La leyenda negra del liberalismo

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LAS CRÍTICAS Y VITUPERIOS A LA ESCUELA LIBERAL DE ECONOMÍA SE INICIAN EN EL SIGLO PASADO. SIN EMBARGO, CIERTAS MEJORAS EN EL NIVEL DE VIDA DE LOS TRABAJADORES PONEN EN TELA DE JUICIO LA VALIDEZ DE DICHAS OBJECIONES. AUN ASÍ, SIEMPRE APARECEN EN EL HORIZONTE NUEVOS ARGUMENTOS CONTRA EL LIBERALISMO.

La acumulación de vituperios sobre la escuela liberal de economía, que data del siglo pasado, se basa en una mezcla de ignorancia y mala fe. La ignorancia permitió que muchos creyeran que el capitalismo en su fase liberal –cuando el Estado limitó notablemente sus intervenciones en la economía– había causado el empobrecimiento de las masas, al dar rienda suelta al desordenado apetito por el dinero de los empresarios y aun glorificar ese impulso egoísta; y la mala fe es la de los interesados en propalar esas versiones en su propósito de derribar el sistema basado en la propiedad privada y la libertad de los mercados.

En parte estamos hablando de una tergiversación de la historia, en parte del mito construido sobre una orientación económica. Una y otro vinculadas entre sí, porque habría sido la teoría la que liberó las fuerzas que habrían precipitado a las masas en la miseria; pero al mismo tiempo distinguibles, lo que permite tratarlas separadamente. Hoy me ocuparé de la primera.

Sobre la tesis del creciente empobrecimiento de los trabajadores como consecuencia de la revolución industrial, lo primero a destacar es el carácter apodíctico que sus proposiciones han logrado. Por ejemplo Bertrand Russell a mediados de este siglo escribía:

La revolución industrial causó padecimientos indescriptibles tanto en Inglaterra como en América. No creo que haya ningún estudiante de historia económica que pueda dudar de que la felicidad media en Inglaterra a comienzos del siglo XIX era menor que lo que había sido cien años antes.

La controversia se había planteado ya en la época mentada por Russell, cuando Macaulay escribió en 1830 una recensión sobre el libro de un poeta romántico inglés, Robert Southey, donde éste daba rienda suelta al horror, básicamente estético, que le suscitaba el espectáculo de la industrialización, con sus afrentosos hacinamientos urbanos, de los cuales infería la destrucción de los cuerpos y la degradación de las mentes de sus víctimas. El hecho de que las migraciones eran voluntarias no hacía mella en sus convicciones. La posibilidad de que las viviendas ofensivamente feas de Birmingham y Leeds protegieran a sus habitantes contra las inclemencias del tiempo mejor que las pintorescas chozas que salpicaban las verdes campiñas no le entraba siquiera en la cabeza. Macaulay le señala que la tasa de mortalidad había caído verticalmente y más que nada en las nuevas aglomeraciones industriales. ¿Era ello compatible con que la gente viviera peor?

No se guarda recuerdo de la eventual respuesta de Southey, pero argumentos contra ése o cualesquiera argumentos que contraríen la tesis de la abyección del período de industrialización nunca han escaseado. La caída de la mortalidad se debió al progreso de la medicina. Gente que vivía peor pero que moría más tarde. Es dudoso que haya sido así (según Encyclopaedia Britannica, artículo “Population”, no fue así; el progreso no había alcanzado aún a las áreas terapéuticas que podían limitar la mortalidad); pero, aunque lo hubiera sido, el progreso científico ¿no fue todo una unidad? La máquina a vapor que revolucionó la industria textil, la siderurgia, el transporte, ¿no formaron parte del mismo proceso intelectual que desarrolló la medicina? ¿Acaso el progreso científico no es acumulativo e interactivo entre las distintas disciplinas?

“Evaluar el capitalismo”, afirma Schumpeter, “es evaluar una civilización en todos sus aspectos.” La antigüedad clásica llegó a un tope tecnológico que nunca pudo sobrepasar. No porque le faltase sofisticación intelectual. Por alguna otra causa que no es fácil de discernir. Por una falta de preocupación de los científicos por las implicaciones prácticas de sus lucubraciones. El hecho es que nunca llegaron a dominar las fuentes de energía que no fuesen animales, eólicas e hidráulicas. Su avance en medicina nunca pasó de ser rudimentario. Adam Smith propuso la hipótesis de que la disponibilidad de trabajo servil desincentivó la inversión de recursos en direcciones capaces de aumentar la productividad del esfuerzo humano. Sea ello o no así, en cualquier caso es incontrovertible que nuestra civilización, la civilización occidental, la que surge de las oscuridades de la alta edad media nutriéndose de las tradiciones clásica y judeocristiana, fue la primera y única, entre las veintitantas clasificadas por Toynbee, que eventualmente sacó al grueso de su pueblo de la tierra de esclavitud que es la extrema pobreza.

Pero son muchos los que no se consuelan de que lo haya hecho con un estilo de apertura y espontaneidad, atribuyendo a los gobernantes sólo determinadas tareas bien determinadas, y se haya apoyado en cambio en la creatividad, el espíritu de iniciativa y la disponibilidad a enfrentar riesgos de un núcleo selecto de su gente. No selecto por su origen social ni por la riqueza heredada. Al contrario, la civilización occidental se caracteriza por una movilidad social insólita en el contexto de la historia universal, tanto hacia arriba como hacia abajo. Pero sí por un sistema que brinda premios generosos a los que se distinguen en creatividad, iniciativa y disposición al riesgo. Hay una veta en la misma cultura que encuentra intolerable ese apartamiento de su ideal igualitarista, que por lo general no prescinde de las diferencias pero exige que éstas sean adjudicadas centralmente según criterios políticamente determinados.

Y es en esa lucha contra la espontaneidad que resulta a tantos inaceptable que las economías se hayan puesto a crecer y los niveles de vida a progresar, por imperio de fuerzas ciegas, huérfanas de la dirección de gobernantes y de la conducción de intelectuales. Y por ello el escándalo de los escándalos es el arranque de la industrialización hacia fines del siglo XVIII. Ү de ahí que el venturoso principio del fin de la soberanía absoluta de la miseria extrema sobre las masas tenga que convertirse en un avance abominable de la explotación y la pobreza.

Claro que nadie puede hoy controvertir que haya algún momento en el transcurso del siglo XIX en el que los niveles de vida de los trabajadores comienzan a mejorar. A partir de la mitad del siglo ello rompe los ojos. Pero por cada hecho incómodo surge una teoría que permite dejarlo de lado. Buena o mala, no importa demasiado. Lo imprescindible es que por falta de argumentos el mito pierda la hegemonía que ha ganado en amplios sectores populares. Una de estas teorías es que la concentración de riqueza que se había producido espontáneamente fue contrarrestada por la acción de los sindicatos y del Estado. La otra es que la prosperidad de los trabajadores en los países ricos tiene su origen en la explotación de las áreas menos desarrolladas.

Un tratamiento minucioso de estos manotazos de ahogado teóricos tendrán que quedar para otra ocasión. Noten por ahora simplemente dos cosas. Respecto del primero, que en el mundo está habiendo a la vez una desindicalización acentuada y una revisión de toda la legislación distributivista. Con respecto al segundo, que la producción de los países pobres antes del comercio es conocida y ella por sí misma explica su pobreza.

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