otros los guarda cariñosamente junto a su corazón. Las economías de Hong Kong y de Singapur, de Malasia y Tailandia, basadas sobre el trabajo servil de niños y obreros embarcados, carentes por ello de protección sindical. Escrito en 1996. ¡Imagínense ustedes!
Innumerables intelectuales no necesitaron esperar al derrumbe del socialismo real para darse cuenta del engaño de que habían sido objeto y lo que hicieron fue denunciar en bloque la mentira: desde Souvarine y Serge ya en los años ‘20, pasando por Gide, Silone y Koestler y tantos otros. François Furet, comunista entre 1949 y 1956, que escribió el monumental “El pasado de una ilusión”, nos habla de “la mentira omnipresente” de la ideología comunista, de “su mentira constitutiva”. No es el caso de Jaime Pérez. Para éste la revolución rusa sigue siendo “gloriosa” y en un documento que presentó al PCU en 1988, de cuyo título toma el suyo el volumen que gloso, se lee: “Nuestros errores los asumimos…pero la gran epopeya revolucionaria que modificó el planeta, derrotó al nazismo, que participó en el proceso anticolonial, que contribuyó a elevar las ideas del socialismo a niveles nuevos, valió y sigue valiendo la pena.” Y afirma seguir sintiéndose comunista, pese a no formar parte del PCU, en un sentido muy especial del adjetivo; el de denotar una preferencia por una “sociedad de socialismo democrático”. Concepto sobre el que volveré.
El tema del estalinismo es crucial, porque la revolución rusa en el período en que Stalin ejerció el poder fue de lejos el régimen más sanguinario de la historia. Jaime Pérez no deja de tratarlo, pero de manera que encuentro poco satisfactoria. Aparte de varias referencias críticas aisladas, le dedica a la cuestión tres párrafos consecutivos. Señala que a partir de Gorbachov empieza a enterarse todo el mundo de “la represión brutal del stalinismo… Era la desaparición de pueblos enteros.” Entonces se pregunta si una sociedad en la que semejantes cosas ocurren –donde hubo “un nivel de masacre…realmente espeluznante”– puede ser llamada “socialista”. Y él la ve como una moneda, con sus dos caras: “La construcción del socialismo por un lado… (y) “una represión interna brutal por el otro.”
Yo veo tres puntos a comentar. No es cierto que el holocausto estalinista se desconociese antes del glasnost: sólo lo ignoraban quienes se atenían exclusivamente a las fuentes oficiales soviéticas. De nuevo se trata del tema de la credulidad de muchos comunistas. En segundo lugar, el autor usa expresiones elocuentes para mentar el horror de la liquidación de multitudes, pero calla sus números y estos pueden ser más elocuentes que las palabras. De acuerdo con datos de la KGB, entre 1930 y 1953 fueron arrestadas 3.778.234 personas por crímenes contra el Estado, de las cuales 786.098 fueron ejecutadas. Esto dice más que docenas de adjetivos. En tercer lugar, represión es esto a que me he referido, pero la principal pérdida de vidas no fue represiva: resultó de una operación de ingeniería social vinculada a la “modernización” del sector agrícola. ¿Cuántas vidas costó? Según Robert Conquest, cuya estimación –las hay mayores– es aceptada por Bullock y otros historiadores, 14,5 millones de seres humanos. Que no fueron víctimas de la represión brutal, sino de la construcción del socialismo. La visión de dos caras, una buena y otra mala, represión y construcción, es radicalmente falsa.
Prometí que regresaría al tema del comunismo como socialismo democrático y ahora cumplo. Para la mayoría de los lectores debe ser una broma de mal gusto, pero si alguien necesita pruebas, el propio libro las suministra. En el documento que presentó el autor al PCU, ya aludido, trata del golpe de Estado que ensayaron los comunistas en Rusia contra el gobierno libremente electo, que fue frustrado por las masas populares y la defección de ciertas fuerzas militares. “El PCUS no ha sobrevivido a…su incapacidad de tener una clara consecuencia por el socialismo democrático.” Y el final es contundente: “Qué baldón para un partido que en la hora de la resistencia no haya estado ni uno de sus dirigentes del lado de la democracia.” Eso, el partido que ocupaba la vanguardia del comunismo mundial. Realmente, con amigos así, ¿qué necesidad tiene la democracia de enemigos?